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SORAYA EN EL TUNEL
  Juanjo  | 18 de diciembre de 2015

Lunes a las nueve de la mañana. La misma caravana que sufrimos desde la época de Tierno Galván se repite testaruda en 2015. Cuantos más kilómetros de M-lo que sea se construyen, los madrileños contrarrestan comprando más y más coches, muchos obligados para ir al trabajo pero muchísimos más para asuntos personales. Hoy la velocidad es medianamente razonable hasta que paramos en el interior de los túneles del Pardo dirección Parque de Las Naciones.

Recién parados los coches, tres motos de la Guardia Civil se adentran en el túnel con las sirenas encendidas. Acostumbrados a este tipo de eventos, el primer carril se ajusta contra la pared izquierda del túnel y el tercer y cuarto carril nos hacinamos en la pared derecha. Aún así dos vehículos se azaran en el segundo carril y la comitiva negra llega frenada hasta los rezagados.

Los motoristas se ponen nerviosos. Obligan marcialmente con el brazo extendido al primer carril a pegarse literalmente a la pared derecha y así, encajados, nadie podrá salir de los coches. Dos guardias civiles neutralizan un posible ataque de diez coches de una sola tacada. Aún así Soraya, la vicepresidenta, vestida de luto riguroso como los chóferes, escoltas y acompañantes de los otros cinco coches, queda frenada delante del turismo con un conductor que no sabe dónde meterse.

Ella tranquila y acostumbrada ni le mira. Parecen todos salidos de la corte de Felipe II viendo a los plebeyos a su paso en esos carruajes negros con adornos dorados tirados por corceles blancos. Los nuevos cortesanos, con esos trajes tan negros, tal pulcros ellos y tan ajenos al devenir diario de los curritos que a esas horas pacientemente aguantan la secuencia freno-marcha-freno de los vehículos parece que van volando a un palmo del suelo. Ante el imprevisto ella ni siquiera mira pero sí los escoltas del segundo coche. Con las ventanillas abiertas una mano blanquecina se apoya en la maneta de la puerta por la parte de fuera. Me fijo en la camisa oscura contrastando con la mano lechosa pero tensa y subo hasta su cara. Me entra un escalofrío al verlo. Caras como esa las he visto tantas veces en fotos históricas que encajaría perfectamente entre los represores de las cárceles clandestinas de la dictadura de Videla. Sus ojos han visto el objetivo en medio del camino de la vicepresidenta y la mano va a ejecutar la orden de despejar el campo de batalla. En ese momento me pregunto dónde se fichan a los `hombres de la vicepresidenta´ y prefiero no saberlo.
En el último momento el coche de delante se abre a la derecha y el coche atrapado puede moverse dejando libre el paso. El guardaespaldas relaja la mano y reanuda la comitiva la marcha radiografiando los rasgos del ocupante. Mientras Soraya mira impasible al frente, el conductor, ahora frente a mí, refleja el pánico en el rostro; las manos le sudan. Después de un minuto tenso la comitiva reanuda a toda velocidad su viaje mientras el resto nos quedamos en el túnel que, aunque iluminado, no nos deja ver aún la luz del día.
Al salir tengo la sensación de libertad a medias. La comitiva ha desaparecido y nosotros entraremos pronto en el segundo túnel. En la radio no se habla de otra cosa que el debate que a la noche tendrán Rajoy y Sánchez. Parece que estos días los políticos, como el resto de los españoles todo el año, están en el túnel de la incertidumbre. Su túnel no es como el nuestro, evidentemente. Los más afortunados seguirán levitando en coches oficiales con matones de piel blanca y gatillo fácil, otros abrirán las puertas giratorias de corporaciones energéticas, con un sueldo mucho mayor pero menos poder y parafernalia. Los matones allí son guardias de seguridad que matan menos. Otros se jubilarán por decisión de los ciudadanos, manteniendo cuatro años de paro a tres mil euros el mes. Y todo ello, todo, por el bien del pueblo.


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