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Camino del doblepensamiento
  Mariano Moral  | 7 de enero de 2012

Uno se pregunta a veces si su absoluto rechazo hacia las autoridades locales está justificado. Y curiosamente cuando me digo que no tengo justificación alguna para estar en su contra, cuando me digo que estoy equivocado y que ellos tienen razón, me invade una extraña sensación de paz, me siento salvaguardado por lo establecido, protegido bajo el paraguas de la mayoría. ¿Y si estoy equivocado, cegado por la rabia, y resulta que nuestro particular Gran Hermano es un gran alcalde? ¿Como me puedo atrever a pensar mal de alguien que posee una gran colección de mayorías absolutas? Tras hacerse estas preguntas uno se imagina a si mismo en frente de una gran masa cuyos ojos le están mirando amenazantes. Prefiero ser parte de esa masa que estar en su contra. Surge entonces otra pregunta más comprometida que las anteriores, ¿estar en contra de esta alcaldía supone y obliga a estar en contra de todos sus votantes? Sin dejar tiempo para ser respondida, esta cuestión nos arroja de lleno ante la que calificaremos como la gran pregunta: ¿El hecho de no creer que esta alcaldía sea democrática implica ir contra la democracia misma?

Estas preguntas, como ocurre en el libro de Orwell 1984, empujan a uno al abismo del “doblepensamiento”. El “doblepensar” no es otra cosa que, ante dos realidades perceptibles, una falsificada y otra verdadera, se produce una batalla en nuestra mente en la que nos obligamos a aceptar la realidad masiva y socialmente impuesta y aceptada aunque esta sea una mentira y una falacia. El ejercicio del “doblepensamiento” termina cuando definitivamente asumimos que la mentira es la verdad y nos sumergimos y perdemos en la masa. Es un proceso en el que la historia reciente se falsifica continuamente para justificar y forzar un sentido para el presente. Es el autoengaño constante y perpetuo plenamente aceptado como algo normal, rutinario y natural.

Esas preguntas que me asaltan contraponen dos visiones que luchan por anularse mutuamente y por tanto me obligan a “doblepensar”. El alcalde es un demócrata competente que se ha ganado justificadamente sus reelecciones debido a su buen hacer en el ayuntamiento versus el alcalde utiliza métodos dictatoriales y ha sido reelegido en base a la desinformación, la mentira, el partidismo o los intereses creados. El voto representa al 100% la democracia porque otorga pleno poder a los ciudadanos para gobernar su propio destino versus el voto no es más que un medio manipulado para legitimar tiranías manteniendo a la persona común en la ilusión de que pinta algo. Atacar al alcalde supone despreciar el buen juicio y los derechos democráticos de sus votantes versus atacar al alcalde en la convicción de que políticamente es una figura negativa es un intento de abrir los ojos a sus votantes para que exijan que su voto se apoye en la verdad y no en manipulaciones. Rechazar esta alcaldía supone rechazar la democracia porque el poder del alcalde está legitimado por el pueblo versus no se pueden aceptar que instituciones que funcionan de forma antidemocrática se sostengan sobre el pilar de la democracia.

De este modo llego a la encrucijada. Al punto donde no se puede recurrir al pasado para justificarse o buscar respuestas porque éste se ha sido forzado a desvanecerse o confundirse en la memoria de los ciudadanos para convertirse en una caricatura interesada de la propaganda oficial. No tiene sentido recordarse los incontables puntos negros de esta alcaldía porque, cuando uno se pone en la piel de la mayoría, da la sensación de que nunca existieron. Para la mayoría solo existe el presente y el presente traidor y falsificable nos dice de inmediato que si el Gran Hermano ha estado tantos años en la alcaldía será por algo. En un presente sin memoria del pasado LA MENTIRA ES LA VERDAD. No quedan pues más puntos donde apoyarse que las convicciones, pero, claro está, no es una tarea fácil.

Siento que mis convicciones ceden ante el poder de lo establecido y mayoritariamente aceptado entonces, volviendo de nuevo al principio aunque ya casi vencido, me pregunto si mi absoluto rechazo hacia las autoridades locales está justificado. El proceso del “doblepensar” sigue su curso y actúa como un demonio que se posa en mi hombro y me susurra: “Déjate engañar, así saldrás de esta incertidumbre y el Gran Hermano se hará cargo de todas tus preocupaciones, acepta el trato”. Se que si acepto el trato el proceso se habrá terminado, ya no habrá mas dudas, mas cuestiones. Viviré entonces en una feliz falsificación en la que el espíritu crítico y la búsqueda de un pueblo mejor y más democrático no existirán. Ya no tendré necesidad de pensar en estas tonterías, seré un polizón pasivo y complaciente en el barco del Gran Hermano, confiaré en él aunque me lleve a la deriva…


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 1 comentario
  •  Camino del doblepensamiento  8 de enero de 2012 22:41, por Juanjo

    A menudo me he planteado alguna de las preguntas de tu escrito. ¿Es lícito cuestionar las decisiones avaladas por una mayoría absoluta? ¿No sería más feliz siendo un desinformado ciudadano que viera el depositar el voto en una urna como una obligación más que como un derecho? Pensando de este modo, sinceramente, me ahorraría muchos quebraderos de cabeza. No me dirían en casa: cuidado con lo que escribes, Juanjo. Sería uno más, que pondría verde en la intimidad al dirigente de turno sin complicarme la existencia.
    Pero es que damos por hecho que un voto es un cheque en blanco, que el político de turno, elevado al rango de gestor de nuestros destinos por el simple hecho de sentarse en un provisional sillón, tiene una especie de divinidad intocable. Que ha subido al escalón de los inmortales. Y eso no es cierto.
    Nos atrevemos a descalificar a un jugador de fútbol de “nuestro equipo” por fallar un gol cantado o dar un mal pase. Nos erigimos entrenadores galácticos alineando jugadores en la Roja, diciendo quién debe estar, quién no. Opinamos sobre un nuevo puente de una carretera, quitando la razón a los ingenieros que tras una ardua tarea han creado un diseño. Y no pasa nada.
    Pero, ay Señor, no se nos ocurra discrepar de un alcalde dotado de mayoría absoluta. Estarás en el punto de mira si encima lo dices de viva voz o lo escribes. Todos los problemas tienen al menos dos maneras de llegar a una solución. Tenemos todo el derecho como ciudadanos a discrepar del modo de gobernar de quienes nos “representan”. Si hoy, a catorce días de una aplastante mayoría absoluta del PP, preguntasen incluso a sus propios votantes, las cifras podrían ser distintas. Aquel que dijo que no subiría impuestos, le ha bastado una semana para olvidarlo. Aquel que dijo que pagarían los ricos, gravará como siempre sobre las clases media-baja. Y…. ¿porqué no voy yo a cuestionar que se aprovechen de mentiras para sentarse en el banco azul?
    Opinar no es ir en contra de una persona sino de su gestión, de su forma de gobernar, de ningunear a sus propios colaboradores, prevaleciendo sus ideas a las legítimas de los demás, votantes o no, simpatizantes o detractores. Opinar no es ir contra todos los votantes de este alcalde. Desde que escribo en el periódico he observado dos comportamientos distintos. Algunas personas con las que no tenía trato de amistad ahora me saludan por la calle. Otras me miran con mala cara. Incluso he llegado a casos de personas con las que trataba y esa mala cara se ha convertido en odio incluso. Siempre matando al mensajero.
    Se atribuye a Albert Einstein que cierta vez dijo que la vida es peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por los que se sientan a ver lo que pasa.
    Vencer no es convencer, mayoría absoluta no es verdad incuestionable. En 1981 en el boletín informativo de la Asociación Pedro Dávila alguien escribía con iniciales J.M.S. un párrafo que estaba tan vigente hace treinta años como, me temo, lo estará dentro de otros treinta:

    LA VELOCIDAD Y EL TOCINO.
    BOLETÍN INFORMATIVO DE LA ASOCIACION PEDRO DÁVILA.
    NUMERO 14. MARZO DE 1981.

    En algún Pleno Municipal hemos oído a algún miembro del Ayuntamiento que la Corporación podía hacer y deshacer porque representaban a todo el pueblo que les había elegido democráticamente.
    A eso se le llama vulgarmente confundir el tocino con la velocidad.
    Vamos a entendernos. Si Vds. No dan al pueblo toda la participación que merece en los asuntos trascendentales, por muchas papeletas que hayan gastado en su elección formarán un Ayuntamiento dictatorial con el grave riesgo de caer en caciquil, que lo uno a lo otro, aunque no es lo mismo, hay un poco.
    Ahora bien, si Vds. Actúan como ejecutivos de los deseos e intereses del pueblo una vez consultado éste, serían un Ayuntamiento democrático aún cuando hubiesen sido elegidos a dedo; porque está claro, señores, “el hábito no hace al monje”, sino sus hechos.
    J.M.S.

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