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LENGUAJE Y MANIPULACIÓN
El peligroso dialecto político
  Mariano Moral  | 3 de octubre de 2012

En las últimas semanas han aparecido en la tribunas periodísticas una serie de artículos escritos por diputados y altos estamentos políticos quienes, basándose en el intelectualismo más hipócrita e interesado, intentan crear un ambiente de alarma ante lo que consideran un asalto a la democracia por parte de ciertos sectores de la ciudadanía y echar balones fuera en lo que se refiere a sus responsabilidades.

Un escrito que me llamó especialmente la atención por su absoluto cinismo y por ser representativo de esta alergia a la ciudadanía que asola a nuestros políticos, fue el publicado en el diario El País por Jose María Lasalle, secretario de estado de cultura, titulado (ni más ni menos) “Antipolítica y Multitud”. Pidiendo disculpas de antemano por la soberbia de atreverme a rebatir palabras de tal talla intelectual, voy a intentar "revisar" algunas de sus afirmaciones.

El señor Lasalle empieza su escrito esforzándose todo lo posible por sembrar en nuestras pobres mentes la idea de que los movimientos ciudadanos actuales son un calco de los movimientos que dieron paso al fascismo y al nazismo. Veamos la primera perla de su artículo escrita “como el que no quiere la cosa”.

“El malestar colectivo que se llevó por delante las democracias liberales en el periodo de rentreguerras vuelve a escena. Es cierto que no adopta las maneras totalitarias ni exhibe el matonismo pistolero y la marcialidad de aquellos años, pero no cabe duda de que actualiza en clave postmoderna la lógica y los mitos que movilizaron a las masas con el fin de derribar la arquitectura institucional sobre la que se sustenta nuestra civilización democrática”.

Como el resto de los políticos “postmodernos” que tanto tiemblan con la sola idea de encararse con una ciudadanía madura que busca participar activa y decisivamente en el gobierno de la sociedad, el señor Lasalle nos quiere hacer creer que nuestra intención no es mejorar la democracia, limpiarla de corrupción y plutocracia, convertir sus instituciones en órganos justos, eficientes y transparentes, conseguir que los representantes sean responsables ante la sociedad y no ante los intereses de sus partidos, materializar la democracia participativa y la acción ciudadana, etc.; efectivamente, el señor Lasalle nos quiere hacer creer que solo somos unos golpistas que buscan “derribar la arquitectura democrática”. ¡Nos quiere hacer creer que somos nosotros los enemigos de la democracia y no los tipos de su calaña que solo apoyan a los financieros y los magnates!

Luego, sin darnos tiempo a recuperarnos del shock, nos espeta lo siguiente:

“Quien no conoce la historia, está condenado a repetirla”.

¿Se referirá a nosotros (los golpistas neofascistas postmodernos) o a los financieros, magnates y políticos que han provocado recesiones económicas periódicas cada diez años en el pasado siglo y en lo que va de éste? Da un poco de miedo pensar que esta gentuza conocía la historia y deducir que por tanto todas las recesiones fueron inducidas y no accidentales. Al menos nosotros, la chusma golpista antidemocrática, tenemos la excusa de la ignorancia histórica.

“Hoy, como entonces, se cuestiona abiertamente la legitimidad de nuestras instituciones y la fuerza de nuestra legalidad democrática. Para ello se despliega ante la opinión pública de forma abrupta una animadversión antilegal y antiparlamentaria que reproduce casi milimétricamente las críticas que Carl Schmitt dirigía en los años 20 y 30 del siglo XX hacia el Estado de derecho, la primacía de la Ley, la Constitución de Weimar y los políticos que la defendían”.

Y como ignorantes nos trata el Señor Lasalle, llega hasta el punto de insinuar (o afirmar con rodeos intelectuales absurdos y malintencionados) que movimientos como el 15M o el 25S, de claro talante prodemocrático y antiviolento, tienen a gente como Carl Schmitt, el que fuera intelectual y eminente nazi, como ideólogos y ejemplos a seguir. ¡Cuanta manipulación peligrosa y barata! Se ve que tira de personajes históricos dependiendo de su conveniencia; por ejemplo ignora a todos los pensadores antifascistas y demócratas que clamaban en la primera mitad del siglo XX contra el expolio financiero, la corrupción política y la progresiva corrupción de las instituciones democráticas como acicates para los totalitarismos; el señor Lasalle ignora deliberadamente a todos los que en aquellos tiempos alertaron a los políticos representativos europeos a cerca de personajes como Carl Schmitt.

¿Qué hicieron al respecto estos políticos representativos (léase primero, todos los que sucumbieron a la antidemocrática, podrida e imperialista primera guerra mundial, y segundo, todos los que dejaron a Hitler invadir media Europa antes de decidirse a hacer algo? ¿Que hicieron? Ignorar las voces de gente como la que hoy se manifiesta en España y dedicarse a lanzar salvas a los del clan de Rockefeller. ¡Y ahora gente como el señor Lasalle, los que ahora lanzan salvas a la banca mundial mientras aplastan a la ciudadanía dejando así vía libre para tipos como el señor Anglada, se permite darnos lecciones de antitotalitarias! Sigamos, que esto no tiene desperdicio.

“Lo grave de la situación estriba en que este cuestionamiento de la política representativa y de su institucionalidad se basa en una doble manipulación. Por un lado, se utilizan los buenos sentimientos de mucha gente desasistida de esperanza que se manifiesta haciendo realidad aquello que Georges Bataille decía de que la “impotencia grita en mí” y, por otro, se tergiversan los defectos que objetivamente pesan sobre nuestras instituciones para transformarlos en sistémicos y deslegitimar así la raíz misma de su vigencia moral”.

Esta tergiversación de la realidad es sencillamente escandalosa. Aquí ya da por hecho que el lector ha asumido y entendido que los manifestantes son gentuza golpista antidemocrática, y pasa a afirmar que juegan con los sentimientos de lo que el llama “gente desasistida”. El problema es que tanta palabrería al final se vuelve contra el Señor Lasalle; si hay gente desasistida (vaya patinazo decir esto) no es por culpa de quienes se manifiestan (solo faltaría culparles de esto a ellos también) si no por culpa de quienes gestionan la democracia negligentemente, de los políticos que minan el sistema democrático y el sistema de bienestar para sustentar la plutocracia de los monopolios financieros y empresariales, de quienes ponen de rodillas la soberanía popular en frente de las concentraciones de capital privado y permiten a quienes las controlan hacerse dueños y señores de la economía y de las naciones. ¿Esta es la vigencia moral que cree poseer la clase del señor Lasalle?

Efectivamente, la impotencia grita en mí, la impotencia de una ciudadanía que desea un mejor sistema democrático y no este totalitarismo económico corrupto. La impotencia de ver que temas como el terrorismo o el independentismo son solo pantallas alimentadas interesadamente por la clase política para ocultar su propia miseria. Pero lo peor de todo es que en escritos como éste, fieles reflejos del pensamiento de la clase política, se quiere comparar el concepto de masas totalitario con el concepto de sociedad democrática. En esto ponen mucho hincapié nuestros políticos. Pongamos atención a esta sutileza del señor Lasalle:

“De este modo, se desgarran las costuras de nuestra democracia invocando la promesa de una pesadilla venidera que tiene sus profetas y que levanta banderas de redención colectiva que pretenden”.

Esa pesadilla venidera (los políticos deben haber leído mucho a Orwell sin comprender que ellos mismos han materializado su distopía más famosa) no es la ciudadanía luchando por una democracia más justa si no la viva representación del miedo que nos quieren meter en el cuerpo para que les sigamos besando los pies. Nos dicen que esto es o ellos o una dictadura totalitaria de masas, no hay más opciones. ¡Hasta los mismos herederos del franquismo tienen la desfachatez de erigirse en única opción en la democracia!

Pero el señor Lasalle va más allá, dice claramente que las concentraciones de ciudadanos libres que ejercen su derecho a manifestarse, y que lo hacen con el único propósito de mejorar la democracia, son en realidad masas descerebradas en espera de la llegada de su profeta y redentor y ansiosas por gritar al unísono ¡Hail Hitler! Esta terapia del shock a las que nos quieren someter políticos como el señor Lasalle, a parte de que ya no se la traga nadie, es sencillamente monstruosa y realmente peligrosa.

“Esta alianza entre antipolítica y culto a la multitud tiene en estos momentos una extraordinaria fuerza desestabilizadora. En primer lugar, proyecta hacia el exterior una imagen deformada de nuestro país que debilita nuestra credibilidad y solvencia. Y en segundo lugar, mina los cimientos de legitimidad de nuestra democracia debido a la simplicidad emocional de su planteamiento y a que insufla una noción romántica de identidad que pugna por dar sentido épico al abatimiento individual que produce ver cómo se derrumban casi todas las certidumbres colectivas que han dibujado la modernidad de España desde la transición a nuestros días.”

Más falsedades malintencionadas. La gente no es antipolítica, si no precisamente todo lo contrario, lo que queremos, lo que deseamos es que la política se fortalezca con nuestra participación. No existe tal culto a la multitud, lo que esta sucediendo es que los individuos nos estamos uniendo para sacar adelante la democracia (si nos dejan, y si no también). Está claro que el Señor Lasalle es consciente de que las descripciones que hace a lo largo del artículo encajan con minorías radicales y sin embargo "misteriosamente" el pone todos sus esfuerzos para extrapolarlas a toda la sociedad con la clara intención de amedrentarnos.

Por mucho que usted lo desee señor Lasalle no somos borregos fanáticos en busca de un profeta. Somos ciudadanos conscientes, y un ciudadano consciente puede y quiere ser capaz de desenterrar toda la mierda sobre la que se sientan muchos políticos; eso es lo que ustedes temen. Solo saben manejar la política como un negocio y no buscan más que las salidas fáciles (y nocivas) que a corto plazo les permitan ganar elecciones (en lo cual el poder financiero les ayuda bastante, tanto que luego no pueden devolverles el favor de otra manera que regalándoles la soberanía popular y toda su riqueza); son ustedes quienes están destruyendo la democracia, vendiéndosela al mejor postor.

¡Ah! y el "abatimiento individual" (bonita forma de nombrar la miseria) no tiene nada de "épico" y una notificación de embargo o un estomago vacío nada de "romántico". Como ve es más fácil llevar el estilo barroco a un escrito (como es su caso) que a la vida real del ciudadano de a pié, donde, ¿comprenderá usted esto?, no caben vacías florituras.

“Como decía Montesquieu, la libertad es el derecho de hacer lo que las leyes permiten, pues, fiel a la tradición republicana, pensaba que el buen gobierno solo puede ser aquel donde gobiernan las leyes que los hombres se dan a sí mismos con la voluntad de respetarlas”.

Es inútil su esfuerzo por incrustar referencias de altura en su escrito con la intención de darle una veracidad de la que carece completamente. El resultado es que de nuevo su propia charlatanería se vuelve contra usted. Si la libertad es el derecho de hacer los que las leyes permiten entonces ¡que esclavo es un país donde las leyes (incluida la constitución) pueden ser cambiadas por imposición de organizaciones ajenas a la soberanía popular y en función de intereses económicos privados! …que cada uno saque sus propias conclusiones.

Continuará…


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