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Concurso de humildad
  Mariano Moral  | 1ro de octubre de 2014

Dicen los sabios que la humildad es el don más valioso, y yo siempre me he tomado esto muy a pecho. Humildemente me presenté al famoso programa-concurso llamado Iberia Tiene Talento; pensé que mi voz se merecía una oportunidad porque a mi mujer la alegraba mucho oírme cantar en la ducha y mi hijo sonreía cuando le susurraba coplillas al pie de la cuna. Es más, yo era feliz cantando, aunque mis únicos oyentes fueran los ladrillos y el humo del cigarro.

Por todas estas razones me presenté al concurso, con humildad aunque confiado, con la seguridad de que los Sabios aprobarían mi talento. Pero cuando me subí al escenario descubrí confundido que lo que a mi mujer, a mi hijo y a mi mismo nos alegraba tanto, a los Sabios les provocaba grima. Y eso no fue lo peor: La gente del público se empezó a reír de mí como lo harían de un idiota. El decreto final fue “No apto”, y con la misma humildad con la que me había subido a aquel escenario decidí bajarme de él y no volver a cantar en lo que me quedaba de vida.

Después me presenté a un programa-concurso de cocina porque mis paellas eran la delicia de mi familia, eso sin mencionar mi pote con bacalao o el conejo al ajillo que solía cocinar los domingos. A veces invitaba a los vecinos y después de la comida se iban tan contentos. Con este bagaje y lleno de humildad me fui a Maestro Cocinero y a la primera de cambio los Sabios me dijeron que mis platos no valían una mierda. Acaté humildemente su decisión y nunca más volví a cocinar.

Cierto día estaba en el jardín de mi casa contemplando a mi hijo mientras correteaba por el césped recién cortado y a mi mujer leyendo tan a gusto sentada bajo la sombrita del cerezo que había plantado hace unos años. Entonces me dije: ¿Por qué no presentarme a un concurso de jardinería? Y allá que fui, con toda mi humildad claro, pero a la primera de cambio los Sabios de El Mejor Jardinero decidieron que yo carecía de toda sensibilidad para el arte de la jardinería. Al volver a casa levanté el césped y talé el cerezo.

Y así, de humildad en humildad, acatando sin rechistar las decisiones de los Sabios, me presenté a otros concursos y salí escaldado de todos ellos, hasta que decidí jugármelo todo a la carta de la escritura. ¡Cuánto habrán disfrutado mi niño con mis cuentos y mi mujer con mis poemas! Seleccioné mis mejores escritos y los envié a un concurso literario, pero esta vez los Sabios ni se molestaron en responderme. Sobra decir que después de aquello no volví a escribir.

Después de este largo periplo ya no hago prácticamente nada porque he aceptado con humildad que para nada sirvo. ¡Quién fuera sabio! Mi mujer acabó por pedirme el divorcio y el juez, otro Sabio, decidió darle a ella la custodia del niño alegando que yo no era apto para criarle. También acepté esta decisión con humildad. Ahora que me han echado del trabajo y me paso los días viendo concursos en la tele, me pregunto cuando harán uno de humildad. A ese, si me presento, seguro que gano.


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