Las Navas del Marqués a 28 de enero de 2022   

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LUCÍA LÓPEZ PUERTA
¡¡Soy de pueblo!!
  Taller de periodismo  | 7 de febrero de 2021

Nací en Madrid, pero nunca me he sentido gata. Mi madre se fue a vivir a Madrid a los cinco años y mi padre a los diez, después de un aparatoso accidente en la casa del cura y que le dejó una gran cicatriz en la pierna derecha. Ahora en esa casa, reformada, claro, vive mi amiga Irene. Bueno, no vive porque ella también nació en Madrid y su vida la tiene en Madrid, pero pasa largas temporadas en verano. Igual que yo, que voy al pueblo cada vez que puedo.
El pueblo es de esos sitios que la gente que no tiene, no entiende. A los que sí lo tenemos, pese a ser de la capital, nos encanta alardear de “mi pueblo” sin ser del pueblo. Tengo pueblo, sí, y me apropio de él porque todo mi linaje es de pueblo, menos los de mi generación, que por culpa del progreso y la industrialización nacimos dentro de la metrópoli.
El pueblo es un lugar único en el mundo, y cuando éramos pequeños nos hacía sentirnos admirados por los demás cuando en el cole decíamos eso de "me voy de vacaciones a mi pueblo". A todos nos ha hecho siempre muy felices volver a la gran ciudad y contarle a nuestros amigos que nos hemos pasado el verano subidos a los árboles, que nuestras tardes las hemos pasado yendo en bici al pueblo vecino o que has visto el amanecer en las eras con tus amigos. Aunque también, nos hacía sentirnos de otro planeta cuando habíamos pasado el puente de diciembre estudiando cerca de la chimenea y olían los libros a chasca...

Los que tenemos pueblo entendemos lo que supone ’salir al fresco’ o ’sacar la silla al fresco’. Llamamos a la gente mayor "la tía tal” o "el tío cual", aunque no sean de nuestra familia. Le ponemos el "la" delante a los nombres de mujer. Entendemos lo que quieren decir cuando preguntan "¿y tú de quién eres?".
Sabemos a la perfección lo que supone el mes de agosto: un tour por las fiestas de los pueblos de la alredorá. Pero, sobre todo, sabemos que las fiestas de nuestro pueblo son las mejores.
Entendemos, los de Castillejo del Romeral, en Cuenca, que se me olvida situaros en el mapa, que la noguera es el árbol que da las nueces y no un pueblo de Lérida. Eso de nogal lo tenemos difuso. Sabemos, lo que supone en fiestas, no probar una gota de agua más que para ducharte. Sabemos lo que es vivir sin cobertura y tener que subir al Castillo a buscarla. También sabemos que si un día hay tormenta, ni castillo ni cobertura, nos quedamos sin luz.
Los de Castillejo también sabemos lo que es el Galopeo y lo bailamos en fiestas patronales, bodas, bautizos, comuniones y hasta entierros y funerales, si me apuras. Vemos normal el llamar a la puerta de una casa y que en el interior se escuche un "¿quién?", siempre pensando "abre la puerta y verás quién soy, no me voy a poner a gritar que vengo de la capital y en la capital no se grita”. Sabemos lo que son las Arquillas: un puesto en el que venden chuches, juguetes y pulseras veraniegas en los días de fiestas.
Pero sobre todo y ante todo, los de Castillejo sabemos que las abarcas son unas zapatillas, que un abanto es una persona muy fea, que si llegamos tarde a misa decimos eso de "ainas llego", y que si algo se nos cae, nos amagamos para recogerlo. En el caso de que a alguien le moleste algo, le solemos decir que se amuele; así como si queremos que llegue pronto a la quedada, le decimos que llegue ascape; y si Arturo Pérez Reverte revolucionó tuiter con el famoso “idos” y Lola Flores pasó a la historia con esa expresión de “si me queréis, irse”, mi abuela siempre decía “anda veros de aquí”.
Si vemos a un niño entradito en carnes saltando, solemos decir eso de "mira como blinca el muchacho, con lo bollagas que está". Por el contrario, si es un niño tranquilo solemos decir expresiones como "mira como cagalea". Si nos aburrimos en casa salimos por la puerta diciendo "me voy a echar una casquera con los vecinos", es decir, que te vas a hablar con el primero que encuentres, pero si ese vecino es muy pesado y habla por los codos, volvemos y le decimos a nuestra madre: "menuda cencerrá que me ha metido". Claro, que poco dura la tranquilidad en el hogar, porque la abuela nos pedirá bajar a la plaza a por el pan y, cuando nos encontremos con un amigo, le diremos que nos han hecho un mandao. Y es que los mandaos en el pueblo es pasar un día de compras en la plaza porque allí llega la furgoneta del pan, el camión de los congelados y el frutero. Vamos, que en el pueblo, pese a ser un pueblo, no te falta dená.
En invierno nos solemos poner al orete de la lumbre, porque hace mucho frío. Pero, aunque en el pueblo haga mucho frío, en verano solemos dormir con la ventana abierta y, cuando alguno de nuestros vecinos madrugadores sale a andar temprano y silbando, te revuelves entre las sábanas y piensas: "ya ha salido el tío Narciso solbitando”. Además, que el silbido del tío Narciso es tan potente que resuena en el peñascar porque eso de peñascal, no entendemos lo que es.
Y es que, cuando pasas unos días en el pueblo, vuelves a Madrid siendo más de allí que las rosquillas de baño, un dulce que solo se hace para San Bartolomé, la fiesta grande, y es cuando a los músicos de la orquesta, a las seis de la mañana, les gritamos eso de “¡otra o al pilón!”. Y siempre cuela.

Lucía López Puerta


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