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Relato breve
Entre Siniestros Pinares

Con el fin de anticipar trabajo y echar una mano al ayuntamiento con el contenido para "Entre Pinares" 2014, aquí dejo un cuentecillo que, aunque de poco valor, servirá al menos para el principal propósito de la revista: llenar páginas en blanco.

  Mariano Moral  | 30 de julio de 2013

Me da miedo comenzar este relato verdadero por lo que puedan pensar mis Señores de mí una vez lo hayan leído. Desearía que lo vieran como un ejercicio de sinceridad y arrepentimiento, así como una garantía de que la locura pasajera que me embargó aquel día jamás volverá a repetirse. Los hechos, extraños pero ciertos, fueron los siguientes.

Hace unos días estaba apoyado en el quicio de la puerta de casa echando un cigarro cuando para mi sorpresa me encontré rumiando mentalmente la revista que había leído hacía un rato: “Entre Siniestros Pinares”; luz y guía que con generosidad nuestros gobernantes regalan a la plebe y referencia indiscutible para toda publicación que se proponga ahondar ya no solo en el arriesgado mundo del empotrado de citas a literatos Ruso-Alemanes, si no en las pócimas de la felicidad más sofisticadas en lo que a política y economía social se refiere o en el complejo y necesario arte del tijeretazo indoloro.

Digo que me sorprendió estar cavilando en el contenido de esa revista porque habitualmente, y gracias a la ayuda del fantástico Manual de Consejos Para el Buen Ciudadano que todos los años me envían actualizado mis Señores, cuando abro una revista o un periódico ya logro sin dificultad reprimir el maligno impulso de querer entender lo que en ella se cuenta o, mejor, lo que pretende ocultar. Como el ciudadano ejemplar que estoy seguro de ser, paso páginas sin más interés que el de practicar lectura en voz alta, distraer la vista mientras ceno, entrenar la risa floja y, en ocasiones, localizar las hojas con la textura más conveniente de cara al instante que precede al vaciado de la cisterna. Por tanto, tal y como con sabiduría manda el manual, lo que encuentro entre sus páginas no solo no queda grabado en mi mente si no que ni siquiera entra en ella.

Sin embargo con “Entre Siniestros Pinares” me pasó algo extraño y perturbador. Efectivamente, me hizo pensar. ¿Qué coño haces intentando desgranar los entresijos de “Entre Siniestros Pinares”—me pregunté mientras apuraba el cigarro—cuando lo que tienes que hacer es disfrutarla sin miramientos y sin hacerte preguntas estúpidas? De pronto mi paz interior se empezó a desmoronar ya que hasta ese momento yo leía por deporte, tal era la buena costumbre que me habían inculcado los regidores de la Marca España, así se llaman mis Señores y gobernantes, y ahora, de repente, mi cerebro se empeñaba en amargarme la vida intentando comprender lo que sin más empezó a denominar por su cuenta y riesgo “las intenciones que hay ocultas en la sombra de las palabras”.

El pánico se apoderó de mí por un instante. ¿Y si querer comprender me conduce a querer actuar? Me revolví ante este horrible pensamiento y me encendí otro cigarro con la chusta del anterior. Entonces noté que mis músculos empezaban a agarrotarse violentamente y al cabo de unos segundos ya no era capaz ni de levantar el brazo para retirar el cigarro de mi boca. En ese momento apareció por la bocacalle que da a mi casa un hombre que avanzaba erguido y esbozando una sonrisa maliciosa seguido por una hilera de pálidos niños que arrastraban sus pies en fila india y silenciosamente. Al principio no pude apreciarlo, pero cuando se acercaron a donde yo me encontraba me di cuenta de que el hombre sujetaba en su mano derecha el cabo de un finísimo cordel que se extendía rodeando el cuello de los niños hasta unirles a todos.

La ansiedad me dominaba e intenté desesperadamente hacer algo para atraer su atención y que me ayudaran, pero mi cuerpo no era capaz de articular movimiento alguno y de mi boca no salía ni tan siquiera un suspiro. Finalmente aquella extraña procesión pasó delante de mis narices sin mirarme y desaparecieron igual que habían llegado. Después llegaron otros que me ignoraron igualmente, primero un grupo de tres hombres disfrazados de pingüino que llevaban sujetos con cadenas a una jauría de perros de presa y tras de ellos un tipo extrañísimo que parecía tener un solo ojo y cuya cabeza se alzaba alargada y puntiaguda como una pirámide.

Pensé que me estaba volviendo loco y, lo que me resultaba aun más desconcertante, que precisamente el acto de pensar era la principal causa de mi locura. Pero no podía dejar de hacerlo, es decir, no podía dejar de pensar en “Entre Siniestros Pinares”. Dejé de ver meras palabras que se conectan entre si formando un contenido cuya lectura distrae o entretiene y empecé a dejar atrás el significado literal de los mensajes para sumergirme en la sombra de estos. Entonces todo se tornó oscuro y confuso y los saludos, las entrevistas y los artículos que antes me parecían simples pasatiempos o material reciclable para uso doméstico se tornaron en nauseabundas cucarachas que se introducían en mi entendimiento y empezaban a devorarlo lentamente.

De pronto me ví gritando a las cucarachas que se fueran y mis manos, ahora inexplicablemente desentumecidas y libres, empezaron a coger las cucarachas y a triturarlas entre sus falanges una a una. Entonces sentí que algo me quemaba los labios y al instante mi mente se quedó en blanco, desapareciendo de ella todo el miedo, toda la ansiedad y todas las cucarachas. Abrí los ojos, sin ser capaz de recordar en que momento los había cerrado, y escupí la colilla del cigarro todavía humeante y al rojo. En ese instante tuve la extraña sensación de que un desconocido se había colado dentro de mí y me dominaba por completo: decía llamarse Yo.

A pesar de que una rabia y una energía poderosas y reconfortantes me recorrían de arriba abajo, me sentía confuso y terriblemente solo, tenía miedo, un millón de preguntas surgían en voz alta de mi boca y no era capaz de comprender nada. Cuando toda esta amalgama de sentimientos empezaba a volverse insoportable oí unos pasos que parecían venir hacia mí, luego el aire me trajo voces de niños gritando y riendo y perros ladrando enfurecidos. Al levantar la mirada comprobé que todos los que antes habían pasado por la calle estaban parados frente a mí mirándome fijamente.

Pasaron unos segundos de angustia en los que a duras penas pude reprimir un extraño y repentino deseo de lanzarme contra ellos, como si, sin haberlos visto en mi vida, de pronto les odiara profundamente y me sintiera amenazado por su presencia. Sin embargo los niños empezaron a saludarme amistosamente, los perros, libres ahora de sus cadenas, vinieron hacía mi y empezaron a juguetear a mi alrededor y los hombres, incluyendo el que tenía un solo ojo, me miraron y me sonrieron paternalmente. Entonces el que llevaba a los niños sujetos por el cordel se acercó a mí y, con sumo cuidado, rodeó mi cuello con el cordel y al momento sentí que toda la ansiedad, el miedo, la rabia y el odio desaparecían de mi mente. Inmediatamente después se marcharon y yo, unido a la procesión por el fino, casi invisible cordel, marché con ellos.

Debió pasar un buen rato hasta que salí de aquellos pensamientos. Allí seguía la calle desierta, la colilla en el suelo, y el quicio de la puerta sujetando mi cuerpo, ahora relajado y en paz. Me prometí no volver a buscar significados ocultos y segundas intenciones en lo que leía en los periódicos y revistas, pero no tardé en comprender que no era necesario esforzarme en cumplir mi propia promesa porque, nada más entrar en casa, abrí de nuevo “Entre Siniestros Pinares” y sin proponérmelo volví a disfrutarla como lo había hecho siempre, con la felicidad del que respira humo convencido de que en realidad es aire.

Que bonita frase para terminar, ¿verdad? Me voy a permitir repetirla: “con la felicidad del que respira humo convencido de que en realidad es aire”. Por desgracia no es una cita de ningún literato Ruso-Alemán, si no de un humilde servidor; pero seguro que a los Señores les va a encantar de todas maneras, a ellos les dedico este relato.


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 1 comentario
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     Entre Siniestros Pinares  4 de agosto de 2013 13:45, por Santos

    No pretendo adular ni regalar al oído, que no andan los tiempos propicios. Aún a sabiendas de cómo las gastas con la pluma, esta vez, sin más, quiero manifestar:
    -  Tu relato debería formar parte de la sección del concurso del periódico. Ambos sabemos, sin descubrir nada nuevo, la gratuidad del ofrecimiento para relleno de espacios en blanco, en la única publicación municipal, que desgraciadamente (o por fortuna, vete a saber), realiza el Ayuntamiento anualmente, eso sí: pagada por empresarios y vecinos y que sin ningún género de dudas, mejoraría el “caché” del contenido.
    -  Tu manifiesta “osadía”, de revelar como siempre identidad y forma de pensar, es merecedora de todos mis respetos, aunque ello te la pueda “traer al pairo”. Se podrían contar con los dedos de las manos los súbditos tan valientes que pueblan este reino, que expresen sus ideas abiertamente y menos aún con figuras literarias de gusto, adobadas con ironía fina, brumosa y oscura, influencia sin duda de esas islas que te acogen.
    -  Me reconforta que otras almas alberguen sentimientos, que sin haberlos compartido, hayas descrito tan acertadamente.
    Que las musas te sigan inspirando, la fortuna te acompañe y que el aire que respiramos sea, aquí o acullá, siempre puro. Un abrazo.

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