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La policía fronteriza del pensamiento
  Mariano Moral  | 5 de mayo de 2012

A las ocho de la mañana del día 29 de abril el azar me había llevado hasta Figueres. También por azar tenía que cruzar a Francia por la Junquera a eso de las doce y regresar de vuelta a España por la tarde. Me decidí a tomarme tranquilamente el respiro de cuatro horas que me brindaban las disposiciones horarias del dichoso azar y me fui a dar un paseo por la ciudad. Tras una buena caminata por callejuelas y plazoletas vacías me topé de lleno con el museo Salvador Dalí. Entré, salí y, triste de mí y mi ignorancia, el único mensaje que me dejó en el subconsciente la manada de huevos gigantes que coronan alineados la cornisa del edificio fue unas ganas bestiales de desayunar un buen pincho de tortilla.

Esos bares abusivamente caros, de trato estúpidamente artificial y forzadamente castizos tan típicos de los centros de las ciudades turísticas no me motivan en absoluto, así que descendí sin prisa desde el museo por una larga callejuela con el pavimento levantado y desperdigado en montoncitos que me condujo a un arrabal lleno de casas semiderruidas, palmeras y ramblas sucias y descuidadas. Y justo allí, en medio de ese entrañable caos, encontré el bar que buscaba: rebosante de paisanos, aguardiente, mugre y griterío. Pedí un café, un pincho de tortilla y el periódico (el diario de Gerona) y me senté en una mesa sintiendo eso a veces llamado felicidad.

Pero el incansable azar me tenía una sorpresa preparada para trastocar ese sencillo y genial momento: El periódico me dijo que el tratado de Schengen, o la libre circulación de ciudadanos europeos a través de las fronteras de la unión, había sido suspendido para que los policías españoles se colocaran en la frontera con Francia a detener “posibles sospechosos de pertenecer al movimiento antisistema” que pudieran pasar a España con la intención de protestar ante la cumbre del banco central europeo que se celebraba en Barcelona.

Me eché un vistazo rápido para comprobar que sin duda yo era un sospechoso potencial. Joder –pensé—me he convertido en un criminal de la noche a la mañana y sin proponérmelo, si me cazan en la frontera estoy jodido. Efectivamente, ahora era una especie de criminal del pensamiento y esto me planteaba un problema inesperado que arruinaría lo que yo pensaba iba ser una plácida jornada en el sur de Francia; no pude evitar que volviera a mi mente esa asociación, tan frecuente últimamente, entre 2012 y 1984. Tras debatir la noticia y mis impresiones con los parroquianos del bar no solo encontré consuelo, comprensión y compañía en mi recién estrenada criminalidad (“no te preocupes compañero, aquí todos somos criminales”) si no un plan bien trazado para no tener problemas al cruzar la frontera.

Me aseguraron que para la ida no tendría problemas (“el tema está en la vuelta chaval”) y que para cruzar de regreso a España solo tenía que vestir y hablar de la manera adecuada. Yo no tenía ni tiempo ni medios para encontrar todo el atuendo que me recomendaban, así que entre todos decidieron juntar lo necesario. Se marcharon todos por los cuatro puntos cardinales prometiéndome que volverían en diez minutos. La camarera me miró divertida, “¿un chispazo nen?”.

Volvieron puntuales y se metieron a la trastienda del bar entre sorna y risas. Uno de ellos le dijo a la camarera que me echara otro aguardiente en lo que finiquitaban el disfraz. Al poco rato salieron en comitiva y me entregaron, serios y solemnes, lo que habría de ser mi salvoconducto fronterizo: un traje de los años sesenta con pantalones de campana incluidos y en cuya americana, cubriendo por completo las dos solapas, habían pegado parches con la bandera española y la europea, el logotipo de Repsol, la cara de Botín, una imagen de Rajoy y la Merkel abrazándose, el sello del club Bilderberg, un recorte de periódico del famoso bolso de la presidenta del F.M.I. y el escudo de Suiza.

El kit contenía además unas gafas de sol estilo Torrente, una camisa de flores con las iniciales M&M pintadas con rotulador (“si te preguntan tu dices mercados y multinacionales”), un bote de gomina (“pa aplastarte esa cresta que te has dejao”) y dos fotos tamaño cartera; una de un policía que está moliendo a palos a un manifestante (“este es el carné de identidad”) y otra de un tipo gordo, repulsivo y elegantemente vestido apagando su puro en la cabeza de un ciudadano (“y este el de conducir”). Una vez comprobamos que el traje me valía a la perfección pasaron a darme el objeto principal, que consistía en una media de nylon semi-transparente (“esta pa la cabeza, como los atracadores”) y un revolver de pega. Para finalizar me dijeron la frase mágica que debería pronunciar en caso de que surgiera algún problema de última hora con la autoridad.

A las once salí del bar, no sin antes prometer a mis compinches que volvería a mi regreso de Francia para contarles como había ido la cosa, me fui a buscar el coche, metí el kit en el maletero y marché para Francia. El paso de la Junquera estaba atestado de nacionales y guardias civiles, pero no estaban parando más que a los coches que venían de Francia. Aun así las miradas y los comentarios de los guardias que se encontraban más cerca del paso a Francia cayeron sobre mi como bombas de racimo, en respuesta subí el volumen de la radio para que se distrajeran un poco escuchando Barricada, y la verdad es que tuvieron tiempo de escuchar casi todo el disco porque el tráfico era tan lento que tardé en rebasar la absurda línea fronteriza casi media hora.

Hacía un día precioso en el pirineo francés pero no lo pude disfrutar por el ansía que tenía en comprobar si funcionaría el disfraz que me habían preparado los parroquianos gerundenses. A las seis de la tarde no aguanté más; me coloqué el kit completo y me largué para la frontera conduciendo a toda velocidad. El tráfico era lento en la pronunciada pendiente que atraviesa Le Perthus para desembocar en España. Casi me estallan los nervios cuando comprobé que los dos primeros guardias que custiodaban el paso fronterizo empezaron a mirar el coche y a cuchichear, seguro que me habían reconocido del viaje de ida—pensé—ahora si que estoy jodido.

Pero cual fue mi sorpresa cuando comprobé que, tras parar el coche y hacerme bajar la ventanilla, su gesto de desconfianza se tornó dócil, agradable y servil. Se empezaron a enredar en discursos exculpatorios ridículos por haberme parado, por no haber visto que yo era un hombre de buena fe, etc. Aun así yo saqué la cartera de mi bolsillo y la abrí ante sus ojos para mostrarles mi identificación, “no hace falta”, les pedí que la comprobaran de todas maneras y cuando vieron las fotos casi se derriten en elogios hacia mi. Luego, más relajados, empezaron con las bromas, “¡vaya media más chula que lleva tapándole la cara, es de las profesionales!”, yo me reía aunque en el fondo casi no pudiera contener la rabia, “¡y esa pistola que le asoma por el bolsillo es una pasada!”, es para matar antisistemas—contesté—, “¡vah!, para eso lo que usted necesita es esto!”, y me regalaron una ametralladora automática con diez cartuchos de balas de recambio.

A todo esto empezaron a llegar los demás guardias con unos cuantos antisistema esposados, “¿quiere usted estrenar la ametralladora?”, no gracias –respondí—mejor la reservo para los que se acerquen a la cumbre de Barcelona, “¡¡si señor!!, esa es una buena idea”. Pensé entonces que la broma ya había durado demasiado y me dispuse para irme. Tras despedirme entre vítores y aplausos de la comitiva policial arranqué el coche y me incorporé a la carretera lleno de sentimientos contradictorios que tomaban forma de suspiros de alivio, risas irónicas y punzadas de indignación, pero de repente una ola de pánico me envolvió por completo: después de haber recorrido unos cincuenta metros unas voces llegaron hasta mí gritando que me parara. Se me pusieron de corbata. Por el retrovisor ví a unos cuantos policias acercarse al coche corriendo con pistola en mano y me dije se acabó. Entonces recordé la frase mágica que me habían dado los parroquianos por si surgía un apuro y cuando los guardias llegaron a la altura del coche saqué la cabeza por la ventanilla y grité: ¡¡¡Viva Europa, una, grande y libre!!!

El grupo, jadeante de cansancio por la carrera, llegó hasta a mí, se detuvo y entre sofocos respondió al unísono “¡¡¡Viva!!!”. Me quedé paralizado, “señor, solo queríamos pedirle que nos deje escoltarle hasta Barcelona”. No hace falta, gracias de todos modos. Conduje de vuelta a Figueres pensando en visitar de nuevo el Museo Dalí ahora que mis sentidos ya estaban definitivamente en la onda surrealista. Pero...¿acaso iba a poder superar alguna obra de Dalí el surrealismo de la nueva y flamante policía fronteriza del pensamiento?


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