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LOS MARTES O MIÉRCOLES MA GALIO
La sonrisa perenne de ultratumba
  José María  | 18 de septiembre de 2012

Lo tenía delante. Estaba, como quien dice, en posición provilegiada. Podía mirar lo que quisiera. Y lo hizo. Si. Por agradecimiento. Es de bien nacidos el... Una obligación moral. En realidad implica tiranía. Lo piensa así Ma Galio pues de otra manera, quizás, no hiciera tal cosa.

Los ojos se predispusieron a entrar en un mundo; este, en el que estaba ahora, aunque cercano se hunde en la nebulosa de la lejanía que su sentimiento, tal vez, no sabía apreciarlo.

Es que las miradas quedan aprisionadas en el tiempo. Y se hacen a los colores, paisajes, vidas, costumbres, rostros... Se educan dentro de unos parámetros. De un mundo. Y ahí quedan. Rodeadas, moldeadas. Adquiriendo valores que empujan a apreciarlo, a amarlo hasta que se hace carne y sangre en uno mismo.

A Ma Galio le sucedía algo parecido. Un ejemplo: estaba hecho a llanuras manchegas, a espacios abiertos y los paisajes de montaña con lujuriante vegetación le atraín. Si. Pero unos días. Luego le ahogaban. Le pasó en Euskadi el tiempo que estuvo destinado como guardia civil. De manera que cuando regresaba a su tierra de la Mancha de vacaciones o de fin de semana respiraba hondo. La profundidad de un horizonte le esponjaba el alma. Y cuando paseaba por Valdepeñas, las risas y los llantos, la alegría y la tristeza, el ceño fruncido de un cabreo, o el porte risueño de una esperanza, esas alternancias comulgaban con este guardia civil. Eran carne y sangre suya. Se había educado así. Su mundo cristalizó en su mirada.

Mas, aquí y ahora, obligado por la dictadura generosa del agradecimiento, desde este, pudiéramos decir, privilegiado mirador, al alcance de la mano, cada calle y rincón, lo procesaba mirándolo con una cierta objetividad; por eso le sorprende y le extraña lo que ve: la leve sonrisa, la placidez, la beatitud, de esos, ahí, sentados en los poyos, vaporosa sonrisa asomada; y la amplitud de las ramas de los árboles sombreando la calle que, dicho sea de paso, es un abrazo sonriente al viajero que, como él, ansía mansedumbre tras lidiar con el áspero entresijo del delito, o también la alegría del jolgorio por los cuatro puntos cardinales, las aperturas de las bocas en los grupos alborozados que descansan en el campo, o esos curas asomando en sus labios la profunda satisfacción de montar a caballo después de llenar sus andorgas con suculentas chuletas regadas por apreciados caldos, hasta henchidos de gozo cuando levantan el cáliz de sus ritos; por no citar al rico, aquel acomodado que se ha hecho a si mismo y abre la boca y ríe como diciendo:

-Aquí estoy yo. Me llamo Fulano y tengo mucho dinero...

Todo lo que ve Ma Galio, para qué negarlo, le resbala. Le dice bien poco lo que llega a su retina.

Además, por doquier posa sus ojos, mire donde mirare, el edén lo contempla... o si no tanto paraíso, al menos semeja el rincón de Jauja. En los bares, en las sastrerías, entre los conductores de autobuses, la dueña del ultramarino, el panadero y sus ayudantes, el churrero... todos se desternillan. O esbozan una sonrisa. O ríen a carcajada limpia. No hay excepciones: ni el que vende la fruta, ni el que reparte melones, ni el salchichero... Todos están contentos. Se tronchan.

A Ma Galio puede que le de hasta envidia no haberse criado en un mundo risueño, dulce, placentero, casi azucarado, como este que contempla Ma Galio desde su balcón particular; empalagoso porque puede endulzar el cielo de la boca con golosinas de las pastelerías. O enmielar su alma con películas que le ofrecen las salas de cine, o...

Pero no, envidia no. Le extraña, le sorprende, eso sí, el grato, sonriente, jovial, rostro de todos, absolutamente todos los que se ofrecen a su vista. Todos, sin excepción, se muestran rebosantes de felicidad. Nada que cariacontezca su semblante. No solo los adultos, los niños y niñas se muestran igualmente encantados. Y los maestros... no digamos.

Es que Las Navas del Marqués le sonríe a nuestro particular e intransferible guardia civil Ma Galio en las fotos de un libro. Sus compañeros Félix Aguado y Aladino Iglesias, desde ultratumba, le transmiten su sonrisa, fusil en mano. ¡Ah, Las Navas! ’Pueblo emprendedor -lee Ma Galio- nunca nos faltó de na, siempre tuvimos de to’. Palabras que explican las sonrisas. Frase lapidaria que aparece en la página 63 del libro citado titulado ’El tiempo detenido’ cuyos autores son Pedro Antonio Manzanero y Tomás García Yebra.

Tenía que ver las fotos y leerlo. El libro. Se lo había dedicado Tomas García Yebra con estas palabras: ’Que la vida os mantenga unidos muchos años mas’. Contenido que le hizo brotar lágrimas a su esposa mantecosa Carolina, católica, apostólica y romana.

Libro trabajado a conciencia. Repasando textos, mirando archivos, seleccionando fotos... Con ahinco. Con emoción contenida. Con amor a su pueblo. Amor que a veces ciega o esconde; mutila o embellece; si, lo que es feo de cojones lo transforma en belleza por mor de mostrar al mundo mundial su pueblo sin tacha.

-Y lo que voy a poner como ejemplo es una pega.

El sabueso particular, denominado Ma Galio, ilustre miembro de la Benemérita Guardia Civil, siempre le pone a lo que lee un pero, un reproche, una objeción. Y es que... tanto elogio, tanto panegírico, tanta sonrisa... deviene en que hasta personajes como el siniestro, canalla, sangriento carnicero, represor donde los haya, como fue aquel Severiano Martínez Anido (*) que según lee Ma Galio en este libro ’pasó de ser azote y represor de los anarquistas en la Semana Trágica a benefactor de la salud de los españoles’.

Palabras que a Ma Galio le hizo expresar:

-  ¡Hombre, no! A los asesinos hay que llamarlos tal cual. Aunque hayan estado en Las Navas. Nada de chovinismo navero .

Pero mira, es lo que tiene estar enfrente de un libro: lo puedes abrir por donde quieres. Es un mirador privilegiado.

(*) http://es.wikipedia.org/wiki/Severiano_Mart%C3%ADnez_Anido


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