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Un día de cine
  Mariano Moral  | 15 de enero de 2012

Pepillo abrió los ojos mucho antes de que sonara el despertador. Sentía un fuerte nudo en el estómago y no era para menos: aquel día iba a estrenarse como actor y, aunque en su debut cinematográfico no sería más que un insignificante extra, para el era sin lugar a dudas el evento de su vida. Encendió la luz de la mesilla y permaneció un buen rato mirando al techo sumergido en delirantes pensamientos. Tan pronto se veía firmando autógrafos por las avenidas de Hollywood como venía a su mente la temible cara del director expulsándole del rodaje por incompetente. Tengo que concentrarme –pensaba—no puedo fallar.

El rodaje empezaba a las doce en punto por deseo expreso del director. Para los actores principales la hora era lo de menos pero para muchos de los secundarios y los extras, entre los que se incluía Pepillo, esto suponía un inconveniente porque les obligaba a faltar a su trabajo habitual; hubiera sido mucho más razonable –se decía nuestro protagonista—que el rodaje hubiera sido por la tarde, pero claro está que si el director así lo dispone tendrá sus motivos. A pesar de que aun quedaban casi cinco horas para las doce se levantó, se afeitó y se puso a desayunar. Mientras bebía el café a pequeños sorbos empezó a repasar mentalmente su papel.

No parecía complicado, pero temía que los nervios pudieran traicionarle. La escena en la que Pepillo iba a tomar parte estaba ambientada en el salón de actos del ayuntamiento de su pueblo y reproducía la celebración de un pleno municipal. El salón estaba dispuesto al modo de una sala de cine. Se entraba por la parte trasera y desde aquí las filas de butacas descendían en pendiente hasta una tarima donde estaba situada una gran mesa de madera que sería ocupada por el alcalde, los concejales y la oposición. Pepillo formaría parte del público asistente y, cuando la grabación comenzase, debía entrar en el salón, descender la rampa que dividía en dos la zona de las butacas y sentarse en la primera fila.

A parte de esto Pepillo tenía que pronunciar una frase justo cuando el alcalde diera por finalizado el pleno. La ejecución de la insignificante porción de guión que le correspondía era sin embargo, tal y como le dijeron los ayudantes del director, de suma importancia para la escena. Tras dar unos cuantos sorbos de café, Pepillo se puso ha hacer algunos ejercicios de voz y finalmente carraspeó antes de pronunciar su gran frase: ¡Viva el alcalde! Pero no era suficiente pronunciarla, había que poner pasión en ella, había que creer en ella, tenía que formar parte del ideario de Pepillo para que sonara convincente, por eso Pepillo dejó la taza de café sobre la mesa, se levantó, se cuadró, sacó pecho y entre lágrimas repitió ¡¡Viva el alcalde!!

Salió de casa temprano, aun faltaban casi tres horas para el gran momento, y lleno de confianza en si mismo. Había estado casi una hora repitiendo compulsivamente la frase frente al espejo del baño hasta que en un momento dado sintió que ya no estaba actuando, comprendió entonces que el rodaje iría bien: no solo creía en el alcalde sin necesidad de indagar en el personaje si no que en ese momento hubiera creído en cualquier alcalde. ¡¡Viva!! Tardaría unos veinte minutos en atravesar el pueblo de punta a punta para llegar al ayuntamiento así que, sobrado como iba de tiempo, decidió parar a tomarse otro café y a leer el periódico. Entró en un bar situado en la avenida principal no muy lejos del ayuntamiento. El lugar estaba casi desierto por eso pudo ver de sopetón y muy claramente, sentado al final de la barra y fumando un puro, una cara que casi le deja helado.

Joder –pensó Pepillo—ese tipo es el director, y ahora que hago, no puedo ignorarle, ya me ha visto, joder, que le digo, de que habla con él un don nadie como yo.

- Pepillo, ven aquí hombre, que no muerdo –gritó el director con sorna.

Casi se desmaya nuestro protagonista al oír salir su nombre de la boca de ese señor. De tras pié en tras pié llegó medio aturdido hasta donde se sentaba el director sin poder ni siquiera percatarse de la rabiosa risa que asfixiaba al camarero.

- Señor director, no podría haberme imaginado que usted se acordara de mi cara y mucho menos de mi nombre.

- Pero bueno Pepillo, ¿Cómo no te voy a conocer? Yo conozco a todo el mundo.

Pepillo se sorprendió ante la profesionalidad de aquel ilustre cineasta que se acordaba incluso de los más humildes extras como él. Se quedó paralizado mirando al techo y sin saber de que hablar hasta que el camarero se acercó y dijo: “¿Quiere otra copita señor alcalde?”

- ¿Señor alcalde? –soltó con asombro Pepillo dirigiéndose al director. Así que usted además de dirigir actúa, y no como un segundón, si no en el papel principal ¡Madre mía¡ Es usted increíble. Además veo que sigue la misma técnica que yo, se mete usted en el papel hasta fuera del rodaje.

El director, hábil como nadie en el campo de la improvisación, forzó una expresión de seriedad y respeto y se dispuso, como buen lobo disfrazado de cordero, a seguir en el papel que exigían las circunstancias no sin antes mandar al camarero que se esfumara con un rápido golpe de vista. Luego se acomodó en el taburete y comenzó a hablar a Pepillo tal y como un padre hablaría a su hijo.

- Amigo Pepillo, así ha de ser. Es una dura y difícil tarea convertir la farsa en realidad, por eso no me queda más remedio que ser el protagonista además de director. Tengo que crear la ficción y a la vez que creer que esa ficción es real. No todo el mundo está capacitado para hacer esto por eso me encargo yo y solo yo… ¿Me sigues Pepillo?

- Si, si, señor alcalde…

- Pero no es suficiente que yo me meta en el papel. Todos deben hacerlo, los actores, los extras e incluso este camarero que me vende puros y coñac todas las mañanas. Piensa además Pepillo que para vosotros es más fácil que para mí, solo tenéis que creer que lo que hacéis es la realidad porque vuestro papel, a diferencia del mío, no exige que sepáis que esto es una ficción. Esto es algo que solo me atañe a mí como arquitecto y director de esta farsa. Solo tenéis que dejaros llevar.

- ¡Como desearía meterme en el papel de ciudadano tan bien como usted se mete en el de alcalde!

- Ya lo has hecho Pepillo. De hecho te has convertido en el ciudadano perfecto para mi comedia, es decir, en el anti-ciudadano. Aquí tienes a tú alcalde para lo que haga falta.

- No sabe como le agradezco que me diga eso señor. Venía dudando de mi capacidad para participar en su película pero cuatro palabras suyas han bastado para sanarme.

- No hay de que Pepillo—repuso amablemente el director mientras daba una larga calada al puro. No hay de que.

Pepillo apuró el café y se dispuso a despedirse del que ya era formalmente su alcalde. Este le dijo adiós con un tono mucho más frío y desconfiado del que había tenido durante la conversación. A Pepillo le dio entonces la impresión de estar enfrente de otra persona totalmente diferente. La sensación casi paternal que le transmitió antes el director de repente se había desvanecido. Ahora Pepillo sentía miedo al mirarle. “Este cambio de actitud conmigo debe ser parte de su trabajo—pensó—sin duda es un profesional como la copa de un pino, ¡viva el alcalde!”.

Nuestro protagonista, que en esta historia lo es aunque en la película en la que va a actuar (¿o ya está actuando?) desgraciadamente no pase de extra, salió del bar con un extraño sentimiento que oscilaba entre el respeto y el terror. Algo se revolvía en sus tripas diciéndole que ambas cosas no podían ir juntas. No se puede respetar a alguien—se dijo vagamente a si mismo—a la vez que se le teme. Nadie que se merezca respeto necesita conseguirlo a través del miedo…Ya en la calle intentó sacudirse el malestar y borrar estas tonterías de su cabeza. El alcalde le conocía y le apreciaba, eso era lo realmente importante.

Mientras recorría alegremente el trecho que separaba el bar del ayuntamiento se dio cuenta de que la mayoría de la gente que se encontraba por el camino pasaba en dirección opuesta a la suya. Esto le resultaba extraño porque el imaginaba que todos los vecinos dejarían sus obligaciones cotidianas para asistir al evento. De repente notó un golpe en el hombro.

- ¡Eh tú! ¿vas al ayuntamiento?

- Si, ¿por qué?

- Supongo que eres un extra. Yo también. Creía que iría más gente, pero ya lo ves, parece que no va a venir ni Dios.

- Yo también esperaba que viniera todo el mundo. ¿Qué estará pasando?

- Supongo que mucha gente no puede dejar el trabajo para venir. Si hubiera sido por la tarde sería diferente. Parece ser que el director no quiere más que un tipo determinado de extra y como no puede controlar a todos los que llegan para el rodaje prefiere ponerlo en este horario para que vengan los menos posibles y le sea más fácil controlar la situación. También puede ser que mucha gente simplemente pase de ir, hay algunos que incluso critican al director…

- Alcalde—le corrigió enojado Pepillo.

- Bueno, alcalde, porque dicen que esos rodajes son un fraude cuya finalidad es ocultar la realidad.

- ¡Que tonterías! Acabo de hablar con el alcalde y me lo ha explicado todo. Es una persona admirable y me acaba de dar ahora mismo su visto bueno como extra, incluso me he tomado un café con él.

- La verdad es que no se que pensar.

Parece que las circunstancias se estaban conjurando contra Pepillo para echar abajo toda la ilusión que tenía en el día de su debut cinematográfico. ¡El solo quería ser actor! Eso es todo. Y sin embargo todos le complicaban la existencia. Aún así se rehizo una vez más ya encarando la entrada del ayuntamiento y, superados los pensamientos extraños y oscuros a cerca de aquel rodaje y su director, volvió a sentirse nervioso lo cual, curiosamente, le tranquilizó. En la puerta que daba acceso al vestíbulo un hombre vestido de alguacil, que Pepillo supuso era un actor u otro extra, les saludó amablemente y les indicó la entrada al salón de actos.

Pepillo se quedó impresionado cuando entró al salón, no por su apariencia, pues el ya había estado allí cuando terminaron de construir el ayuntamiento, si no porque no se veía ni una sola cámara, ni cables, ni decorados móviles, ni gente corriendo por todos lados como hormigas. Sumado a esto estaba el hecho de que los únicos extras presentes eran él y el tipo que se había encontrado de camino el cual, por cierto, no mostraba ni pizca de asombro si no que más bien se dibujaba en su cara una expresión de profundo aburrimiento. Pepillo sacó fuerzas de flaqueza para reponerse y, sin que nadie se lo dijera, fue a tomar asiento a la primera fila. Sin embargo no paraba de preguntarse por las cámaras y por aquellos que debían ser los responsables de dirigir a los extras. El otro tipo se sentó dos filas por detrás de Pepillo y empezó a llamar a éste con la intención de decirle algo pero se vio interrumpido por ese insoportable pitido que sueltan los megáfonos al encenderse.

Afuera, en el vestíbulo, la voz del director sonó alta y clara a través del megáfono y solo entonces Pepillo encontró la calma. Estaba indicando a unos señores que llamaba “los de la oposición” que entraran y tomaran asiento. “¡La función está a punto de empezar!”—gritaba el director como un loco. “Los de la oposición” descendieron la rampa con aire indignado y tomaron asiento en el lateral izquierdo de la mesa que se situaba sobre la tarima. Pepillo estaba admirado. ¡Parecen tan reales! – se dijo. Después el director llamó a gritos a “sus concejales”. “¡Vamos, rápido, a la mesa y chitón!”—les gritaba mientras estos bajaban la rampa apáticos y cansados y se situaban en los asientos que habían dejado bacantes “los de la oposición”. Finalmente el director, ya transformado en alcalde pero sin soltar el megáfono, hizo acto de presencia y, antes de dirigirse a su asiento en el centro de la mesa, gritó por última vez: ¡¡¡La función está a punto de empezar!!!

Y efectivamente la función empezó. Empezó sin claquetas, sin cámaras y sin más extras que Pepillo y el otro tipo. La palabras de “los de la oposición” le sonaban huecas a Pepillo pero sin embargo las de el alcalde era claras, rotundas, eran casi música a los oídos de nuestro protagonista. Aun así, de vez en cuando, las tripas de Pepillo le preguntaban ¿qué cojones significa todo esto?, pero era suficiente para él ver con que firmeza y coraje se defendía el alcalde de los ataques indiscriminados de la oposición para alejar los fantasmas que le asaltaban. Le bastó media hora para auto convencerse de que las cámaras y el equipo de rodaje estaban ocultos y que el alcalde sabía muy bien lo que se hacía. Llegó un momento, casi al final de la sesión, en el que se había relajado tanto que ya no se veía a si mismo actuando, todo para él era ya real.

Estaba tan ensimismado que cuando llegó hasta sus oídos la voz amplificada del alcalde cerrando la sesión le pilló completamente por sorpresa. Pepillo levantó la vista y vio al alcalde haciéndole un gesto para que se levantara y dijera lo que tenía que decir. Entonces los nervios le atacaron sin piedad y dudó unos cuantos segundos antes de levantarse y justo cuando por fin reunió las fuerzas para hacerlo llegó por su espalda un grito procedente del otro extra…¡¡Dictador!! Sin dar tiempo a Pepillo para alzar su voz, el alcalde se puso en pie y medio desquiciado empezó a llamar a los alguaciles por el megáfono ordenándoles que sacaran a ese miserable de la sala. Los alguaciles se llevaron al otro extra que, aun siendo arrastrado por la rampa, no paraba de llamar dictador al alcalde. Se hizo el silencio, todos se calmaron y no hubo más voces. En ese momento el alcalde tomó asiento y lanzando una sonrisa casi fraternal a Pepillo le dijo:

- Pepillo, ya puedes.

Pepillo se puso en pie lentamente descubriendo que sus nervios se habían evaporado. Miró al alcalde a los ojos y entre lágrimas gritó ¡¡¡Viva el alcalde!!! Al instante todos los concejales se levantaron y gritaron ¡¡¡Viva!!! “Los de la oposición” abandonaron inmediatamente la sala con una expresión vacía y silenciosa que contrastaba con los gestos indignados con los que entraran antes de que empezara la función. Después los concejales fueron desfilando por la rampa hacia la puerta sin dejar de saludar amablemente a Pepillo cuando pasaban a su lado. Finalmente el alcalde se levantó, lanzó un gesto de aprobación y aprecio a nuestro protagonista y, lleno por una euforia que no podía disimular, gritó: ¡¡Corten!!


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 1 comentario
  •  Un día de cine  18 de enero de 2012 22:03, por Juanjo

    Pepillo había cumplido con el papel que se le había encomendado.
    Él había dado su palabra pero no el director. Cuando se decidió a pedirle cita ya sentía las punzadas del paro.
    Su mujer le dió la brasa por enésima vez: se te acabó el subsidio, Pepillo. Tienes que buscar lo que sea. Los niños
    necesitan libros, ropa, comida....... La vergüenza se la tuvo que comer a la puerta del despacho. Siempre había sido
    un gran profesional en su oficio pero en el pueblo había tantos profesionales en la misma situación que no tenía otra opción.

    Dentro de aquel despacho, permanecía de pié al lado derecho de la silla, no sabía cómo empezar.
    El director ya estaba acostumbrado a esas visitas, sabía manejarse bien en el trato de favores, era un experto en ello.
    Olía la desesperación en esos pobres parados, leía sus ojos brillantes, mitad esperanzados, la otra mitad avergonzados.
    Le invitó a sentarse y enseguida llevó la voz cantante en la situación.

    Sé por lo que estás pasando y soy tu solución. Pero ya sabes que pronto habrá elecciones a director. Hay otros candidatos, por lo que
    te pongo sobre aviso. No sólo quiero tu aval para que yo siga la próxima temporada dirigiendo la película, sino de tu familia y amigos, de todos
    los que puedas convencer. Los otros directores son malos, no les interesa la película que estamos rodando, quieren hacer "su propia película".

    Sólo tienes que apuntarte en esta lista, en cuanto vuelva a recuperar mi mesa de trabajo tú estarás en mi nómina. El sueldo será más bien bajo,
    no te voy a engañar, pero las horas extras las pongo yo. Si no rechistas en el nuevo trabajo, si vienes a mí a decirme lo que hablan tus compañeros
    a mis espaldas, podrás optar a ese plus. Y te aseguro que vivirás bien. Anda, ve y anima a tu mujer, que en unos meses tienes ocupación.

    Pepillo salió de la gran casa y volvió a sentarse en un banco de la plaza Le gustaba estar sólo con sus problemas. Se sentía contento a medias,
    pues aún le quedarían unos meses para llevar dinero a casa. Pero al menos tenía la esperanza. Aunque también tenía sus dudas.
    Había pasado muchas mañanas en ese banco y decenas de vecinos en sus mismas circunstancias habían subido a aquel despacho. La mayoría pasaban a la vuelta con una sonrisa en los labios. ¿No estaría el director prometiendo más de lo que podía permitirse?
    Sería cuestión de volver a preguntar al director, pero es que ya había ido a verle tres veces desde entonces y siempre le daba la misma respuesta: Pepillo,
    es que estos de la oposición meten las narices donde no les llaman y no me dejan hacer todo lo que quiero.

    Pepillo cada vez se sentía más engañado. Usado como un kleenex y tirado al suelo. Él que había gritado !Viva el alcalde! con todas sus ganas.Ningún otro de todos aquellos que pasaron por ese despacho hicieron el papel como él, ninguno fue felicitado por ello, pero algunos sí consiguieron ese trabajo prometido.
    Si la esperanza es lo último que se pierde, Pepillo ya no tenía nada que echarse a la boca. Y su familia menos.

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