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Camino de la asamblea
  Mariano Moral  | 1ro de septiembre de 2014

La gente camina hacia la asamblea. En un futuro próximo sus pasos serán decididos, firmes, naturales como los de quien tiene sed y se dirige a la cocina a por un vaso de agua, y en sus expresiones se podrá encontrar el semblante pensativo y concentrado de aquel que quiere exponer una idea o proyecto de la mejor manera posible y repasa mentalmente su argumentación. Sus caras también revelarán un gesto ilusionado, porque ilusión es exactamente lo que siente quien sabe que ya no es un cero a la izquierda, que su voz es escuchada, tenida en cuenta y, a la postre, decisiva.

Pero ahora, en los comienzos de esta nueva etapa, la gente que camina hacia la asamblea siente una mezcla de expectación y escepticismo, en ciertos casos desconfianza o rechazo, nerviosismo ante lo desconocido y quizá algunos cierta sorna, como si dieran por hecho que lo que van a presenciar es un mero espectáculo de circo. La cadencia de su andar revela una especie de “a ver que pasa” o tal vez un “más vale malo conocido que bueno…”. En cualquier caso de momento no lo ven claro, y es normal.

En primer lugar, nos resulta difícil desconectarnos de la perversa lógica Política=Partido Político=Parlamento que controla nuestro pensamiento. Somos ciudadanos, y sin embargo hemos pasado tanto tiempo (ni más ni menos que toda nuestra vida) delegando nuestras responsabilidades políticas en ese reducido y selecto club de terceros conocido como Partido, que nos hemos vuelto adictos a la peligrosa comodidad de no pintar nada. Igual que nos pasa con el fútbol, vivimos en la ilusión de que nuestra opinión es relevante, que nuestra posición es la correcta, que somos importantes; pero lo cierto es que ni nos jugamos nada ni cambiamos nada por apoyar nominalmente a unos o a otros, por meter un voto en una urna, y esta falta de participación, esta evasión de responsabilidad, se traduce en que somos irrelevantes para el devenir de nuestros equipos…

Pero es que nuestros equipos tampoco quieren nuestra participación, la sociedad es su feudo y nosotros, la mayoría, su redil. La dictadura de los partidos no solo nos sume en la indiferencia y la banalidad, si no en la ignorancia más absoluta. Si la política queda en manos de una minoría, sea bajo el sistema que fuere, vira automáticamente hacía la dictadura y la corrupción, el amiguismo y la arbitrariedad. Política es una palabra plural, la acción de formar parte activa y decisiva en la sociedad que concierne a todos y cada uno de nosotros. Por tanto Política=Ciudadanos.

En segundo lugar, el poder establecido, es decir, los bancos y su imperio monetario y financiero, las grandes corporaciones y los partidos, entendidos estos como una prolongación de los anteriores, condicionan totalmente nuestro pensamiento con el veneno que nos inyectan a través de sus medios de comunicación. La base principal de este veneno es el miedo y su efecto es nuestra inmediata paralización. Es tan grande y siniestra su mentira, tan compleja la trampa en la que nos sumergen, que, viéndonos incapaces de reaccionar, nos arrodillamos ante ellos pidiendo protección y clemencia. Al final del día, muy a pesar de la supuesta libertad en la que creemos vivir, no pasamos de ser ciegas y asustadas máquinas productivas.

Y como máquinas, todas nuestras ideas son programadas de antemano, por supuesto incluyendo la que nos empuja a rechazar todo cambio, porque todo cambio a nuestro favor, a favor de la mayoría ciudadana, todo acto de verdadera libertad como lo es el movimiento asambleario, la democracia directa, va en su contra, en contra de la elite, ya sea la de un pueblo, un país o el mundo entero. Nos quieren paralizados, sin iniciativa propia, nos quieren peleles y su objetivo, sobra decirlo, es aplastar todo aquello que pretenda ponernos en movimiento. De ahí el veneno, las toneladas de mentiras y basura que vierten sobre nosotros a diario y que, inevitablemente, mantienen las mentes de aquellos que caminan hacia la asamblea en un estado de desconfianza y confusión.

Así que, por un lado, nos cuesta sacudirnos nuestra adicción al Partido y, por el otro, nos resulta difícil liberarnos del lavado de cerebro al que nos someten constantemente y que nos sitúa de antemano en contra de cualquier alternativa a lo que está establecido. Pero a todo esto hay que añadir una cosa más: la habilidad del sistema para aprovecharse incluso de aquello que le amenaza. El sistema, o los que verdaderamente están tras él, da por descontado que la mayoría de los ciudadanos van a descargar siempre su ira (aunque solo sea en el bar) contra los políticos. Esto no solo es una conveniente válvula de escape, si no que impide, al meter a todos los políticos en el mismo saco, que los ciudadanos confíen en nuevos políticos que pretendan cambiar las cosas. Así, la gente que camina hacia la asamblea, pensará que los que intentan organizarla solo quieren protagonismo, influencia y poder “como todos los políticos”.

Primero hay que aclarar que la palabra Político no hace referencia, tal y como nos quieren hacer creer, al sujeto que se sienta en el parlamento o la mesa de la sala de plenos, si no a los ciudadanos, a todos y cada uno de nosotros. Una vez entendido esto comprendemos que en la asamblea o círculo los partidos quedan abolidos y con ellos el poder. Además hay que tener en cuenta que aquellos que organizan la asamblea, gente que con su trabajo solo pretende poner la primera piedra (por algún lado hay que empezar), no podrían apropiarse ni de una gota de poder aunque quisieran porque el movimiento asambleario se basa en unos mecanismos de seguridad que protegen al colectivo de los caprichos o ambiciones del individuo.

Sin estos mecanismos la asamblea sencillamente no existiría. En la asamblea no tienen cabida el marketing y la manipulación, puesto que nadie puede mandar unilateralmente o mandar a secas. Tampoco la mentira o la coerción, puesto que, desde el debate hasta la toma de decisiones, todo se hace en público y a cara descubierta, las decisiones quedan registradas directamente, sin intermediarios, en el cerebro de todos los presentes y no en un acta de sesión parlamentaria o de pleno que es potencialmente manipulable y que además casi nadie va a leer. La transparencia es absoluta, y esta es la mayor garantía de que el proceso es verdaderamente democrático.

Al no existir el poder en la asamblea, no existe el partidismo, y por tanto las personas no se expresan en “ideologías” si no en “ideas”. La asamblea rechaza el fanatismo y solo responde ante el sentido común. Ideas y sentido común, eso es todo. Esto asegura al colectivo frente a la arbitrariedad y el amiguismo. El trato de favor, el trueque de votos por favores, el abuso de poder en beneficio propio o de terceros, la represión o el chantaje contra aquellos que no piensan como el mandamás son acciones que desaparecen de la política en el movimiento asambleario. Esto, claro está, seguramente contraríe a todos aquellos que han tenido por costumbre utilizar y exprimir el sistema en beneficio propio. Aun así el movimiento asambleario les da también la bienvenida porque son ciudadanos igual que los demás.

Ahora alguno de los que caminan hacia la asamblea se puede preguntar, comprensiblemente asustado, si sus intereses individuales, si su propia libertad personal va a ser también abolida como pasa en los sistemas autoritarios donde todos los individuos desaparecen en medio de “la masa”. Este es un argumento muy utilizado por el sistema para ponernos en contra del movimiento asambleario; nos dicen, en un mensaje infestado de manipulación, que los círculos y la gente que los está intentando poner en movimiento buscan destruir la libertad individual.

Antes de nada debemos aclarar qué es la libertad individual en el actual sistema. Solo hace falta echar un vistazo a nuestro alrededor para comprender que se reduce al derecho a devorarnos mutuamente. Claro está que en este sistema marcado por el beneficio y la competición absoluta entre semejantes, los peces grandes y con menos escrúpulos devoran sin contemplaciones a los más débiles. Esta es, en definitiva, la libertad que tenemos, la de “nadie escucha a nadie”, “cada uno a lo suyo” y “el vecino que se las apañe como pueda”; en definitiva la ley de la selva en la que solo medra el que más daño es capaz de hacer sin sentir remordimientos de conciencia. El individuo es un ser solitario, excluido de la misma sociedad, es parte tan solo de la maquinaria creada por los más poderosos.

Sin embargo, el sistema asambleario no busca abolir la individualidad en pro del colectivo, si no todo lo contrario: dar protagonismo a la voz individual para hacerla parte fundamental de la colectiva. El interés individual es expuesto en la asamblea en forma de idea, opinión o proyecto y todos y cada uno de los presentes lo escuchan atentamente. Si no resulta en perjuicio para la comunidad, si la mejora, si no va en contra de la libertad de otros individuos, si procede del sentido común y no de la avaricia o la ambición personal, entonces la asamblea lo reconoce y lo apoya con su voto. Pero el individuo también ha de estar preparado a sacrificar eventualmente su interés personal cuando el sentido común y la necesidad colectiva lo exijan.

Nadie puede decirle a nadie como vivir su vida privada, la asamblea no se mete en la casa de nadie, pero el proceso asambleario tiende a transformar el punto de vista que la gente tiene sobre sus propias vidas. En esta especie de desamparo social en el que vivimos, todos tendemos a centrarnos en lo material para olvidarnos de alguna manera de nuestra irrelevancia o impotencia en el devenir de la sociedad. Ya que nuestra voz y nuestro pensamiento no valen nada tendemos a demostrar lo que somos a través de lo que poseemos, es decir, si la autorrealización como personas no llega por los cauces naturales entonces no sumergimos en la ilusión materialista para auto-realizarnos de alguna manera. Sin embargo, la asamblea produce el efecto contrario, una vez que descubrimos que nuestra voz y nuestro pensamiento cuentan y son decisivos empezamos a quitarnos progresivamente el caparazón del materialismo y el consumismo. En cierto modo se podría decir que la asamblea humaniza, y por supuesto esto tiene un efecto positivo en la vida privada de cada uno.

Pero todas estas consideraciones no pueden quedar claras desde la primera asamblea, esto es algo que la gente que camina hacia su primera experiencia participativa ha de comprender. A todos nos hace falta un poco de entrenamiento después de una vida de entumecimiento político. Las primeras asambleas pueden parecer caóticas y lentas, pero todas las barreras van cayendo a medida que nos familiarizamos con el funcionamiento del sistema asambleario. Conviene prepararse, auto-educarse en la participación, esto es forjarse como ciudadanos pensantes que no se resignan a que les den todo mascado en forma de papeleta electoral. Hay que acostumbrarse a la discusión, no a la de barra y cubata donde en definitiva nada decidimos ni nada nos jugamos, si no a exponer nuestras ideas y a escuchar atentamente las de los otros con conciencia de que ambas pueden y van a cambiar las cosas, nuestras vidas.

Por tanto la asamblea nos pide responsabilidad, y también paciencia. Paciencia para escucharnos y esfuerzo en comprendernos. Paciencia para no desanimarnos en los comienzos y seguir perseverando para ir perfeccionando el funcionamiento asambleario. Tenemos que salir de la sombra del Partido para exponer libremente y sin influencias externas nuestras ideas, tenemos que prepararnos para rechazar todo el veneno que van a intentar verter sobre nosotros todos aquellos que quieren que todo siga como está, es decir, a su antojo. Tenemos que entender que Podemos no es un partido político si no un conjunto de ciudadanos que intentan echar los cimientos de una democracia real. Ciudadanos que no hacen falsa propaganda para ganar elecciones (esto último si es verdadero populismo por parte de los partidos tradicionales), si no una sola promesa: Hay que trabajar duro y todos juntos para cambiar las cosas. Ciudadanos, en definitiva, como tú, yo y aquel.

Y todos aquellos que cierto día caminan hacia la primera asamblea sin tener nada claro, han de comprender que su pueblo es también su responsabilidad y el lugar donde tienen que empezar a implicarse verdaderamente en política, no la política de alcaldes, diputados y presidentes, si no la de la gente, la nuestra. Muy a menudo y como último recurso, el poder establecido nos intenta convencer, y por desgracia en muchas ocasiones lo consigue, de que el movimiento asambleario no es más que una utopía, un imposible. Y sin embargo nada tan común al ser humano, a su verdadera naturaleza cooperativa, a sus mismos mecanismos de supervivencia, que la reunión en asamblea. La verdadera utopía, aunque no de ensueño precisamente, es aquella en la que nos dejamos manipular y exprimir hasta la saciedad por una minoría corrupta, mentirosa y empachada de privilegios. El falaz recurso de la utopía es su última bala, un disparo desesperado ante la inminente demolición de su negocio, el negocio de la casta, eso que llaman democracia, pero que no lo es.


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