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PLENO MUNICIPAL
Coyotes de cera
  Mariano Moral  | 3 de noviembre de 2014

Asisto al pleno con unos días de retraso, pero me da la sensación de que estoy contemplando algo que sucedió hace siglos. Miro a quienes ocupan la mesa, situados algunos peldaños por encima del patio de butacas, y ya no reconozco nada de lo que veo. Llega un momento en el que me da la sensación de estar contemplando una escena del museo de cera que recrea un pasado remoto, algo que ya no existe y que sin embargo se empeña en seguir apareciendo absurdamente en el presente. Y en cierto modo me siento bien ante esta nueva perspectiva porque de pronto comprendo que la alternativa va a triunfar dado que el presente político en realidad está vacío.

Con la esperanza de que las cosas cambiaran uno ha pasado mucho tiempo intentando encontrar la manera de expresar la podredumbre implícita en estos espectáculos. Yo creía, como ciudadano, como vecino, que yo era parte de aquel sistema y que debía de hacer algo para que echar de la silla a quienes pretendían apropiárselo para su propio beneficio y deleite. Pero ahora me doy cuenta de que en realidad el sistema ha muerto y que sus protagonistas son como el coyote cuando supera el borde del acantilado y sigue corriendo sobre el vacío.

Coyotes de cera suspendidos en el aire que ignoran la caída que les espera porque su mente solo puede recrear el sabor de un festín que se les está terminando. Y los que nuestros ancestros llamaron una vez parias de la tierra, nosotros, tú, yo y aquel, sumidos durante mucho tiempo en la ilusión de bienestar llamada clase media, ahora despertamos del letargo para convertirnos en correcaminos. Y aunque esas figuras prepotentes que se siguen empeñando en llenar de palabras huecas nuestros oídos sigan pareciendo tan reales a nuestros ojos, lo cierto es que no son más que fantasmas de una época nefasta que se está acabando, esperemos que para siempre.

Ya no me interesa ni una sola de las palabras que se puedan decir en un pleno, ya no me indignan ni me disgustan. Está superado. Miro al secretario, al alcalde y al resto de ellos como quien mira el lado grotesco de los personajes de una película de José Luis Cuerda, tipos absurdos que sin embargo están convencidos de su grandeza, extemporáneos que creen ser dueños del presente y que sin embargo no son más que delirantes reliquias, adornos del sinsentido. Sin embargo, a diferencia de los personajes del gran Cuerda, éstos no tienen lado entrañable y el cuerpo que todos ellos forman, lleno de flema y arrogancia, no es más que la corteza de un organismo que se está disolviendo por dentro.

Les miro y no les veo, les oigo pero no les entiendo, su teatro definitivamente me resulta ajeno. Pero lo más preocupante es que ellos siguen convencidos de su vigencia, de su triunfo, la última ilusión justo antes de que emprender la caída, cuando el borde del acantilado ya quedo atrás hace mucho tiempo. Si no fuera porque su juego, su farsa, ha estado a punto de destruir una sociedad, resultaría hasta cómico observar a los coyotes de cera, empeñados en seguir cazando al correcaminos con trampas que se vuelven contra ellos. ¡Mic, mic!


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