Las Navas del Marqués a 7 de diciembre de 2021   

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MARÍA PASCUAL
Lola
  Taller de periodismo  | 3 de abril de 2021

Me levantaba cada mañana a las seis; era cuando ella encendía las primeras luces, se sentaba en un taburete frente a la mesa y se tomaba su café. Sus cortinas eran como una especie de visillos transparentes, y podía ver cada uno de sus pasos. ¿Dios!, adoraba cuando era verano y llevaba aquellos camisones finitos de satén. Con la piel morena estaba aún más preciosa.

A continuación, pasaba unos minutos en los que no la podía ver. Yo creo que debía estar en el baño pues éste daba al interior de la casa. Después volvía a la habitación, y podía entrever cómo se cambiaba. Pantalones largos y un suéter, un vestido quizá, o camisa. Todos sus movimientos eran lentos, sensuales. Siempre se veía radiante. El último paso era mirarse en un espejito que tenía frente a la ventana y, con su carmín rojo, repasarse sus jugosos labios, cuidadosamente. Quizá en alguna ocasión que iba con un poco de retraso lo hacía con más brío, pero siempre quedaba perfecta. Como de anuncio. Eran los mejores treinta minutos de mi día. Después me volvía a acostar hasta que ella volvía. Así de lunes a viernes.

Se llamaba Lola, como creí escuchar que la llamaron unos vecinos un día. Hasta el nombre le pegaba. Lola. Morena, alta, quitaba el hipo. Durante los dos años que estuve observando su rutina no pude parar de plantearme si decirla algo algún día. Mi relación anterior no duró mucho. Aún voy al psicólogo para intentar olvidarme de aquella dichosa mujer. ¡Estaba loca!, ¡fue culpa suya!, discutíamos todos los días y apenas hacia unos meses que nos conocíamos. No paraba de incordiarme. Que-que si no la llamara a cada rato, que-que si ella tenía que hacer sus cosas, que-que si la agobiaba. ¡Bua! Pienso que con Lola quizá sería diferente. Es tan sensual, tan interesante. No me gustaba cuando hacía fiestas, eso sí, o cuando subía gente que no conocía a la casa. Esos días venía a casa más agitada, con más prisa de lo normal. Entonces, entonces, se me removía el estómago y sabía que algo malo iba a pasar. Claro, que yo no la dejaba sola hasta que todos se habían marchado. En varias ocasiones vi cómo se iba a la cama con algún otro hombre. Era cuidadosa y tapaba la ventana con otra cortina más tupida, pero, aun así, se entreveían, por una comisura, los cuerpos rozándose, uno encima de otro, sudando. Alguna vez tuve que llamar a los bomberos diciendo que olía gas desde el piso de enfrente. Cuando escuchaban las sirenas se asustaban, paraban y yo me quedaba más tranquilo.

Supongo que nunca se hubiera fijado en alguien como yo. Desde que tuve el accidente con aquella mujer demente no he vuelto a andar. ¡Pero fue ella quien me obligó! Un día, cuando volvió a casa del trabajo, tuve que sujetarla al armario con un cinturón porque estaba muy nerviosa. Ella se las apañó para clavarme un trofeo en la pierna y yo la golpee fuerte para que se relajara. Era incontrolable esa mujer.

Pero yo creo que con Lola iría bien.

María Pascual


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