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Lo que queda de ellos
  Mariano Moral  | 20 de noviembre de 2011

En sus caras se resaltaban los huesos. En sus ojos la fuerza. Ponerse en su piel es para nosotros una tarea poco menos que imposible. Muchos de los que dicen ser los sucesores de su lucha incurren en un acto de mera hipocresía. Intentar comprender con honestidad el tiempo que les tocó vivir es un viaje sin posible retorno indiferente a nuestros días. Hacer honor y memoria a su sacrificio es una obligación ignorada. Hoy se llevan a cabo las elecciones de la vergüenza, de la reacción triunfante contra la que ellos lucharon a costa de su existencia pensando en que tal vez sus hijos y los hijos de sus hijos podrían vivir en un mundo mejor. Nosotros hoy alimentamos con nuestro voto la corrupción de su legado, un legado falseado hasta la saciedad.

Hoy me senté enfrente del ordenador con la intención de bucear por la historia de los obreros y de los campesinos revolucionarios en el siglo XX. Leí algunas historias y estuve viendo algunos videos y, cuando ya estaba a punto de apagar el ordenador, aparecieron una serie de archivos fotográficos. Eran en su mayoría retratos, caras mirando a la nada, caras aterrorizadas, caras endurecidas, caras valientes, caras que amenazaban al objetivo del fotógrafo de alguna comisaría, primero de frente y luego de lado, caras esperanzadas, rabiosas y alegres, todas diferenciadas por millones de rasgos circunstanciales y sin embargo todas iguales en dos rasgos fundamentales: el hambre y la indignación.

Sentía vergüenza al contemplarles, ni siquiera era capaz de sostenerles la mirada. Sentía vergüenza por no se capaz de sentir lo que ellos sentían, por creer (o haberme dejado convencer) de que hoy vivimos en el sistema que ellos buscaban. Comprendí por un momento que su ansia de igualdad, de emancipación, de bienestar, de solidaridad y del gobierno del pueblo por el propio pueblo no estaba representada por esta especie de democracia, ni siquiera estuvo representada por la república: iban mucho más allá, iban a un lugar que nuestros entumecidos espíritus no pueden ni imaginar.

En estos días la sola mención de la palabra revolución provoca espanto incluso entre los que se denominan de izquierdas; tanta es la mierda que se ha arrojado sobre ella. Sin embargo esos rostros hermanados por la miseria, por el trabajo, por la lucha clandestina, por ir a contracorriente en tiempos en los que tenían todo en su contra y, sobre todo, por la esperanza, eran revolucionarios. Los rostros revolucionarios de los que hoy muchos quieren hacer memoria y honores eludiendo hipócritamente el sentido de su lucha. Los rostros que jamás aprobarían unas elecciones democráticas prostituidas bajo la sombra del imperio del capital.

Hoy no pienso en las elecciones si no en el rostro de un anciano que se sentaba a la puerta de su casa con los brazos apoyados sobre el garrote y no dejaba de mirar alrededor con sus ojos cansados. Siempre pensé que tal vez estuviera intentando encontrar alguna señal que le dijera que este mundo aun era el suyo. Alguna señal donde aferrar lo que quedaba de ellos, de las gentes que lucharon por un mundo mejor, para que la llama no se extinguiera definitivamente, para que comprendiéramos que ni mucho menos estamos en el final del camino porque todo es mejorable, porque no se puede dar por terminada la revolución cuando aun quedan tantas cosas por hacer, porque la revolución está latente y el enemigo también.


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