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MARIVÍ AMÍROLA
El tío miserias
  MARIVÍ AMÍROLA  | 4 de diciembre de 2020

Miguel era un hombre enjuto de pequeña estatura, muy renegrido de tez; aún gastaba boina calada hasta el entrecejo y apoyada en las orejas. Nunca se descubría, así que no les puedo decir si lucía calva o poblada pelambre. Vestía pobremente, pero iba limpio. Unas veces las mangas de la chaqueta se tragaban sus manos y solo permitían que asomaran las puntas de los dedos; en otras ocasiones las perneras del pantalón le quedaban tan cortas que dejaban asomar los enclenques y huesudos tobillos mal resguardados por calcetines tan dados de sí que se caían lánguidos sobre los rudos zapatones que usaba.
Moraba en una humilde vivienda de una planta con terreno y patio trasero en la plazoleta en la que se ubicó el ambulatorio donde obtuve plaza.
Era un barrio de las afueras de Madrid que hasta hacía poco fue población independiente, pero que se acabó anexionando debido a la tremenda expansión de la villa. La zona había cambiado su fisonomía; en lo que eran descampados y antiguas tierras de labranza o pastoreo se edificaron bloques de pisos con zonas ajardinadas. El aspecto de su casa contrastaba con las nuevas construcciones, era un reducto abocado a desaparecer.
Cultivaba un pequeño huerto y criaba unas gallinas; con esto surtía su despensa. Rara vez le veías comprar en las tiendas aparte de la panadería y por supuesto ni pisaba el gran centro comercial recién inaugurado. Lo que no perdonaba era su chato a la hora del aperitivo y los sábados, la partida por la tarde.
Yo había alquilado un apartamento en el mismo barrio y me pareció buena idea presentarme en la taberna como el médico recién incorporado; una fórmula para romper el hielo inicial y así contactar con los paisanos.
No tardé en conocer a los personajes más habituales del lugar, incluido a Miguel, al que apodaban el Tío miserias porque, además de gastar poco, tenía una especial habilidad para evitar abonar consumiciones. De una forma u otra enredaba y conseguía que alguien lo invitara a una o dos rondas.
Un día, después de tomarse un par de vasos acompañados de sus respectivas tapas, pidió un poco de vino para enjugar la boca. Solo quería un culín para quitarse el picante.
El camarero, presto a la guasa, guiñó el ojo al grupo reunido en la esquina y sirvió el vaso completo. De parte de la casa-anuncio.
Brilló triunfal la mirada de Miguel que con rápida acción y avidez lo bebió de un trago.
Repentinamente, a grandes voces, una sarta de blasfemias e improperios salieron de su boca desdentada mientras daba furibundos puñetazos en la barra. ¡Casi me derramo el café encima del susto que me llevé!
Las risotadas del camarero y de la camarilla mencionada apagaron las quejas del desdichado, que salió colérico dando zancadas sin dejar de insultarles.
Le había servido vinagre.
- ¡Pero hombre, por Dios! ¿Cómo le hacéis eso al pobre infeliz? -les recriminé por su broma de mal gusto.
- Infeliz puede ser, pero ¿pobre? El solar donde se ha levantado el centro comercial era suyo, un patatal que daba escasa cosecha. En casi todos los bloques nuevos tiene uno o dos pisos que alquila. Vendió los terrenos y una parte se lo pagaron en viviendas. También es propietario de algún local. Nunca le faltó, pero no comía por no gastar; ahora lo que no tiene es tiempo para gastárselo y ¡mira cómo vive!
Por eso le apodan el Tío miserias.
- Bueno a partir de ahora le podemos llamar el “tío vinagre” también. Pon otra ronda– dijo otro provocando la carcajada general.


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- Artículo realizado por MARIVÍ AMÍROLA
- Publicado el 4 de diciembre de 2020

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