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Obituarios
  Mariano Moral  | 13 de septiembre de 2014

Tras leer sus obituarios en los periódicos, los muertos no pueden mandar cartas al director dando su parecer al respecto. Es una de las ventajas de los obituarios, cuando alguien los escribe lo hace con la tranquilidad de saber que no habrá réplica. Si, por ejemplo, el muerto fue en vida un tipo de esos que manda y dispone, uno de los que están arriba en la pirámide de la cadena alimentaria, no podrá hacer nada por detener la avalancha de lameculismo y falsa pleitesía posmortis por parte de gente que se ve “obligada” a aportar su granito de asquerosa hipocresía para que se mantenga en pié su siniestra farsa.

El verdadero dolor se lleva en silencio y no está conectado con ninguna mezquina ambición ni, en general, con nada que pertenezca al mundo material. Eso creía antes, pero ahora, después de leer esta avalancha nauseabundos obituarios a Emilio Botín, sencillamente lo sé. Seguramente ya los tenían escritos antes de que el ilustre vivo se convirtiera en muerto ordinario (si en algo reconforta la muerte es en que nos recuerda que todos somos iguales), porque en la carrera por el festín la rata que más corre, o la que más ratas es capaz de aplastar en su carrera, es la que más come.

Por todo esto no voy a escribir ningún obituario a Emilio Botín, aunque no fuera a ser precisamente un compendio de alabanzas. Ya hemos hablado de él en varias ocasiones, y sin duda hablaremos de él en otras por llegar. Tampoco voy a escribir uno a cerca de las actuales clases política y empresarial, dejémosles que sean ellos mismos quienes lo redacten, ni a los medios de comunicación “institucionalizados”. Si es una farsa cargar de obituarios a gente como Emilio Botín, es decir, a muertos de facto, sería una doble farsa hacerlo con muertos que aun no saben que lo están.

Prefiero preguntarme que pensará el Señor Botín de todo esto allá donde esté. ¿Pensará que su vida ha sido un éxito? ¿Estará satisfecho? Yo solo puedo decir lo que sentiría yo al abrir en ultratumba un periódico como por ejemplo El País y tener que aceptar algo que íntimamente ya sabía: que todos lo que le escriben cartas despedida lo hacen con la frialdad del que juega al poker y ve que su compañero de partida más poderoso abandona la mesa, pero deja el dinero…y la sombra.

Si es verdad, según dicen, que no tenía ningún apego por el dinero pero poseía un talento innato para amasarlo, tal vez el Señor Botín pensará que su vida ha estado marcada por la tragedia al estar predestinada por un don que el detestaba. Hacer dinero—quizá se dirá allá donde esté—me ha destrozado la vida, pero no tenía opción. Aunque la verdad es que no creo que tras la muerte, en ese difuso lugar llamado eternidad, la autocompasión tenga ningún sentido. Más bien me inclino a creer que mirará hacia abajo y pensará ¿para qué tanta sed de poder?

Poder es el de la muerte y su hijo el tiempo. Poder es el de un virus, un huracán o un terremoto. El sol es realmente poderoso. La naturaleza también. El amor sincero puede vencer casi todo y al mismo tiempo darlo sentido. Pero esa mediocre recreación que es el poder de unos hombres sobre otros solo deja tras de si una repugnante estela de hipocresía, vacío, ficción y, quiero creer, un amargo sabor a hiel en la boca de los muertos que dedicaron su vida a construir el frágil y maligno castillo de naipes.


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 1 comentario
  •  Obituarios  13 de septiembre de 2014 23:25, por Juanjo

    Siempre correcto en el lenguaje y con las frases mejor construidas de todos los que escribimos en este periódico. De acuerdo contigo. Nadie es eterno. Tengo una historia personal acerca del personaje. Hicimos una terraza a un señor de 75 años por mediación de la empresa: esta es la dirección, el lunes hay que poner baldosas en casa de Don ..... Allá nos presentamos. Un hombre afable que tenía la casa empapelada con fotos con el Rey, con el Papa, con el ministro tal, con el presidente Pascual... con todo lo granado de, aproximadamente, diez años antes de nuestra incursión en la casa. El hombre en cuestión había sido la mano derecha de Botín padre, aquel que vino con Franco a otear como águila en busca de negocio nuestra Ciudad Ducal cuando no era más que el pesado equipaje de unos marqueses venidos a menos, sin castillo y sin fortuna que necesitaban cash para seguir viviendo en el Barrio Salamanca a cuerpo de noble.

    Nos contó el segundo día el abuelete que tuvo que salir del banco por las envidias del recién fallecido. En una enorme mesa de directivos, el señor Botín e hijo se sentaban en un ala y en el final de la mesa (unos veinticinco en total), este hombre menudo. Cuando Botín hijo proponía, por poner un ejemplo, la expansión a Centroamérica con nosécuantas sucursales, los consejeros en vez de mirar al padre, miraban a Don.... Y si éste asentía, se votaba a favor. Si fruncía el ceño, se echaba atrás al proyecto del delfín e hijo del dueño.

    Esto creó tal envidia en el hijo que cuando cogió el mando del banco lo primero que hizo fue ofrecerle una inmensa indemnización (2.500 millones de pesetas) y una abusiva paga mensual de por vida. El abuelete se lamentaba que en los quince años que llevaba fuera del banco habían gastado 15 veces el sueldo que le habrían dado a él, indemnización aparte.
    Si tanto despego tenía con el dinero podría haber dedicado sus energías a amasarlo para todos los españoles como ministro de Economía. Habría sido feliz al ganar mil veces menos dinero pero no tendría el sufrimiento de tener que manejar algo que tanto le disgustaba.

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