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PROYECTOS Y VISIONES
¡Abajo el caciquismo! ¡Viva el pueblo!
  Mariano Moral  | 1ro de septiembre de 2011

En el año 1900, durante la época de la restauración canovista, los ciudadanos de Gijón entonaban el grito “¡Abajo el caciquismo! ¡Viva el pueblo!” impulsados por voces regeneracionistas como la de Joaquín Costa, que afirmaban cosas como la que sigue:

No es nuestra forma de gobierno un régimen parlamentario, viciado por
corruptelas y abusos, según es uso entender, sino, al contrario, un régimen
oligárquico, servido, que no moderado, por instituciones aparentemente
parlamentarias. O dicho de otro modo: no es el régimen parlamentario la
regla, y excepción de ella los vicios y las corruptelas denunciadas en la
prensa y en el Parlamento mismo durante sesenta años: al revés, eso que
llamamos desviaciones y corruptelas constituyen el régimen, son la misma regla

¿De que desviaciones y corruptelas se hace eco Joaquín Costa? Allá por los años del reinado de Alfonso XIII, finalizado el escrutinio de unas elecciones generales, algunos vecinos de Motril, Granada, se llevaron al cacique local al casino del pueblo para que viera los resultados. Tras hojear los datos rodeado de correligionarios, el cacique pronunció las siguientes palabras:

Nosotros, los liberales, estábamos convencidos de que ganaríamos las elecciones. Sin embargo, la voluntad de Dios ha sido otra. Al parecer, hemos sido nosotros, los conservadores, quienes las hemos ganado.

Tanto las declaraciones de Joaquín Costa como las del alcalde de Motril son vivas demostraciones de lo que ha venido acaeciendo desde que la revolución burguesa del siglo XIX no llegara a culminar en España. Esto provocó que el feudalismo español, lejos de destruirse, se transformara en un sistema de semifeudalidad a todos los niveles. Aparece entonces la figura moderna de cacique y el caciquismo como sistema de organización social y política que abarca desde lo local a lo nacional, desde el casino de Motril al parlamento español.

De este modo quedaría perpetuada hasta nuestros días una visión provincialista y localista de España que muchos ha achacado a la descentralización política, por el hecho de otorgar demasiada independencia y poder a instituciones como las diputaciones y los ayuntamientos, a pesar de que en situaciones de centralismo absoluto, la dictadura franquista por ejemplo, esta visión ha sobrevivido e incluso se ha reforzado. En cualquier caso a día de hoy puede parecer que nuestro país está subido al carro de la modernidad, sin embargo las estructuras de poder siguen basadas en ese localismo que constituye una estructura semifeudal perfectamente encubierta tras un mas que ficticio manto de democracia. La corrupción profunda basada en la arbitrariedad y el clientelismo de lo local no es una excepción en la España del cacique de nueva generación, es la regla.

Nadie puede negar que habitualmente en cada episodio electoral a nivel de pueblos encontramos a aquellos candidatos que defienden intereses particulares de un sector determinado (y que en tantos casos refuerzan una visión sectaria que no representa a la mayoría) agrupados en partidos locales e independientes y a esos que, derivando de los anteriores con la diferencia de que solo se quieren representar a si mismos y a su codicia y ambición, se suben al carro que más corre convirtiéndose en franquicias caciquistas de los partidos nacionales, los cuales los aceptan, no por su preparación, ideología y calidad democrática, si no como máquinas de fabricar votos (sea cual sea el coste democrático).

Esta es la situación actual de tantos pueblos sumidos en la oscuridad de los que antaño se llamaron oligarcas y que hoy se convierten en oportunistas sin escrúpulos que no ven las alcaldías como una responsabilidad democrática para con el ciudadano, si no como una fuente inagotable de poder absoluto y beneficios personales. Esto ya de por si es suficientemente alarmante, ahora añadamos que los partidos nacionales amparan en tantos casos a estos sujetos y sus tropelías con el único objetivo de que les consigan votos y, por si esto fuera poco, si miramos a un pasado ya casi remoto y feudal vemos que esta situación sigue igual que entonces, tanto en absurdo como en intensidad, y que tantos ciudadanos siguen apoyando, no se si por clientelismo, ceguera o miedo, a sujetos que no hacen si no destruir la comunidad que gobiernan y deshonrar, con tan solo llenarse la boca pronunciándolo, el nombre de la democracia.

Del parlamento al salón de actos, y viceversa, hay tan poca distancia y diferencia como del alcalde de Motril a muchos de los de nuestros días. La regla se confirma, con la excepción de esos demócratas, de esos Joaquín Costa, que a pesar de poseer la razón y la conciencia democráticas, se encuentran encerrados en la mazmorra de la sin razón del caciquismo luchando para abrir los ojos de una ciudadanía engañada e imbuida por las mentiras de la charlatanería parlamentaria, de los medios que la difunden y de los caciques que la perpetúan y alimentan dictatorialmente en tantos pueblos de nuestra geografía.

Esta es, desgraciadamente, una realidad cotidiana que actúa como un veneno que, administrado en pequeñas dosis diarias, termina matando. La democracia ya no puede soportar más dosis y si queremos dejar un legado sólido, honesto y seguro a las generaciones que vienen no tenemos otra alternativa que abrir los ojos y reaccionar. A los ciudadanos que se niegan a aceptar esta realidad (independientemente del motivo) solo queda decirles que están contribuyendo a su propia destrucción (quisiera usar una palabra más suave pero no haría honor a la verdad) y que no hay otra alternativa que su implicación responsable y directa en el gobierno de sus pueblos despojando el poder de los señores feudales porque, de una manera o de otra, todos terminamos siempre siendo esclavos dependientes de su voluntad.

¡Abajo el caciquismo! ¡Viva el pueblo!


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