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LAS CUATRO ESTACIONES EN PINTURA
Arnaldo,llegando a ser.
  Juanjo  | 10 de noviembre de 2012

El viernes 9 de noviembre se ha inaugurado oficialmente la exposición de Arnaldo García García. Nacido en Ávila en 1982 reside en la actualidad en Piedrahita. Hijo del pintor Díaz Castilla comienza a pintar desde pequeño. Se dedica a la pintura de 2005.

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En el acto -poco concurrido- pudimos disfrutar de dos grandes artistas. Además del joven Arnaldo acudió su padre, Luciano Díaz Castilla, afamado pintor abulense con cerca de cien exposiciones a sus espaldas. Es un lujo escuchar a Luciano. Rezuma sabiduría en sus palabras. "Arnaldo pinta con colores fuertes, como yo, aunque sus cuadros son más simétricos", nos explica. "No es un pintor al uso, es un artista. Y para ser artista hay que tener un don. Y Arnaldo tiene ese don".
Nos explica que los sentidos se paran - como cuando dormimos-, al pintar. "El mundo se para y solo queda el artista y el cuadro".
Poco antes hablamos con Arnaldo.Trabaja en el Centro Cultural de Piedrahita. Esta es su quinta exposición en lo que va de año. En la primera de 2009 se llevó la sorpresa de vender la mitad de los cuadros que expuso. "No me planteo vender los cuadros, mi pasión es pintarlos".

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Podréis ver su exposición "Las cuatro estaciones" desde el 1 de noviembre hasta el 7 de diciembre. El siguiente texto ,obra de Alfredo Urdaci, nos habla de Arnaldo.

Hay en la dedicación a la pintura de paisajes algo cercano a la mística y a la infancia. Sólo quien vive de forma inocente en el interior de los grandes acontecimientos de la tierra, de los bosques y del cielo, es capaz de percibir en toda su intensidad las cosas grandes, simples, implacables. Se acerca al misterio de una vida que, como escribió Rilke, “no es nuestra vida, que no se interesa por nosotros, y en cierto modo sin vernos, celebra sus fiestas, a las que asistimos con un cierto apuro, como invitados que llegan por casualidad y que hablan otro idioma”. La vida del pintor de paisajes es un camino de santidad.

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Un impulso vital empuja al pintor en busca de lo absoluto. Y en esa búsqueda está solo, con la más terrible soledad, ante “los árboles que florecen y los arroyos que pasan”. Su tránsito está erizado de renuncias, atravesado por las torsiones del alma, los abismos de la vacilación y el miedo, y la constante búsqueda interior. Pero también por la gloria de la luz y la música de las formas, por el incendio interior, la secreta irradiación y el movimiento de los elementos. Su vocación está en la mirada. Su método es la espera, la atención, esa oración del alma. Ejercita en las infinitas variaciones del color, la declinación de la luz: “¿Cómo podría adentrarme más en este otoño, cómo podría a lo menos visible entrar desde los oros de tu feraz recogimiento, madre naturaleza? El sueño de los arces vuela del amarillo al rojo incorruptible”, escribe Valente.

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Hay en los cuadros de Arnaldo un punto de vista alto, como de pájaro que se asoma a las almenas del aire para alcanzar esa altura donde la distancia permite el juego de las geometrías, y los acordes consonantes del color. La huella del hombre dibuja triángulos con caminos rectos y quiebros angulosos, como una partitura que apenas puede contener esas notas altas, estridentes, de los árboles amarillos, surtidores de fuego sobre campos rojos donde los toros y los caballos se plantan, ensimismados. Vibran en sus pinturas emociones frescas, recién nacidas, producto de un sentimiento desnudo, artístico. Ha salido vivo de sus primeros combates con la percepción sensible. No se ha plegado ante el peso plomizo de la realidad aparente. Ese caballo azul de su pintura contiene una voz propia, singular. Sus trazos traducen un movimiento interior. Es Arnaldo, llegando a ser. Pintor.

Alfredo Urdaci

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