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La revolución del hambre
  Mariano Moral  | 14 de abril de 2015

El hambre me fuerza a concentrarme obsesivamente en el sonido de las agujas del reloj y en su penoso avance por la esfera. El tiempo pasa despacio cuando todos tus sentidos son agudamente conscientes de que existe. No he comido en mucho tiempo y creo que estoy a punto de morir. Al principio tuve miedo; miedo por no saber si esto era lo correcto, si serviría de algo. También al dolor y a la muerte. Pero a estas alturas ya no siento incertidumbre y a pesar del abatimiento físico me encuentro en paz.

Los acontecimientos han roto el curso de la Historia; esa maldita amalgama de falsedades y mitos que por fin se torna real. Al principio no pudimos evitar que todo esto no pareciera más que una manifestación desesperada de cuatro locos. La idea parecía descabellada (alguien la llamó quijotesca), sin embargo ahora comprendemos que no era si no el sentido común llevado al extremo: Si no se puede acabar con ellos, entonces tendremos que dejarles sin nosotros.

A menudo me pregunto que hubiera sido del Imperio Romano si los Cartagineses, los Celtas, los Germanos o los mismos Pueblos Itálicos hubieran adoptado nuestra misma táctica. Y así, imperio tras imperio, imaginad por un instante que hubiese sido de la Historia si las anacrónicas elites se hubieran encontrado con esto. ¿Quién hubiera construido las pirámides de los Faraones? ¿Quién hubiera librado las guerras por la nobleza y las elites financieras europeas? ¿Quién hubiera levantado iglesias, mezquitas o sinagogas por todo el globo?

Pero ya no encontraran a nadie con cuya sangre llenar sus computadoras de dinero virtual, ya no habrá ni un alma que coseche el trigo o extraiga el petróleo con los que especular y apostar, ya no existirá ni una sola fuente de miedo, sudor y control. No, hermanos, porque la fuente de su poder se está secando voluntariamente. Ya nos cuentan por miles de millones. En la televisión lo llaman pandemia, dicen que un virus desconocido está masacrando a la población. Es curioso que llegados a este punto, donde ya no nos creemos ni una sola palabra de lo que dicen, no pueda más que darles la razón: Si, efectivamente, hay un virus que es incapaz de reconocerse a si mismo.

A veces reúno fuerzas suficientes para asomarme a la ventana. Las calles están desiertas y eso me inspira tranquilidad porque es la señal de que ya no hay marcha atrás. Sin embargo me encantaría oír ruido, los gritos de la multitud, la vida en forma de notas alegres y discordantes. Pero ahora reina el silencio, incluso en la boca de un joven muchacho como el que ahora me está mirando mientras acaricia la seca cara de su madre. Solo me asusta la idea de que, si morimos antes de tiempo, las elites puedan apropiarse de nuestros hijos y manipularles como barro en el torno. Pero en esta lucha, o lo ganamos todo para ellos, o los perdemos para siempre.

Y estamos ganando; el castillo de naipes se desmorona por momentos. La economía financiera se ha desintegrado y la real se revuelve y jadea como un drogadicto que ya no puede encontrar su dosis. Millones de especuladores se dedican a matarse unos a otros, las multinacionales se hunden hasta sus cimientos y los hombres mas ricos del planeta forman hordas para asaltar parlamentos vacíos. Los bancos están desiertos y sus cajas fuertes infestadas de ratas. Los Paraísos fiscales hace mucho que dejaron sus llaves sobre el mostrador con una nota que decía “sírvase usted mismo”. Los que antes fueron reyes, dictadores o presidentes hoy se dedican a asaltar supermercados o a mendigar, y gente de la calaña Rothschild o Rockefeller vagan enloquecidos por las calles desiertas dando órdenes a seres invisibles.

El crecimiento perpetuo, la ciega confianza en un mañana virtual y siniestro, el crédito enloquecido, ese tridente mortífero y antinatural ya no solo forma parte de la Historia, si no que es su último capítulo. The end. Incluso las armas esperan su turno para la oxidación: No hay nadie a quien matar porque las víctimas de toda la vida se han puesto manos a la obra para quitar el placer a sus verdugos. Mientras escribo esto tan solo el uno por ciento de las armas del planeta están siendo utilizadas, las suficientes para que los que conforman el mismo porcentaje de la población mundial se dediquen a matarse entre ellos.

Los de la CIA juegan al poker con los del Estado Islámico en Damasco. Juegan a muerte, hasta que el hambre acabe con ellos. El sistema, el mito, naufraga y en su viaje al fondo de la nada arrastra con él a todos los mitos superpuestos unos sobre otros que con diferente forma, aunque con el mismo fin, han construido la Historia. A menudo recuerdo las palabras de Carl Sagan mientras aquella nave que viajaba a los confines del universo se giró por un segundo para enfocar ese puntito minúsculo llamado tierra. Se las suelo recordar a mi hijo, como si fueran el primer paso de un nuevo principio.

Como tantos otros niños, mi hijo lleva mucho tiempo sin asistir a la escuela. He de confesar que por un lado me alegro: Si ha de construir un mundo nuevo entonces ha de librarse de ese tótem llamado conocimiento. Yo, que he sido educado en la doctrina del sistema, tengo miedo de estar tan empapado de ella que involuntariamente pueda transmitírsela a mi hijo. De hecho es el único miedo que tengo, que estas mismas palabras postreras no vayan a ser también doctrina. Pero yo solo puedo decirle que primero aprenda a ser libre, lo demás dependerá de él.

Miro a mi mujer sabiendo que va a morir antes que yo. Pronto llegará el momento en el que nos abrazaremos para no separarnos nunca más. Hace tiempo que no escribo, y este repentino impulso me hace pensar que mi final también es inminente. Si, así lo siento. Cuando empezó la revolución del hambre no me imaginé que llegaríamos a este extremo, pero estas palabras se parecen cada vez más a un alegato final.

Mi hijo duerme. Quiero creer que mi mujer duerme también. La única manera de vencer al sistema y a la elite que lo gobierna era dejarles sin nada que gobernar. Comprendimos que el poder no se puede tomar y que muchos revolucionarios habían fracasado antes por creer en esta fantasía. El poder solo admite destrucción, y eso es precisamente lo que estamos haciendo con él: Dejarle sin objeto, sin razón de ser. Ya no hay más consumidores, ni más espectadores, ni más explotados, ni más niños llenando sus escuelas. Todos hemos declarado la huelga al sistema, la huelga de hambre masiva, la revolución mundial del hambre que iguala al Somalí con el Alemán, al Chino con el Americano, al Ruso con el Venezolano, al ser humano con el ser humano.

Ahora prefiero no pensar en la tragedia que supone ver a tantos semejantes muertos o a punto de morir. Cuando todo haya acabado, cuando la Historia se haya disuelto por efecto de esta inmolación masiva, quedarán los jóvenes. Y ellos no se fallarán a si mismos porque todos han visto o van a ver morir a sus padres, sus tíos y sus abuelos, porque todos ellos comen mientras la gente a la que aman ayuna, porque todos ellos han superado el odio al sistema para al fin conseguir borrarle de su mente. Solo quiero decirles una última cosa, si, decirles que retornen por un instante al tiempo donde aun no existía la Historia y se vuelvan a pintar sobre el muro de la caverna como seres enanos que temen, necesitan, respetan y aman al gigantesco mamut.


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 1 comentario
  •  La revolución del hambre  18 de abril de 2015 11:27, por Juanjo

    No puedo decir que me guste ese mundo que nos describes, pero sí la forma de hacerlo. Magistral, como siempre, ya se te echaba de menos, Mariano.
    No nos hagas esperar tanto tiempo para el siguiente artículo, o pensaremos que ya estarás abrazado para la eternidad en esa revolución del hambre junto a esa familia ficticia.

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