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Por fin he encontrado la felicidad
  Mariano Moral  | 15 de diciembre de 2011

Estoy aquí y no puedo evitar preguntarme si estamos todos jodidamente locos. Todo el mundo corre, vuela, de estante en estante mirando y manoseando compulsivamente ropa, teléfonos, accesorios, adornos navideños y todo lo que se ponga en la línea de sus ojos gritando ¡CÓMPRAME! Encima de cada uno de los estantes que conforman el laberinto del centro comercial hay un cartel gigante que reza “AMOR QUE DAR” rodeado de bolitas y luces navideñas. Amor que dar parece un mensaje divino, casi un mandamiento navideño que sin duda –pienso cabreado—contiene un poderoso mensaje subliminal entre líneas: TANTO COMPRAS TANTO QUIERES. Da pánico pararse y observar esta masa enloquecida por el consumismo bárbaro y comprender con que crueldad es empujada hacia él por la gran mano invisible.

Aquí, parado, clavado, en esta encrucijada del centro del laberinto, no puedo alejar el incómodo pensamiento de que esta es una sociedad enferma. Una sociedad sin finalidad ni horizonte, una masa encerrada en una pesadilla inalterable. La teoría marxista dice que la sociedad evoluciona trazando una escalera, cada peldaño ascendido, cada avance, cada progreso, es fruto de una revolución; cada rellano es un proceso que abarca desde el momento revolucionario hasta el estancamiento y consiguiente corrupción de este; aquí es cuando la sociedad misma, hastiada de dicho estancamiento, llega hasta el pié del siguiente escalón y provoca otra revolución para seguir avanzando. Pero aquí, en el gran centro comercial, no hay ni rastro de hastío. Después de tantas dudas a cerca de la integridad de la masa que se abarrota en este centro comercial de repente me asalta la certera y poderosa impresión de que tal vez estoy equivocado y ya hemos llegado al final de la escalera y solo queda llamar a las puertas del cielo.

Lucho por volver a ser consciente. Si esta sociedad está enferma yo estoy enfermo también. Yo soy parte de ella y tan adicto a sus drogas como cualquier otro. No estoy tan ciego como para no comprender que el hecho de estar pensando todo esto en absoluto me vacuna contra la enfermedad. Entonces, como caido del cielo, se planta ante mis ojos (¿o ya se plantó antes?) un cartel luminoso gigante en el que se dibuja un Papá Noel en su trineo que invita a subir al siguiente piso: la sección de artículos navideños. En el lateral del trineo esta escrito “Knoking on heavens door” y comprendo de súbito que esta fue, sin que yo fuera consciente de ello, la inspiración subliminal para todo lo que pensé antes acerca de escaleras y cielos. Sin duda todo lo que critico está ganando terreno en mí interior, parece que ya ha ganado la batalla en el subconsciente.

Enfrente de mí se levantan las escaleras mecánicas por las que invita a subir Papá Noel. Baja por ellas una alegre melodía navideña seguida de una familia. Todos llevan gorros rojos, una sonrisa de oreja a oreja y van cargados de bolsas. Los niños y sus padres parecen haber salido de una postal navideña, la imagen es simplemente perfecta. ¿Para que estoy aquí? AMOR QUE DAR— me responde un cartel que queda a mi derecha—. Subo las escaleras mecánicas como empujado por una fuerza invisible y compruebo que, efectivamente, aquello es el cielo. No puedo evitar la risa, de repente no quiero evitarla. Ahora empiezo a ver con claridad que el único enfermo soy yo, miro la gente, miro el lugar, siento el ambiente, todo es acojonante ¿Qué paranoias son esas que rondan mi cabeza? Todo está bien y sin embargo yo me empeño en amargarme con pensamientos absurdos a cerca de consumismo, sociedades enfermas y tonterías parecidas. ¡Carpe diem chaval!

Ahora si que estoy disfrutando de verdad. En un par de horas ya me fundido toda la pasta pero, eso si, sin remordimiento. ¡Por fin he conseguido todo el amor que se merecen mis seres queridos! Y va correctamente embalado y seguro dentro de las bolsas. La alegría que me produce el hecho de haber encontrado la manera de disfrutar la Navidad como todo el mundo y sentirme por fin parte de ella es tan grande que cuando salgo a la calle parece que la miseria y la injusticia que vi antes de entrar al centro comercial se han evaporado. Ahora todo tiene sentido. Ahora se que esto es a lo que todo ser humano debe aspirar.


No me creeréis si os digo que encontré la felicidad aquella tarde y aun doy gracias por haber podido despejar los nubarrones que empantanaban mi cabeza cuando entré a ese centro comercial. Desde aquel día, en cuanto tengo un hueco, me voy a disfrutar alegremente de la compañía de la gran masa consumista. Los del banco lo comprenden perfectamente. Dicen que ellos harían lo mismo.


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 4 comentarios
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     Por fin he encontrado la felicidad  19 de diciembre de 2011 22:46, por Pachin

    Fantástico artículo Mariano. Y buenos comentarios Juanjo.
    No sé si ahora somos una sociedad mas desvalorizada que nunca, soy optimista y quiero pensar que vamos a mejor, lo cual no quiere decir que aun estemos bien y nuestros valores sean la leche. Pero hombre, yo creo que mas valores que en la edad media sí tenemos (a nivel social al menos) y como apunta Mariano en su artículo, si la sociedad está así y nosotros somos parte de ella algo de responsabilidad tendremos así que enseñemos a nuestros hijos otros valores y prediquemos con el ejemplo con esos valores, así tal vez consigamos ir hacia adelante, aunque sea despacito.

  •  Por fin he encontrado la felicidad  16 de diciembre de 2011 08:44, por Ismael Sastre

    Sobre la teoria Marxista, Mariano:,no creo que estemos en un rellano, mas bien, estamos bajando la escalera.

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      Por fin he encontrado la felicidad 17 de diciembre de 2011 10:32, por Mariano Moral

      Si tal escalera existe Isma, tal y como la imaginaba Marx, ya no es que la estemos bajando si no que la han convertido en una rampa por la que rodamos hacia abajo sin control. No hay en estos días ninguna teoría que reconstruya y actualice esa especie de escalera y nos ponga en la tesitura de una verdadera revolución, sin embargo parece que algo se está moviendo. Por el momento, como tú solías decir, aguantaremos para que este sistema no nos cambie esperando que pronto tengamos la oportunidad de cambiarle a él.

      Feliz Navidad y a cuidarse.

      • Por fin he encontrado la felicidad 17 de diciembre de 2011 18:01, por Juanjo

        Llevamos dándole vueltas a esta crisis más de dos años. El año pasado, por celebración familiar, me acerqué a la costa poco antes de la Semana Santa. Bueno, me dije, si la gente no tiene un euro, estará vacía la playa. A rebosar estaba. Nunca ví aparcar los coches en la arena de la playa como si de un gran concierto se tratara y os aseguro que en esa arena podría haber dos mil coches aparcados. ¿Dónde estaba la crisis?. Un año después, con el cinturón más apretado que nunca, el mío y el de mucha gente, volví al mismo lugar. Volvía a estar llena la playa, los bares, todo...... dirá el del bar que se sientan a beber una caña el que antes pedía una paella, no lo discuto, pero seguía lleno.
        Hace una semana me acerqué a la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, costumbre que vengo cumpliendo desde hace años por los críos (Cortilandia, belenes, ya sabéis los que tengáis niños). La afluencia de gente, un sábado por la tarde era descomunal. Nunca jamás ví, y van para catorce años, tal aglomeración de gente. En los puestos, en los bares de centro, en el Fnac, en el Corte Inglés, Zaras, Lefties o docenas de tiendas de moda, en todos lados. No tenemos un duro, pero nos arrastra un consumismo exacerbado. Rascamos de donde no hay y puede parecer humillante para aquellos a quienes se les acaba el paro, que ya son muchos, a quienes no tienen cobertura sanitaria o la mínima de 426 euros.
        No somos nadie sin el último móvil (qué digo móvil, ahora si no tienes un ipad no eres nadie), la última moda en ropa o corte de pelo. La verdadera crisis que estamos pasando y se quedará es la de valores. Cada vez menos personas, cada vez menos ideales, cada vez más borregos.

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