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Un par de reflexiones
  Mariano Moral  | 27 de diciembre de 2011

Atravesamos la barrera otra vez, otro año. Y seguimos. Hay que seguir. No sabemos muy bien que significa seguir, pero intentaremos que no signifique dejar que la corriente nos arrastre si no sacar nuestras propias conclusiones de este rompecabezas y, sobre todo, intentar ser consecuentes con ellas. Tal vez, si se puede, iremos un poco más allá a sabiendas de que quizá nunca lleguemos; porque llegar, al igual que seguir, no es un término absoluto si no una intención, la terquería personal e inquebrantable en la que se sostienen las ilusiones y las esperanzas.

Tal vez la meta o el fin último sean sombras que se proyectan desde lugares a los que nuestras mentes no saben llegar, pero no así el camino. En el camino nos aferramos a lo que podemos dar sentido y nos empujamos a intentar comprender un poco más. Si nos es imposible acercarnos a lo oculto o, como dicen algunos, al sentido último del universo y de nuestra existencia, nos quedaremos donde nuestras posibilidades nos dejen combatir y mejorar lo palpable: la miseria, el dolor, la injusticia… e intentar mejorar este pequeño mundo con las armas mortales de las que disponemos. Seremos individuos terrenales integrados inevitablemente en una sociedad terrenal donde nuestra libertad acaba donde empieza la del otro.

Podemos intentar proponernos para el año que viene algo que podría ser obvio a riesgo de que nos tomen por idiotas: no olvidar que todas las personas sufrimos por igual ante el frío, el hambre, la sed, la marginación, la desigualdad, la esclavitud, la manipulación…a pesar de nuestras diferencias individuales y de lo importante de la individualidad de cada uno debemos creer en todo lo que nos hace iguales y que solo podemos mejorar y solucionar de forma colectiva. Podemos proponernos esto a despecho de los que creen poseer la verdad absoluta, suprema, casi mística, donde el sufrimiento de la mayoría de las personas es inevitable de cara al sostenimiento del verdadero orden mundial o es necesario para ganarnos la vida eterna cuando no seamos más que polvo.

Creo que más acá de teorías políticas, económicas, teológicas, metafísicas hay una realidad con dos caras. En una cara (la que vemos a diario) nos dicen que esas teorías son la realidad, es decir, la existencia humana está supeditada a una causa, a una especie de designio, que está por encima de ella y cualquier acontecimiento cotidiano, ya sea miseria o alegría, es algo sencillamente irrelevante y mundano. En esta cara nos dejan patente que hay unos seres humanos más valiosos que otros. Por un lado estamos las ovejas ignorantes del gran rebaño, prescindibles, ignorantes y necesitados de guía; no somos un fin si no una herramienta. Por otro lado está el club de los valiosos que se consideran portadores de una verdad a la que nosotros el vulgo, sumido en la oscuridad y el desconocimiento, no podemos acceder. Son los pastores, la mano que empuña la herramienta y la hace trabajar y padecer sin descanso y sin piedad para alcanzar objetivos que cada vez se alejan más de lo que somos.

En la otra cara (en la que creo) todas esas teorías son solo herramientas, especulaciones y, en ocasiones, delirios. Las personas nunca se supeditan a ellas. En esta cara creemos que nuestra existencia individual y colectiva importa, y no solo importa, si no que es la única que importa, por lo tanto no convertimos las teorías en dogmas si no que queremos moldearlas al servicio de la realidad mundana. El ser humano es el fin y, aunque para muchos de los grandes pensadores y teóricos este sea un fin humilde y corto de miras, es, como mínimo, cierto, real y palpable. Aquí todas las personas importan, importan los sufrimientos evitables y cotidianos, y no nos conformamos con ser ovejas. Aquí nos esforzamos por asumir la parte de responsabilidad que implica ser libre, la responsabilidad de ser parte activa en la sociedad y esforzarnos en educarnos para colaborar de forma decisiva en la comunidad. Aquí, en esta cara de la moneda, todos somos diferentes y sin embargo semejantes y cada uno es libre de actuar en función de lo que es (de las cualidades que le diferencian de otro por ejemplo) siempre y cuando no pase por encima de todo aquello que nos hace semejantes y que nos obliga a luchar en conjunto y como iguales.

Para algunas mentes superiores este afán mundano de transformar lo que ellos consideran como una verdad absoluta y superior al hombre en algo que tenga utilidad para el ser humano es simplemente falsear lo verdadero. Para ellos, resignarse a que la búsqueda del camino que nos lleve a la consecución de un mundo mejor para el ser humano sea más importante que el objetivo de alcanzar ese orden mayor, o esa verdad última (ya sea divina, mística, política, etc.), que tanto buscan y a la que tanto aspiran es, no solo algo vulgar, si no una aberración. Yo me pregunto si sus brillantes teorías no hubieran sido acaso diferentes si las hubieran escrito en habitaciones congeladas, húmedas, sin comida, rodeados de miseria y sufrimiento. Da la impresión de que esta gente, teóricos y pensadores, políticos y monarcas, ven a los hombres con desprecio, como si ellos mismos no se consideraran hombres, si no dioses. Hay algo que me atrevo a decir en materia divina: un hombre no tiene derecho a jugar a ser dios.

En definitiva, aunque el universo y algunas personas que aseguran comprenderlo tengan otros planes y expectativas, aunque la codicia y los delirios de poder de algunos hijos de puta sean a veces más fuertes que la buena voluntad de los hombres, nosotros estamos aquí y ahora, no somos sombras, ni servidores de nadie, ni peones de ajedrez. El año que viene nos ha de sacar la rabia y el desengaño necesarios para comprender esto, creo el año que se va ya dejó las semillas dentro de nosotros. Y hay que seguir y hay que llegar y hay que conseguir que ambas palabras signifiquen lo mismo para que la construcción de un mundo mejor sea lo que realmente es: una tarea constante en la que llegar es mejorar lo existente y seguir es caminar sin pausa para mejorar lo mejorado.

Y dejemos que mejorar sea esa vulgaridad en la que nunca más una mayoría padece sufrimientos innecesarios en beneficio de una minoría, dejemos que mejorar no sea resignarnos ante ninguna idea preestablecida, dejemos que mejorar sea eliminar elites de cualquier signo que desprecian la igualdad de los seres humanos y destruyen el planeta tierra, dejemos que mejorar deje de ser sinónimo de crecer económicamente si no de decrecer hasta el sentido común y la humildad, dejemos que mejorar sea que la gente tenga la voluntad necesaria para educarse y luchar por participar en el gobierno de sus propias vidas y comunidades, dejemos que mejorar sea re-aprender a necesitar menos, dejemos que mejorar sea algo terrenal, al alcance de nuestras manos mortales.

Feliz y mejor año nuevo para todos.


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