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LA REALIDAD YACE EN UN ANDÉN
  Mariano Moral  | 30 de noviembre de 2011

Estaba fumando un cigarro junto al quiosco de ópera cuando vi que debajo del banco que queda justo en frente había un cuadernillo retorcido por la humedad y con las pastas hechas añicos. Me acerqué y lo recogí. Solo quedaban dos páginas enteras, las demás habían sido arrancadas. En la primera página estaba escrito el relato que reproduzco a continuación.

Humberto estaba jodido. Se había quedado tirado y medio inconsciente en un andén de la estación de metro de sol y los transeúntes que salían de los vagones no hacían ni siquiera el esfuerzo de rodearle. Humberto pensaba que sus gritos eran mudos y su maldita figura de yonki invisible. Solo puedo imaginarme la escena y los pensamientos de Humberto puesto que mi chica y yo fuimos los últimos en salir del vagón y el andén ya estaba casi vacío cuando llegamos hasta él.

Su figura era un espectro pálido, inmóvil y triste. Pero sin miedo, o con un miedo diferente del que yo hubiera experimentado en su situación. ¿Como te llamas? Humberto. Humberto vamos a avisar al de seguridad para que llame a una ambulancia. Había unos cuantos casetes desparramados por el suelo y un walkman sin pilas hecho añicos. Cogí uno al azar, David Bisbal. Pero bueno Humberto, ¿no me digas que escuchas esta basura? No, eso no es mío, eso es de mi novia, mi novia está por ahí arriba ¿sabes? Ya, ya, de tu novia ¿no? Joder tío, ¿por quién me tomas?

Recogimos el resto de los casetes. Burning, Leño, Barón Rojo…Esto es otra cosa Humberto. Son mis compañeros de viaje chaval. Los siguientes treinta minutos fueron un balbuceo de críticas musicales y, aparte de confirmarme los bastos conocimientos de nuestro interlocutor en el tema, me hicieron intuir que la vida humana tiene diferentes niveles de tasación dentro del sistema, Humberto estaba tasado a la baja. ¿Sabes? Ya no quiero que venga la ambulancia, mi novia se suele instalar en el banco que queda en frente del quiosco de ópera, dala todo esto y dila que me he marchado, no, dila que me han echado.

Cuarenta minutos. Humberto se está apagando. Los vagones van y vienen. La gente también. A sus ojos nosotros ya no somos dos que intentan ayudar a uno, somos iguales a ese uno. Fíjate, os miran como si fuerais unos putos colgaos como yo. En el fondo no nos miran Humberto, no nos pueden mirar porque no nos quieren ver. Estoy empezando a perder la calma. Me levanto e increpo al segurata. El muy cabrón se ríe. No se ríe a carcajadas, sonríe con ese gesto de quién cree que está presenciando una escena que por cotidiana carece de importancia. Siempre igual con estos vagabundos yonkis, dice, siempre igual.

Una hora. Este mundo no está hecho ni pa los débiles ni pa los desgraciaos, dice Humberto, me voy, aquí ya no pinto na, añade, soy un perdedor arrinconao. Humberto cierra los ojos. Le doy una bofetada. Aguanta que ya llega la ambulancia. No te preocupes chaval, hace mucho que estoy muerto, ¿has visto a todo el mundo pasándome por encima como si fuera un felpudo?, no les critico por eso, entre mi metadona y sus casas, sus coches y sus teléfonos no hay mucha diferencia, por eso les da palo acercarse a mí, ¿entiendes?, es mejor hacer como que no existo porque yo soy el final del camino que ellos recorren a ciegas.

Se llevan a Humberto. Nos ha dejado un número de teléfono.

Durante las siguientes semanas intentamos contactar con él pero el número no existía. Es imposible que el listín telefónico contenga a personas que no existen para la sociedad.

En la segunda página solo había escrita una frase: Comprendí demasiado tarde y ahora soy yo el residuo social que yace expulsado en un andén.


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