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Nombres propios contra el anonimato
  Mariano Moral  | 27 de septiembre de 2014

El anonimato casi siempre viaja en dos sentidos. De abajo a arriba lo usan quienes consideran que tienen que buscar protección ante la amenaza del poder establecido, ya sea para ellos mismos, para su gente, para su causa o para su obra, y de arriba abajo los que quieren ejercer el poder con impunidad e influenciar y presionar a otros para que acepten su autoridad.

En la “batalla” diaria que aquí se libra se pueden ver las dos caras principales del anonimato, y eso pasa (como ha pasado siempre) porque hay gente que tiene mucho que perder y otros mucho por ganar o por conservar. La batalla sigue siendo desigual porque hay muchas formas de ambición pero solo una de sustento. Las ambiciones unen a mucha gente y generalmente a todos ellos con la cadena del poder, pero la lucha por la justicia es muchas veces un camino solitario. Con las ambiciones se puede traficar, presionar, negociar, comprar y aplastar individuos o conseguir favores y compromisos; por el contrario las ideas o las causas justas no conciernen más que a la conciencia de cada individuo, ese objeto de olvido, casi un estorbo, en la mente ultra-materialista de nuestro tiempo.

Podemos pensar que el Gran Hermano de Orwell definitivamente se ha materializado a nivel global, lo cual es cierto, pero mucho antes de que apareciera 1982 ya existía un Gran Hermano en cada pueblo. Y todavía sigue existiendo. El poder establecido en poblaciones pequeñas no solo cuenta con oídos y ojos en cada esquina, si no con la capacidad de reaccionar al momento en función de la información recibida. Ante esto el anonimato se alza como un arma aparentemente efectiva para combatir a los “todopoderosos”, sin embargo las voces anónimas tienen puntos débiles: Sus intenciones pueden ser fácilmente manipuladas y tergiversadas, es difícil que se ganen por completo la simpatía o la confianza de aquellos que no saben su identidad pero comparten su postura, los “enemigos” siempre intentan conectar el anonimato con la cobardía y las segundas intenciones, indirectamente alimentan el mecanismo de opresión del “Gran Hermano” y, sobre todo, tienden a aislar a quién está detrás del “nick”, incluso cuando éste forma parte de un grupo determinado de “anónimos”.

Pero, ¿qué hay del nombre propio? Sobra decir que la identidad puede poner en serio peligro a quien osa revelarse contra el poder establecido. Sin embargo, elimina casi todos los puntos débiles que surgen del anonimato. Se puede atacar lo que dice un nombre propio, ensuciarle hasta la saciedad, pero su voz ya no puede ser manipulada con tanta facilidad. El nombre propio producirá enemigos automáticamente, para empezar los que ostentan el poder y los que merodean como hienas alrededor de él, pero también la simpatía, la confianza o el apoyo, más o menos explícito, de aquellos que comparten sus ideas o su causa. Al nombre propio ya no se le puede tachar de cobarde. El nombre propio destroza el mecanismo del “Gran Hermano” puesto que vence a su arma más poderosa: el miedo. El nombre propio nunca estará completamente aislado. ¡Cuánto podrían lograr muchos nombres propios unidos en la misma dirección!

La otra parte del anonimato, la que concierne a los del piso de arriba o a los que quieren llegar hasta éste, es mucho más simple pero más destructiva. Sirvan como alegoría los aviones militares o los misiles dirigidos por control remoto. El “jefe” ordena el ataque, entonces un tipo desconocido, un anónimo, se sienta frente a una consola desde la cual controla un avión o un misil que, a decenas de miles de kilómetros, destruirá una población entera. Cuando el trabajo está hecho el anónimo se levanta de su puesto con la certeza de que en aquel lugar nunca sabrán quién fue el verdugo. Muy pronto, si sigue haciendo bien su tarea, recibirá una llamada del “jefe” y quizá una medalla.

En este periódico entran a menudo “aviones militares teledirigidos”, se sabe quién es “el jefe” pero no quién se sienta frente a la consola. Quieren infundir miedo, causar “bajas” en esta causa que no es otra que la democrática, acallar las voces críticas a base de bombazos y, en definitiva, provocar caos y confusión para que la gente corra a refugiarse en el orden del gran jefe. Y lo hacen bien, pero este anonimato tiene otro filo, ese que en cualquier momento se puede volver contra ellos y de hecho terminará por hacerlo. Cuanto más atacan más patente queda su nerviosismo, más a la vista su suciedad. Cada bomba que lanzan solo consigue dejar más clara su falta de argumentos y sus incurables malas intenciones.

Pero pueden y de hecho hacen estragos en aquellos que son sus objetivos. Y esto pasa porque las ambiciones tienen más nombres propios que las ideas y las causas. Tienen poder para aplastar a un nombre propio, a dos, a tres…pero se derrumbarían ante una avalancha nombres propios. Es fácil decirlo, lo sé. Y también sé (y respeto) que abandonar el anonimato es una decisión individual en la que nadie tiene derecho a inmiscuirse. Hay gente que ha sido destrozada por dar un paso al frente y marchar contra quienes carecen de escrúpulos.

Pero ahora, a mí parecer, algo importante se está haciendo a este respecto; un grupo de personas se han aferrado al nombre propio y están intentando construir un lugar común donde los rostros no tengan que estar ocultos tras una pantalla de ordenador. La asamblea es el lugar donde por fin habrá más nombres propios del lado de las ideas y las causas que del lado de la ambición. Es la oportunidad de destrozar ese viejo y siniestro mecanismo del Gran Hermano que a tantos ha empujado al anonimato, al aislamiento, a la soledad y, demasiado a menudo, a la destrucción.

Todos hemos sido anónimos, decididos a luchar en lo que creemos pero viéndonos demasiado vulnerables frente a la gigantesca sombra del poder, sin embargo somos mucho más grandes que su sombra, y nuestras esperanzas más fuertes que sus mediocres ambiciones. Pueden hacer daño a un individuo con identidad, pero no a la identidad de la ciudadanía. Pueden pasarse por el forro lo que se escribe en este periódico o una manifestación, pero cuando la gente, con sus caras al descubierto, salga a la calle para dirigir el gobierno de sus propias vidas, entonces…amigos, entonces estarán jodidos.


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