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De cuyo nombre no quiero acordarme

Una intentona comparativa entre la causa caballeresca y la caciquil.

  Mariano Moral  | 9 de marzo de 2012

Como Don Quijote y Sancho Panza nuestros cercanos protagonistas contemporáneos terminan cambiándose los papeles y confundiéndose entre ellos en su interminable aventura en pro de la causa caballeresca moderna: el caciquismo. Son muchas las similitudes que unen a estos personajes tan distantes en el tiempo y en el fondo, pero ya veremos si los parecidos son tan fuertes como las pocas diferencias que les separan.

Nuestro caballero contemporáneo no tiene nada que envidiar a Don Alonso Quijano en el campo de la retórica (aunque un poco más basto que el manchego no por eso es menos elocuente) y tampoco duda lo más mínimo a la hora de aplastar a todo aquel que se atreve a violar el estricto código del caciquismo o afrentar a su dama particular, una Dulcinea de bolsillo, fabricada en cuero y con varios compartimentos (a ser posible bien llenos). Del mismo modo que Don Quijote ve gigantes por molinos y confunde rebaños de ovejas con ejércitos mercenarios, nuestro particular hidalgo divisa lucrativas ciudades donde no hay más que selva y convierte en enemigos a ciudadanos pacíficos que tan solo piden democracia. Como no por moderno deja de ser un caballero andante ejemplar, allá donde vaya exige ser respetado y, si bien por las buenas es difícil que lo consiga, no duda en recurrir a las malas para poner a la gente en su sitio (que naturalmente es siempre por debajo de él)…

Y que decir de nuestro símil actual de Sancho Panza. Al igual que éste, se embarcó en la aventura caciquil (que en nada envidia a la de caballerías) a sabiendas de que era una locura siniestra, pero la capacidad de convicción de nuestro caballero moderno y la golosina en forma de riqueza y poder que éste le puso en las manos le disiparon toda duda y prepararon su conciencia para lo que hubiera de venir. Como el buen y regordete manchego nuestro escuderil lacayo tiene para cada discurso o frase de su Señor una postilla o refrán y, si es menester, es incluso capaz de secundarle en sus estrafalarios discursos. Además, al modo del viejo amigo Sancho, el nuevo Panza camina junto a su Señor allá donde vaya, ya sea a una riña o a una taberna, y por muchos palos e improperios que reciba de éste siempre le termina siguiendo con el rabo entre las piernas…

Son muchos los parecidos entre los fantásticos manchegos y los fantasmones castellanos (muchos de ellos los dejamos a la imaginación del lector pues ni aquí hay espacio ni este escribiente goza de suficiente ingenio para un nuevo Quijote, aunque si de material, y mucho), pero no es el hecho de encontrar tantas similitudes entre ellos lo que nos asombra, si no precisamente sus diferencias.

Más que de asombro nos llenamos de espanto cuando comprobamos que nuestros protagonistas no solo gobiernan una ínsula con mano de hierro y sin intención de dejarlo, si no que además son tomados en serio por sus habitantes y por casi todo aquel que se les encuentra en el camino. Más que de espanto nos llenamos de horror cuando entendemos que, al contrario de Don Quijote, los sentimientos de nuestro protagonista no son bondadosos, ni pasajeros, ni disparatados, ni inocentes. En nuestro protagonista todo es frío y calculado, nada en él se sale de la brutal y perenne lógica del poder: mientras que la fe que el Quijote tiene en su causa procede de la locura la de nuestro protagonista se cimienta en la ambición, nada de loco hay en él aunque se lo haga de vez en cuando, y es obviedad decir que su Dulcinea poco tiene de platónica…

El Sancho de nuestros días no es uno si no varios, muchos, tal vez demasiados. Es una especie de conglomerado que, a diferencia del Sancho cervantino, no siente afecto por el hidalgo al que sigue si no que, en la mayor de las bajezas, es incluso capaz de perder la dignidad por la vil idea de obtener el beneplácito de éste (a pesar de aborrecerle) y con el fin de sacar un beneficio de él. Este conglomerado escuderil no seguiría a su Quijote si esto supusiera vivir a dieta de un queso por semana, ser manteado por la plebe o dormir a la intemperie. No Señor, el Sancho (o Sanchos) de esta breve historia no basa su fidelidad en la pena o en una ambición absurda, sus deseos son de poder real y están muy bien definidos y calculados. Mientras confiado y con la panza bien llena siga rodeando el trono desde el que el hidalgo gobierna su ínsula le será fiel a toda costa, veremos donde terminan él y su fidelidad cuando el trono acabe convertido en astillas…

Y veremos que pasa cuando las ínsulas donde todavía hoy rige la causa del caciquismo devengan en irrealidad, que es lo que deberían ser, y los caciques andantes solo sean materia de cuento. Pero antes de hacerles cuento hay que hacer que lo parezcan, y desgraciadamente por ahora son demasiado reales.


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