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El discurso de Santos Martín
  Mariano Moral  | 3 de octubre de 2014

Bajo su estampa de piedra, esa corteza aparentemente impenetrable, aquel que se sienta frente a Santos en esa lujosa cámara de maderas nobles, solemnes tapices, asientos calientes y difusas sombras democráticas, parece esconder la dudosa satisfacción de quien cree haber alcanzado una victoria. La cámara de televisión nos regala esta imagen justo antes de que el presidente de la Cámara inste a Santos a retirarse y de que éste, tras pronunciar la última palabra de su discurso, se levante del asiento para no volver a ocuparle. Nos da tiempo, antes de que el video termine, a oír un par de aplausos encerrados en medio del silencio y a observar la mirada inexpresiva de los diputados.

Santos comenzó explicando su situación, matizando ordenadamente causas y efectos sin caer en la tentación (una tentación que echó en falta el que escribe, aun reconociendo que probablemente no hubiera producido nada positivo para Santos) de atacar directamente, de una forma más “agresiva”, al que había sido su partido hasta entonces y a la figura pétrea que le contemplaba desde enfrente. Sin embargo, dijo que si la ciudadanía no cree en los políticos es porque no tiene motivos para hacerlo y justificó su marcha como una actitud en pro de la regeneración democrática. Es una lástima que estas últimas palabras, en vez de entrar al cerebro (o al alma) de los presentes, seguramente terminaran por perderse por los conductos de ventilación.

El discurso de Santos fue íntegro y coherente, seguramente fruto de muchas horas de arduo y penoso andar por los recovecos de lo que fué, lo que es y lo que pudo haber sido. También, creo yo, la última inyección auto-impuesta contra el veneno del desengaño, el antídoto que necesitaba el autor para poder seguir viviendo sin los lastres del resentimiento y, quizá, de la desilusión. Fue también, y por encima de todo, un ejercicio de conciencia al que, siempre bajo mi parecer, los presentes en la sala decidieron prestar oídos sordos para no tener que aceptar una realidad que también es la suya. Fue, para simplificar, el discurso antipolítico, precisamente el que nunca oiremos de boca de nuestro alcalde, y de ahí que el aire de aquella sala llegase hasta nuestros ojos y oídos como un viento gélido y cortante.

Pero, a pesar de ello, a pesar de su discurso y de su acto de renuncia, Santos ha perdido su batalla. Sin embargo esto no es lo más significativo, lo realmente importante es que quien cree que la ha ganado ha sufrido una derrota aun mayor, tan grande como la de aquellos que exteriorizaban una seriedad indiferente ante el discurso. En realidad, la lucha política que vicia el aire de los salones de plenos, las diputaciones y hasta el mismo parlamento es en si misma una derrota. Un fracaso disimulado de maderas nobles, solemnes tapices, asientos calientes y difusas sombras democráticas. Quienes con una insoportable autocomplacencia ocupan esos lugares solo pueden ya alcanzar una victoria: La moral; pero por desgracia la mayoría de ellos ya solo tienen sentidos para el poder y la ambición o, en todo caso, para el cómodo acolchado de su asiento.

El discurso de Santos es una victoria moral y personal, sobre todo en relación con quien tenía enfrente, pero en lo tocante al terreno político es totalmente irrelevante: La foto de UPyD Las Navas seguirá saliendo aunque él no entre en el marco y en la diputación otra persona (quizá más complaciente con las directivas) ocupará su lugar. Tanto su ex-partido como los demás son corporaciones jerárquicas y elitistas en sus estructuras. Las acciones de sus miembros solo son validas y aplaudidas por la cúpula tanto en cuanto reportan un beneficio tangible (esto es desde votos hasta afiliados) que les proporcione la mayor cota de poder posible. Las acciones éticas, decentes o simplemente honestas, solo son tenidas en cuenta si se pueden utilizar como herramienta de marketing, de lo contrario, son relegadas a las sombras del olvido.

Santos ha sido parte de la estructura de varios partidos y probablemente sepa muy bien de lo que hablo. En algún momento de su carrera como político se habrá sentido parte del juego, tal vez se haya dejado llevar en ocasiones por esa inercia partidista que, como una especie de hechizo, seduce y somete a cualquiera que se involucra en ella con esa ilusión democrática que camufla los verdaderos mecanismos del poder: la farsa más real de todas las que existen. Entiendo que quizá con este discurso, y probablemente desde mucho antes de que lo pronunciara, Santos acepta que hay algo que una persona debe cultivar y proteger, en lo que creer y por lo que luchar: su propia conciencia, sus principios y la lealtad a estos.

Sería absurdo convertir este escrito en el obituario político de Santos. Pero he de decir que creo que cometió errores. Yo también los cometí, y muchos, entre ellos no hacer nada concreto (escribir artículos me parece un nada inconcreto) contra los alcaldes que han entendido y entienden la democracia como el poder unilateral y tiránico del más votado y que por tanto relegan a los ciudadanos a meros espectadores sumisos y pasivos. Además, si Santos comparte el ideario de UPyD, o lo que yo considero la tierra de nadie ideológica (aunque ideología y partido ya no sean más que agua y aceite), en pocas cosas puedo estar de acuerdo con él a este respecto. Tampoco puedo estar de acuerdo con quien utiliza la expresión “regeneración democrática”, porque entiendo que no se puede “despudrir” o regenerar lo que ya se ha podrido o degenerado y que esa expresión solo conlleva cambiar algo para dejar todo como estaba. En resumen, si aun creyera en este sistema representativo que tenemos y en el valor real de un voto, yo no sería votante de Santos Martín.

Pero cabe aclarar que mucho menos lo sería de Gerardo Pérez. Hay dos cosas de las que hizo Santos que a mí entender nunca habría hecho nuestro alcalde: Dirigirse con respeto y en términos de igualdad a sus oponentes políticos y sopesar su situación particular teniendo también en cuenta la conciencia. Algunos alegarán que estas acciones pertenecen al terreno de la forma, pero si así fuera no perderían su valor. Repito, yo no le votaría, pero en lo que se refiere a estas acciones que acabo de mencionar he de decir que tiene mis respetos. Tal vez he ido demasiado lejos divagando, muchos quizás aparecen en este artículo cuando intento profundizar en los porqués que rodean el discurso (unos más transparentes que otros), pero una cosa está clara: no lo hubiera escrito si no me hubiera parecido que este discurso político contenía algo (no sé cuanto, puede que mucho) de persona de carne y hueso, como todos nosotros.


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