Las Navas del Marqués a 7 de diciembre de 2021   

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LUZ DE LUNA
A OTRO RITMO
  ElNaviero.com  | 17 de agosto de 2013

Entrar en el pueblo de por sí fue toda una impresión. Tras una carretera llena de curvas llegamos, desacelerando por la presencia de un tractor mediano en el carril. Los bancos, los árboles, espaciados y agradablemente alineados, adornaban las aceras a ambos lados. Una mujer vaciaba un cubo de agua en uno de los alcórques, mientras la ropa de su colada ondeaba al suave viento, tendida en el jardín embaldosado de su casa.

Pasado el tractor, un hombre en motocicleta –marca desconocida, vieja, cochambrosa y con restos de tierra- se paró en la acera enfrente de unos viejitos apaciblemente sentados en un banco, intercambiando saludos y algunos comentarios, posiblemente preguntas sobre la familia. No hay aparcamientos. El coche en la entrada de la tienda, más o menos entorpeciendo el trayecto de los ajados pueblerinos, entramos a comprar el pan, redondo como una luna y con un sabor y textura ahuecados, como una esponja gigante blanca, nada similar a la extrafina miga de los hornos madrileños. Ya en la caja, fuimos acometidos con una extraña pregunta, que flotó en mi cabeza durante algunas horas. Fuera, un par de ancianitas señalaba el coche y comentaba. “Hija, ¿tú de quién eres?”. Todo parecía tan… pesado, la gente lenta y mayor, “los hijos están en la ciudad”, dijeron, pero a la vez tranquilo, familiar, la falta de sonidos de la calle roto por alguna conversación esporádica en la puerta de alguna casa o en mitad de la calle, las manos en la compra y resoplando por las cuestas. Las horas pasaban suaves y quizás un poco aburridas, sentados en el salón de unos familiares de Pedro, oyendo anécdotas campestres acompañados de vinos un poco ácidos de la zona, nueces y almendras “del cortijo, hija, del cortijo”. La noche cae fresca en un cielo lleno de estrellas. Los viejitos – y no tan viejitos – se sientan a la puerta de sus casas, y los que caminan de vuelta a casa se paran a hablar. A veces, si la cena es ligera, se toma directamente fuera, o en casa de algún conocido, si la acera es estrecha.

Miro atrás para ver la luz de la última farola del pueblo. Las calles, oscuras y silenciosas, retumban un poco por la velocidad del vehículo. Debemos volver a la ciudad, a la rutina y ese estrés invasivo que pareció desaparecer por un día, la ropa recogida, y al salir, la carretera con curvas, ya no se ve esa última farola, señal de bienvenida y despedida de tan pacífico y sereno lugar.


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