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CAMBIAR ALGO PARA QUE TODO SIGA IGUAL
La gran mentira de la regeneración
  Mariano Moral  | 7 de febrero de 2013

Regenerar puede ser una palabra muy peligrosa, y sin embargo parece que todos los asesores de marketing de los partidos políticos se la recomiendan en tropel a sus empleadores como solución publicitaria desesperada. Y no es para menos: es su última baza para conservar su posición privilegiada en el lucrativo negocio de la democracia representativa.

Cuando se pretende regenerar algo (en este caso el sistema monárquico-representativo) se puede hacer por tres motivos: porque se supone que no se puede conseguir nada mejor, porque se da por hecho que lo que se tiene es perfecto o porque se considera demasiado lucrativo como para dejar que desaparezca. Para cualquiera parece evidente que el sistema monárquico-representativo no es perfecto y que además se podría alcanzar un sistema democrático más avanzado, por lo tanto solo nos queda una respuesta.

Ignoran deliberadamente que el principio básico en el que se asienta la democracia es la asunción de su propia imperfección y por tanto de que siempre es mejorable. Pero esto no se refiere a un determinado modelo de democracia, si no a que, tomando el ejemplo actual, cuando el modelo representativo (con la guinda del rey) se ha convertido en un lastre para la propia democracia no hay que intentar mantenerle vivo artificialmente, cosa muy conveniente para las sanguijuelas que de él se nutren, si no revolucionarle.

Esto se llama progresismo, esa vieja palabra que hoy se ha reducido a carne de campaña electoral y que reflejaba la necesidad de una democracia dinámica o revolucionaria; y precisamente la otra corriente, llamada por lo general conservadora, es la que defiende justo lo contrario, es decir, la regeneración. Donde unos buscan “regenerar” un sistema podrido pero evidentemente cómodo y lucrativo para ellos como minoría los otros ven la necesidad de “revolucionar” el sistema para que se adapte en favor de la inmensa mayoría.
Donde unos defienden que la sociedad es una masa ignorante necesitada de pastores, los otros quieren que un día esa “masa” llegue a ser lo suficiente consciente para participar activamente en el gobierno de sus propias vidas y no tolerar la presencia de pastores codiciosos.

Ahora pregúntense cuantos progresistas quedan en nuestra clase política y descubrirán que ni los que pretenden serlo saben o quieren imitarles. Pero a mí, personalmente, esta pregunta me da exactamente lo mismo, porque lo que a mí me interesa saber es cuantos progresistas dispuestos a revolucionar hay entre los ciudadanos y, a despecho de nuestros pastores regeneradores, veo que la “masa” ya no es lo que ellos quisieran que fuera. Son incapaces de ver, o tal vez no lo quieran ver, como muchos ciudadanos se están organizando en la sombra (digo en la sombra porque los poderes hacen todo lo posible para minimizar sus acciones, no porque actúen a escondidas) para tomar un papel activo y decisivo en la democracia y ya no van a tolerar más predicadores.

Este asqueroso farol al que nos está sometiendo parte de nuestra clase política, el de insinuar “revolución” donde solo quieren decir (y entre dientes) “regeneración”, es sencillamente la gota que colma el vaso y la más sucia de todas. Prepárense, porque la campaña que van a lanzar sobre nosotros va a ser impresionante, nunca vamos a poder presenciar tantas mentiras juntas, y eso que últimamente venimos rompiendo records, y por supuesto no se van a cansar de apelar al imaginario popular recordando la transición y diciendo hasta la saciedad “¡lo que les costó a nuestros padres conseguir esta democracia, hay que regenerarlo!”.

Pero estas repulsivas tretas centradas en la defensa de la camarilla y las ambiciones partidistas y en los amos del dinerito ya no se las cree nadie. Están vacías como el propio sistema, y ese vacío solo puede ser llenado por la acción de muchos ciudadanos que ya tienen conciencia, preparación y educación democráticas suficientes para revolucionar la democracia antes de que estos miserables que llenan el parlamento se la pongan en bandeja a fanáticos aun peores.

Por cada vez que ellos digan regeneración, nosotros hemos de gritarles revolución.


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