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Cuento para un niño de occidente
  Mariano Moral  | 24 de noviembre de 2014

Contaba los pasos de vuelta, como siempre. Y como siempre se perdía en la oscuridad. Cuando se cansaba apoyaba el bidón de plástico al pié de un árbol y se sentaba sobre la tierra. Entonces empezaba a palmear rápidamente su barriga hinchada, tensa como la piel del tambor, mientras contemplaba nervioso los puntitos de luz que revoloteaban a su alrededor. Podría haber imaginado que aquellas luciérnagas eran los focos de un gigantesco escenario y él un músico famoso tocando frente a miles de espectadores. Si, podría haberlo imaginado, pero incluso la imaginación de un niño hambriento tiene límites; no conocía la electricidad y mucho menos la existencia de la palabra fama. Pero, ¿en qué pensaban entonces sus ojos rojizos y llorosos mientras seguían inquietos el pulular de las luciérnagas?

El camino de su casa al arroyo era largo y peligroso. Los animales acechaban en la oscuridad, pero él no les tenía miedo. Recordaba la sonrisa melancólica de su padre mientras le decía que a nadie ni a nada interesan los huesos sin carne. No fue un animal lo que mató a su padre, tampoco el hambre ni la explotación. Fueron unos pájaros de hierro, y a ellos les dedicaba sus pensamientos un niño hambriento en medio de una noche de verano mientras intentaba ahuyentar su ruido brutal y ensordecedor con los huecos sonidos que las palmas de sus manos producían al chocar con su vientre. Y palmeaba tan fuerte como podía, hasta que no quedaba otro sonido llenando la penumbra, sin embargo el miedo le seguía atenazando porque no podía dejar de mirar a las luciérnagas que tanto se le parecían a las luces parpadeantes de aquellos terribles pájaros de hierro.

Había que mantener los ojos bien abiertos ya que la misma luz que helaba la sangre del niño también delataba la presencia de quienes le amenazaban. Él nunca los cerraba, y aún así siempre se perdía. Nunca seguía el sendero donde mataron a su padre y contar los pasos era la única manera que tenía de orientarse a través de la maleza salvaje. Lo mismo que le protegía terminaba por perderle. Su madre le abrazaba con todas sus fuerzas cuando regresaba a casa con el bidón de plástico lleno de agua, luego se secaba las lágrimas y empezaba a preparar la cena: un algo amasado con agua. Su madre le protegía, como la maleza, pero a ambos no les quedaba más remedio que arriesgarse a perderle para siempre. El niño hambriento vivía con otros niños hambrientos y sabía lo que le querían las dos madres, la de carne y la de tierra, pero alguien tenía que vencer al miedo para que mañana todos pudieran seguir viviendo.

Después de luchar contra el miedo, el niño que temía a la luz escapaba una vez más de sus garras, luego se levantaba, agarraba el bidón y seguía hacia delante. Las luciérnagas nunca le acompañaban y eso le tranquilizaba lo suficiente como para poder continuar. Pero el ruido jamás cesaba, no solo el de los pájaros de hierro, si no el de esas botas metálicas que aplastaban la tierra por la noche y el de las explosiones que casi siempre las precedían. ¿Cómo iba a saber el niño que su miedo llenaría el depósito de algún coche en Manhattan, o encendería la caldera de gas de algún hogar madrileño, o rellenaría el joyero de algún millonario londinense, o se fundiría una y otra vez para fabricar más pájaros de hierro, o…? Si este niño inocente, puro e ignorante hubiera sabido que su miedo sirve para tantas cosas quizá no se habría sentido tan avergonzado del terror que envolvía su existencia, si no orgulloso de su utilidad. Pero si hubiera sido capaz de entender por qué su miedo sirve para todas esas cosas ya no habría sentido orgullo, si no odio.

No experimentaba vergüenza, orgullo ni odio mientras arrastraba el bidón ladera arriba por la colina tras la que se escondía su poblado, si no un efímero alivio por verse al fin en terreno conocido y cerca de su casa. Sin embargo, a medida que se acercaba a la cima empezó a sentirse inquieto porque percibía una extraña luminosidad en el cielo. No eran luciérnagas, ni pájaros de hierro, era el cielo nocturno pintado de naranja: el color del fuego. El bidón cayó al suelo y el agua se derramó sobre la roca de la colina. De pronto el niño se vio atenazado por sus instintos, pero antes de que éstos pudieran susurrarle al oído la causa y el efecto de aquella luz infernal una mano se posó sobre su hombro; la misma mano que le solía tirar de las orejas cuando cometía alguna travesura, la misma que le frotaba el pelo cuando decía algo gracioso o inteligente, la misma que le tocaba la frente cuando tenía fiebre, la que en otro tiempo solía coger su mano para enseñarle aquel pequeño mundo que un día conoció la paz.

Entonces vio pájaros de fuego y botas metálicas surgir de la oscuridad por todos lados, pero ya no sintió miedo. El bidón, su inseparable compañero, rodaba vacío ladera abajo dando saltitos de piedra en piedra, y el niño le dejó marchar porque de pronto entendió que su familia ya no tendría sed ni hambre nunca más. La mano empezó a tirar suavemente de él, pero antes de emprender la marcha permaneció unos segundos observando las sombrías y difusas caras que se acercaban hacia donde estaba. Pensó en los niños que habitaban en los lugares de donde procedía el hierro, el fuego y la muerte y les pidió con todas sus fuerzas que cuando crecieran nunca vinieran a su tierra cubiertos de odio, de violencia y de metal, les pidió que vinieran a compartir el viento, la lluvia, la tierra y el sol, a correr todos juntos detrás de las luciérnagas en las cálidas noches de verano.


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