Las Navas del Marqués a 16 de noviembre de 2019   

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SAVER BIBIR / HOY EN CONSEJOS SALUD:
Síndrome de negación del doble-pensamiento

A través de un caso real intentaremos abordar uno de los problemas mentales más comunes en nuestro días, una lacra que está afectando a una buena parte de nuestra ciudadanía.

  Mariano Moral  | 18 de agosto de 2013

Me llamo como tú y te voy a contar un capítulo de mi larga y ardua experiencia afrontando el maldito S.N.D.P.. Hace cuatro años me decidí a ir al médico porque últimamente venía sintiendo fuertes dolores de cabeza, nauseas y mareos cada vez que mi mirada se topaba con ellos. Con la intención de facilitar la diagnosis, llevé conmigo unas cuantas fotografías de los personajes que me producían tal malestar y lo primero que hice cuando entré en la consulta fue entregárselas al médico para que las examinara.

- Mírelos doctor, ¿no cree que son espeluznantes?

- Escuche joven—me respondió el doctor mientras levantaba la mirada y lanzaba las fotografías sobre la mesa—, no debería hacer esto.

- ¿A qué se refiere?—pregunté aturdido.

- Pues hombre—dijo el doctor esbozando una media sonrisa de resentimiento—, imagínese que un enfermo de gripe me trae una foto del virus que produce esa enfermedad.

- No se a qué se…

- Está bien claro. Hacer eso es insinuar que no conozco mi profesión o, dicho de otra manera, es una forma un tanto irrespetuosa de menospreciar mis conocimientos. Yo conozco todos los virus y por tanto no necesito que los pacientes pretendan enseñarme lo que ya sé.

- Perdone usted, simplemente pensé que traerle las fotos le facilitaría las cosas.

- Pues no, las empeora—me espetó el doctor con rudeza.

- De veras que lo siento—balbuceé acobardado—. Olvidemos entonces las fotografías y déjeme que le cuente los síntomas.

- ¿Los síntomas? No puedo tolerar esto, usted ha venido aquí deliberadamente para insultarme en mi propia cara.

Dicho esto, el doctor alargó el brazo y señaló la entrada sin dejar de dirigirme su mirada cargada de resentimiento. Me puse muy nervioso, tanto que mis piernas y mis brazos empezaron a temblar compulsivamente. Pasaron un par de minutos cargados de tensión en los que mi mente luchó entre el impulso natural de irme con el rabo entre las piernas y la necesidad de aclarar inmediatamente que enfermedad padecía. Finalmente logré recomponerme.

- En ningún momento he pretendido ofenderle—dije con voz temblorosa—, es la primera vez en mi vida que vengo al médico y no sé muy bien como funciona esto. Le pido que se calme y que me ayude como usted considere oportuno.

- No crea que me sorprende su actitud—me respondió adquiriendo de pronto un tono paternal—, todos los que padecen esta enfermedad actúan igual. Conozco lo que la produce, sus síntomas y su remedio, y usted debería dar por hecho que no necesito que me diga nada de nada, ese sería un buen comienzo si en realidad lo que quiere es que le ayude.

- ¿Lo ve? No he venido a faltarle si no que estoy realmente enfermo.

- Pues claro que está enfermo, pero el que dice eso soy yo y solo yo. ¿Es qué acaso usted no tiene por costumbre escuchar?

- ¿Puedo pedirle que me diga que enfermedad tengo?—pregunté agachando la cabeza.

- No. No puede preguntar nada, de hecho no puede ni debe decir nada.

- Pero…

- ¡Cállese!—gritó el doctor—. Está usted agotando mi paciencia. Ahora va a escucharme mientras le explico en que consiste la enfermedad y le doy el tratamiento a seguir e inmediatamente después de haberlo oído y haberme asentido con la cabeza en señal de que lo ha entendido se va a levantar y se va a ir en silencio. ¡Importante!, en silencio.

- Si doc…

- ¡Chssss! Vamos a ver, usted padece una enfermedad mental muy común en nuestros días. Se llama S.N.D.P. y afecta a muchos ciudadanos. Ustedes confunden la verdad con la ficción, lo justo con lo injusto, lo bello con lo horrible…y así con todos los atributos imaginables. Cuando ven algo o alguien justo y verdadero la zona enferma de su mente cree estar contemplando algo o alguien injusto y falso, entonces se produce un conflicto entre las partes sana y enferma de su cerebro que les produce un severo malestar. ¿Me sigue?

Me limité a asentir con la cabeza.

- El problema a la hora de curar esta enfermedad —continuó el doctor—consiste en que quien la padece cree, debido al desequilibrio mental que sufre, que un atributo “X” y su opuesto “Y” no pueden cohabitar simultáneamente en la conducta de un individuo. Su perturbado entendimiento no concibe algo tan normal como que alguien pueda ser corrupto y honesto al mismo tiempo y ahí radica la verdadera dificultad a la hora de superar la enfermedad. En una palabra: sus cerebros no procesan correctamente el doble-pensamiento como lo hacen los de la gente normal.

El doctor hizo una pausa y yo, impaciente por oír el veredicto definitivo pero temeroso de que mi boca emitiera un solo sonido, junté las palmas de las manos como si fuera a rezar con la intención de suplicarle silenciosamente que me sacara de aquella incertidumbre.

- Las fotografías que usted ha traído con todo el descaro del mundo—prosiguió el doctor—muestran a gente admirable, gente que, como debe ser, se esfuerza por y finalmente consigue poseer una cualidad y su contraria al mismo tiempo sin encontrar ningún tipo de contradicción en ello. ¡Y es que no hay contradicción! Esas honorables personas, todos ellos un ejemplo a seguir para nosotros, deberían llenarle de orgullo si usted estuviera sano, y sin embargo su sola visión le revuelve. ¿Entiende?

En ese momento rompí a llorar, sentí que el mundo se venía abajo.

- No se desespere porque hay cura, pero tiene que poner mucha fuerza de voluntad. Tiene que intentar eliminar de su mente la idea de que hay conceptos opuestos y luchar por aceptar algo tan evidente como que la noche y el día pueden ser y de hecho son la misma cosa. Para ello debe seguir el ejemplo de las personas cuya visión le produce malestar y concienciarse de que su meta es acabar siendo como ellos. Le prescribo silencio, ignorancia e indiferencia y debe administrarse una dosis de cada siempre que los síntomas aparezcan. Mantenga el tratamiento durante cuatro años, si para entonces los síntomas persisten vuelva a visitarme. Hasta la vista.

Me levanté y me fui sin ni siquiera atreverme a despedirme del médico. Cuando salí a la calle caí en la cuenta de que el doctor no me había explicado las causas de la enfermedad, pero ya no tuve fuerzas para volver a entrar a la consulta. Estos últimos años me he encontrado bastante bien gracias a los consejos del médico, incluso conseguí aceptar que el médico era al mismo tiempo un oscuro manipulador y un profesional competente, pero hace poco padecí un acceso de fiebre orwelliana que me ha hecho recaer de nuevo. Aun así, sigo decidido a curarme de este síndrome y al final lo conseguiré.


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