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Ruido de perchas
  Mariano Moral  | 28 de julio de 2015

Sufro de ruido de perchas. Es una enfermedad bastante jodida, una de esas en que llaman mentales y que al parecer no tienen cura. Hace cosa de un mes, tras sufrir una crisis aguda en una tienda Primark, me trasladaron en ambulancia al servicio de urgencias y no tuve más remedio que hacer público lo que hasta entonces había sufrido en silencio. Tras explicarle lo que me sucedía, el doctor empezó a preguntarme si tenía episodios de paranoia, si oía voces, si se me aparecían personajes ficticios, vamos, para resumir, que si alucinaba en colores. Yo le dije que no y entonces el empezó a lanzarme preguntas más concretas del tipo “no creerá que algún gobierno intenta eliminarle” o “tal vez piensa que el sistema le oye y le ve y ha organizado un complot contra usted” o “puede usted entrar en mentes ajenas”.

Fue entonces cuando la cosa empezó a complicarse, tanto que al final salí del hospital con una bolsa del Lidl a rebosar de drogas. Le respondí que si a todo, pero cuando pretendí matizar mis respuestas el doctor no me hizo caso y se volvió hacia su secretaria apretando los labios y moviendo la cabeza de izquierda a derecha, no sé si para mostrar asombro o compasión por mi demencia. Acto seguido me pidió que le dijera qué clase de enfermedad pensaba que tenía. El doctor es usted—pensé—, pero le dije que yo la llamaba ruido de perchas. Muy bien—respondió sonriente—pues como usted la llama así dejemos la cosa con ese nombre. Tras llenar mi bolsa de la compra me concertó una cita en dos semanas y sin más se despidió de mí.

Menudo escándalo en Primark. Hay gente obcecada con la falacia de que se puede cambiar la política sin cambiar la mentalidad. El sistema es invulnerable a cualquier régimen político. En Primark había mucha gente que seguramente participa en los Círculos, y sin embargo siguen incurriendo en ese insoportable ruido de perchas. Tac, tac, tac-tac, tac. Cuando llego a casa sigo oyendo perchas, en el camino no dejo de oírlas. Alguien absorbido por la pantalla del Smartphone, alguien leyendo un periódico con aire intelectual o comprometido, alguien apretándose orgulloso y altivo el nudo de la corbata, alguien salivando mientras mira el escaparate de una inmobiliaria , alguien estudiando antes del examen seguro de que en un futuro próximo será motor y no engranaje, miradas satisfechas, conformes, estrambóticos peinados de salón, selfishs, seres humanos conducidos, prediseñados, habitantes de matrix bajo el sol, tac, tac-tac, tac, ruido y más ruido de perchas.

Perchas, si, perchas, porque es en las tiendas de ropa donde se dispara mi ansiedad, y mi ansiedad es una concentración de todas las ansiedades por tener que se materializan en ese traqueteo impulsivo, irracional y desquiciante de perchas. Miro a la gente y veo maquinas cuya programación es una fantasía binaria dinero-consumo que sin entrar en contradicción es asombrosamente capaz de hacerlas sentirse libres. Tras explicar esto al médico comprendí que él también era una máquina, y si hay alguna maquina leyendo esto, sin duda sus circuitos ya habrán fabricado un veredicto: Majete, no dejes de tomarte la medicación.

Tal vez debería hacerlo. Si, porque si me lio a voces en otro lugar público lo único que voy a conseguir es una lobotomía. Pero, hermanos, escuchad, porque esto que os voy a decir seguro que os va a provocar un cortocircuito: Nunca he tenido una enfermedad que me haga sentirme tan sano. Y que el ruido de perchas nunca me abandone y que mi mente nunca sea capaz de encontrar la paz en medio del absurdo. Hay una bolsa del Lidl llena de drogas legales en algún rincón de Primark, pensé que aquel lugar era el más idóneo para dejarlas, y respecto a la visita del médico, bueno, si alguien necesita colocarse que contacte conmigo, ahora que estoy oficialmente loco tengo acceso ilimitado a las delicias más sabrosas de la modernidad. Tac, tac, tac…


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