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Monarquía, república y democracia
  Mariano Moral  | 21 de diciembre de 2011

Tras leer el artículo escrito por José María, cuyas dudas reales comparto, me gustaría profundizar un poco en el tema de la monarquía y en su teórica antagonista: la república. En estos días se habla mucho en los medios nacionales de su majestad dando a entender que su único pecado es Urdangarín, es decir, pintándole como inocente víctima de la diosa fortuna, la cual le da yernos que se la juegan por la espalda. Se habla mucho y a la vez no se dice nada porque su figura es vergonzosamente intocable; en España el rey no caga mierda, si no rosas.

Para muchos derribarle sería como derribar el sistema representativo y, a pesar de la clara contradicción entre monarquía y democracia, se aferran a la idea de que el rey absorbe, representa y materializa la democratización en España. Para otros no es más que una figura parasitaria que se adaptó con éxito a si mismo y a su corona de un franquismo moribundo a una nueva sociedad cuya transformación era de todos modos imparable. Un híbrido sin sentido que se autoproclama algo así como rey de la república con tal de sobrevivir y que a día de hoy está tan interiorizado en el imaginario español que se ve como algo normal y beneficioso.

En su escala de preferencias siempre ha estado por encima la preservación de la institución monárquica a la democracia en si, como no podía ser de otro modo. Él nunca fue objeto de referéndum y su posición vitalicia y hereditaria jamás ha sido discutida a pesar de que esto significa un ataque frontal contra los cimientos democráticos. Él es, simplemente, una especie de mito para con quién el pueblo español parece tener una deuda desde el día en que murió Franco, una deuda cuyo pago consiste en eternizar la monarquía borbónica, una deuda materializada en el extraño e inútil artefacto de la monarquía parlamentaria.

Sin embargo no creo que la restauración de la república sea la alternativa. O al menos no tal y como se concibe habitualmente. La diferencia más significativa entre la república y la actual monarquía parlamentaria reside en la figura del rey y por ende la de los títulos nobiliarios. Pero las similitudes que hoy en día tendrían ambos sistemas saltan demasiado a la vista como para ser ignoradas. Ambos, tomemos como ejemplo otras repúblicas europeas, son sistemas puramente representativos, de carácter capitalista y, no se asusten porque use esta palabra, burgueses. En ellos la corrupción es tan masiva como en cualquier otro sistema y la ciudadanía tiene un papel pasivo y esencialmente se basan en el parlamentarismo clásico, es decir, donde los parlamentos no son lugar de trabajo, entendimiento y gestión honesta si no de reality shows y esparcimiento donde cada bando se dedica a fingir el papel que se espera de ellos.

Si a esto le añadimos la guinda de la actual situación global, donde las soberanías nacionales están perdiendo poder a marchas forzadas, entonces vemos que no basta con añorar y exigir el retorno republicano y la abolición de la monarquía. No. Hay que transformar radicalmente el sistema democrático desde su base. Mucha gente joven se enorgullece al ondear la bandera de la segunda república como si el mero hecho de cambiar la rojigüalda por la tricolor nos fuera a dar como por arte de magia libertad y democratización plenas. Lo que esa bandera debe recordarnos no es la república en si, si no al ideal de toda la gente que luchó antes, durante y después del periodo republicano para seguir construyendo el camino de la verdadera democratización conscientes de que ni mucho menos se había aun alcanzado.

Y es que queda mucho camino por recorrer. La realidad es que en las condiciones actuales la situación iba a ser esencialmente la misma con o sin rey. Si se quiere abolir la figura del rey y junto con ella todos los privilegios nobiliarios, cosa que yo comparto plenamente, se debe ser realista y aceptar que la llegada de la república solo cambiaría el estado nominalmente. Solo cuando se abolieran también los privilegios de los sectores sociales dominantes y cuando la transformación del sistema político y económico se hiciera efectiva, apoyada en una constitución firme en este sentido, y acompañada además de una transformación paralela al menos a nivel europeo estaríamos hablando de un verdadero cambio, o al menos de un paso adelante.

En el matrimonio forzado entre monarquía-parlamentarismo representativo la corrupción no solo atañe al primer cónyuge. Los dos están infectados. El primero debe ser abolido, el segundo transformado radicalmente; primero para que trabaje bajo, por y para el pueblo y no para satisfacer oscuros intereses internacionales o de sectores privilegiados; no podemos seguir viviendo en república monarquizada ni en una monarquía republicana, sobra la monarquía, pero también el concepto que se tiene de república en el que la única variante es si hay rey o no. Hay que democratizar radicalmente, en el sentido de que la representación parlamentaria se transforme en acción, gestión y participación ciudadana con todo lo que esto conlleva. Luego llámenlo república si quieren, yo prefiero llamarlo democracia, con mayúsculas.


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