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El hombre de tierra
  Mariano Moral  | 5 de agosto de 2015

Tras girar la palanca del grifo todo sucedió muy rápido. De pronto el agua arrastraba el dedo corazón de su mano derecha hacia el sumidero del lavabo, sin embargo lo que veía no era un trozo de carne sanguinolenta, si no tierra negra y un anillo de oro. Para cuando se dio cuenta de que el sumidero estaba taponado ya era demasiado tarde; los dedos pulgar e índice de su mano izquierda se habían fundido con el torrente de agua al intentar recuperar el anillo en un acto reflejo.

Se echó las manos a la cabeza y al retirarlas de súbito vio que en la mano derecha ya solo le quedaba el dedo pulgar colgando de la muñeca y que la mitad de su mano izquierda había desaparecido junto con los dedos que la quedaban. Los ojos se le habían llenado de tierra. En la cabeza del tipo del espejo ahora se podían observar dos pequeños socavones. Fue tal la violencia con la que se dispuso a sacar el móvil de su bolsillo que medio brazo derecho se le hundió en los pantalones. Entonces sintió como se le resquebrajaba la pierna derecha a la altura del muslo y, justo antes de caer al suelo, vio la tierra deslizarse por su tobillo hasta cubrir casi por completo el zapato.

Ahora estaba partido en dos, su cadera había formado un montículo negruzco que dividía su pierna izquierda y el resto de su cuerpo. Rompió a llorar, y el agua salada que manaba a raudales de sus ojos deshizo lentamente su cara y su cuello para luego esparcirlos por las baldosas del baño. El lavabo rebosaba y el agua empezó a rodear lo que quedaba de su antiguo cuerpo. Su primera presa fue la pierna izquierda. Tras dos minutos de erosión solo quedaron unos pantalones empapados y sucios y un par de zapatos semienterrados. Después la piel de la espalda empezó a descomponerse y, como si de un edificio en demolición se tratase, la columna, los órganos y las costillas fueron desapareciendo rápida y progresivamente.

No sentía dolor físico, pero, incluso sin corazón, podía oír el grito de lo que quedaba de su conciencia, ya desgastada, por cierto, mucho antes de aquella infame mañana. Primero pensó en todo lo que le había costado llegar tan alto y en todo lo que perdía. Su mujer y sus hijos llegaron con cierto retraso a sus pensamientos y se marcharon con prontitud, que en estos momentos el tiempo es oro, y su madre apareció casi al final, irrumpiendo por la puerta de la naturaleza y no por la de la afección. Luego se sucedió la típica sucesión de imágenes, casi todas, por resumir, relacionadas con los verbos tener y perder salpicados, casi sin manchar, por tropezones de arrepentimiento.

En un postrero arranque de lucidez volvió en sí mismo y solo pudo ver su propio nervio óptico colgando de su cerebro. Finalmente su glóbulo ocular empezó a deshacerse y su última visión antes de que todo se quedara como los granitos parpadeantes de las televisiones sin señal fue la de su mujer entrando en el baño armada con un cepillo, un cogedor y un cubo. La tierra fue a parar a la tierra, y sobre ella crecieron algunas malvas, pero sobre todo frondoso matorral.


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