Las Navas del Marqués a 17 de noviembre de 2019   

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CUENTO DE TERROR: El juego de Dorothy
II- La caja de los gritos
  DANIEL FRAILE  | 15 de enero de 2017

La bestia agachó la cabeza y comenzó a resoplar. En cualquier momento iba a cargar contra mí; traté de moverme, estaba completamente paralizado. Salió directo hacia donde yo estaba emitiendo un desagradable chillido. Por suerte el barrote de la cama se le clavó en el ojo y aproveché la oportunidad para salir de la habitación a toda velocidad.

Recorrí desorientado los pasillos, girando de izquierda a derecha, sin saber a dónde ir; la criatura pronto me perdió la pista. Me recosté en la pared fatigado, el pasillo estaba a oscuras y apenas se filtraba la luz de la luna por unas ventanas llenas de mugre. Me levanté y traté de mirar por una de ellas, aunque esto fue imposible; froté con la manga del jersey la superficie de cristal, no dio resultado, la suciedad estaba incrustada y no había manera de quitarla.

Alumbré con la linterna los tenebrosos corredores. El suelo crujía con cada paso que daba, el estado de esta parte de la casa se encontraba casi tan dañado como la habitación en que desperté. De pronto un relámpago rompió el silencio que reinaba en las galerías, caminé durante lo que me parecieron horas; hasta que unos pasos me sobresaltaron. Me giré, no había nadie.

Al poner la vista al frente comprobé que el pasillo estaba cortado por unas vigas de madera ¡Pero si esto no estaba aquí hace un momento! Volví sobre mis pasos, comprobé qué habitaciones estaban abiertas y cuáles no. Finalmente hallé una que no tenía el cerrojo puesto y me adentré.

A diferencia del resto de zonas por las que había deambulado, esta se encontraba en perfectas condiciones e iluminada. Las paredes eran de color violeta, decoradas con cuadros; sin embargo las imágenes -todas rasgadas- no permitían ver lo que representaban. Había rosas frescas colocadas en una mesa circular en la que reposaban unas pastas y una cafetera. Las tablas de madera del suelo estaban enceradas y en perfecto estado. Sin duda alguien residía en este lugar.

Examiné con detenimiento una foto apoyada sobre la mesilla de noche. Era una imagen de una niña de unos seis o siete años, pelo anaranjado, casi amarillo, con unos ojos verdes inmensos. Su piel, pálida como la porcelana. Vestía ropas de otra época.

Tras un rato observando la foto me percaté de que tras ella había una persona que extendía los brazos, como si quisiera agarrarla. Agudicé la vista, pero entonces el cristal del marco se agrietó impidiéndome ver la totalidad de la imagen; lo solté y los cristales se esparcieron por la habitación.

Retiré los cristales para recoger la foto; cuando la saqué estaba rasgada de la misma manera que las pinturas de la habitación. De pronto el jarrón con las flores se hizo añicos y el agua comenzó a gotear por los bordes de la mesa. Me acerqué para investigar lo que había sucedido.

No encontré ningún objeto extraño que pudiera haber impactado con la pieza de cristal, tampoco lo había golpeado nadie. Tomé una de las rosas de color amarillo y la manoseé. Sus pétalos suaves, mullidos junto con el olor que desprendían, me recordaban a los armarios de la casa donde crecí.

Cuando yo era joven mi madre recorría los parques del pueblo en el que vivíamos e iba recogiendo rosas de diferentes colores. Al llegar a casa quitaba los pétalos y los esparcía entre la ropa. La mañana que murió mi hermana mi madre dejó de ir a buscar flores.

Seguí manoseando la rosa hasta que noté que entre sus pétalos había algo sólido. Los revolví y encontré una llave de metal oxidada con un lazo de color púrpura. Miré a mi alrededor en busca de la cerradura que pudiera abrir. La mayoría eran demasiado grandes; pensé que ninguna se
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abriría con la llave. Tal vez los cajones de la cómoda que se encontraba frente a la cama...

Probé en todos pero no dio resultado. Revisé de nuevo la habitación. Entonces vi una pequeña caja sobre el suelo; estoy seguro de que antes no estaba allí. La cogí con cuidado, parecía frágil, la abrí; era una caja de música, en la tapa tenía un espejo lleno de arañazos que impedían reflejarte. También había una pequeña bailarina de trapo; a juzgar por su aspecto alguien había intentado quemarla.

Giré la manivela que activaba el mecanismo y la música comenzó a sonar. La muñeca rotaba intermitentemente; la música salía sin fuerza y ahogada. A pesar de ser un juguete para una niña era de lo mas lúgubre. Tras un rato oyendo ese funesto son comencé a encontrarme mal y decidí cerrar la tapa. Justo cuando paró la melodía un alarido resonó en la estancia.

La pintura de la pared comenzó a demacrarse y el color morado se fue tornando gris con máculas marrones. Salí corriendo de la habitación; una sombra se alzaba frente a la puerta, no se distinguía con claridad. No, no era la bestia, parecía un hombre. Permaneció inmóvil hasta que, de repente, levantó una de sus manos; unas largas uñas retráctiles crecieron al instante.
(Continuará)


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