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Imágenes
  Mariano Moral  | 7 de octubre de 2014

Me pregunto qué significa la palabra imagen y me empiezo la búsqueda arriesgándome a no usar Google o el diccionario por miedo a que éstos sean imágenes en si mismos. Lo primero que me viene a la cabeza son otras palabras tales como falsedad, mentira o triquiñuela. De ahí me lanzo a por una definición, y esto es lo que sale: Imagen es la representación visual de algo que nada tiene que ver con la verdadera realidad o naturaleza de aquello que es representado.

De pronto casi todo lo que me rodea se convierte en una imagen, puede que la historia e incluso yo mismo seamos una. Quizá desde la estatua de Cristo crucificado hasta el peinado a cepillo de Luis Bárcenas todo sea una interminable sucesión de falsedades, mentiras o triquiñuelas. De la verdadera naturaleza de Cristo o del mismo universo no me atrevo a especular en este escrito, daría para mucho y además mis conocimientos al respecto o son falsos o muy limitados. Prefiero indagar en realidades (o imágenes) más inmediatas, más mortales.

Las imágenes, a excepción quizá de las que utilizan la poesía como metáfora y el esoterismo a modo de pantalla para ocultar o disimular sus secretos, no son más que productos vendibles camuflados de una falsedad, mentira o triquiñuela destinada a hacerles parecer apetecibles, especiales e incluso necesarios o imprescindibles. Se pueden vender desde mitos hasta sonrisas, pasando por detergentes o iphones. También los gestos de un político en un mitin o una palmadita en la espalda del vecino, sin olvidar teorías científicas, atentados o guerras (¿recordáis aquella guerra-imagen llamada Operación Justicia Infinita?). Pero de todos estos “productos vendibles” el más espeluznante es la imagen que nos empeñamos en vender de nosotros mismos. ¿Qué son si no Facebook o Twitter? Tiendas globales de imágenes, escaparates donde los individuos se preocupan más de vender lo que creen o quieren creer que son que de simple y llanamente ser.

Una imagen nunca es creada para prestar un servicio desinteresado a la humanidad. Todas las imágenes que nos rodean, incluso la que nos esforzamos en proyectar de nosotros mismos, tienen como objeto extraer (más bien digamos robar) algo de nuestro Ser o suplantarlo por otro Ser artificial. La meta final es sin duda reducir nuestra voluntad, nuestra misma conciencia, hasta que solo quede conformismo, miedo, ignorancia y sumisión corriéndonos por las venas. Cada anuncio televisivo, cada mitin político, cada misa, cada programa o informativo, cada post en esa cosa llamada equívocamente “Red Social”, etc., son farsas, mentiras o triquiñuelas que aplastan una realidad posible en la que seríamos seres conscientes y por tanto (este es el principal peligro para los imagineros) imposibles de controlar o manipular, es decir, genuinamente libres.

Hay imagineros que son maestros en su arte, otros de momento son aprendices y la inmensa mayoría víctimas de las ilusiones que estos crean con destreza. A veces incluso nosotros nos convertimos sin percatarnos de ello en imagineros de nuestro propio Ser… Por desgracia esto que acabamos de decir nada tiene de imagen, es muy real, brutalmente real, aunque a algunos todavía les cueste creerlo. Ahora, ¿qué podemos hacer para renegar de las imágenes y de los imagineros? Para empezar no crear una de nosotros mismos; esto, si uno lo piensa, no es tan complicado. Pero si aceptamos que el sistema es en si mismo una imagen entonces solo encontramos dos opciones: salir y aislarnos de él o liquidarle. Conseguirlo, claro está, no es tarea fácil, pero si uno lo intenta, a su manera, en su mismo entorno, al menos ya habrá dado un paso al frente, un paso, uno solo, pero al menos real.


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