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La Ola
  Mariano Moral  | 18 de noviembre de 2011

Re-veíamos hace poco una película del 2008 dirigida por Dennis Gansel: La Ola. No vamos a entrar aquí a desmembrar el argumento, ni siquiera a contarlo por encima, para no reventar la película a todo aquel que no la haya visto y se quiera animar a hacerlo; solo decir que, a juicio de este escribiente, esta obra es (más allá de críticas puramente cinematográficas, esas se las dejamos a los cinéfilos) una lección imprescindible que nadie debería perderse.

Esta introducción viene al caso porque el otro día, tras ver de nuevo la película, se empezó a dibujar en mi cabeza una conclusión diferente a la que había sacado en otras ocasiones. Me preguntaba si acaso las autocracias más radicales de nuestro tiempo son los totalitarismos. Me preguntaba si la autocracia podía coexistir o ser adaptada a la democracia representativa. Me preguntaba, en definitiva, si en la sociedad occidental de la supuesta democracia el factor dominante no es acaso una autocracia bien disimulada.

En las autocracias se anula el pensamiento crítico y la individualidad propia de la persona. Ésta se sumerge en la masa y se confunde con ella para convertirse en una pieza autómata del engranaje de la maquinaria que, en última instancia, está controlada por un líder y su cúpula. En cierto modo el líder suplanta la voluntad del individuo consiguiendo así que éste siga y defienda un pensamiento pre-establecido del mismo modo que una oveja sigue al pastor y se doblega ante su voluntad.

Los mecanismos que utilizan los autócratas para conseguir esto están basados, por un lado, en que los individuos no solo formen espiritualmente parte de un grupo si no que exteriormente lo aparenten a través de saludos, uniformes y demás parafernalia destinada a reforzar el sentimiento de pertenencia al grupo y a eliminar la concepción de individuo pensante e independiente y, por otro lado, en el miedo, en el terror. El miedo como arma de disuasión ante posibles discordancias que aparezcan dentro de la masa y ante todo aquel que, desde fuera de ella, quiera destruir la autocracia establecida.

El caldo de cultivo para las autocracias es una sociedad en profunda crisis. En la desesperación de la gente es donde se pueden introducir directamente todas las armas de manipulación masiva conocidas e infundir miedo y dependencia a las personas para que estas busquen automáticamente el refugio de un líder del mismo modo que un niño atemorizado busca a su padre para que le proteja o un yonki busca desesperadamente al camello para pillar otra dosis. De aquí en adelante el líder y su organización tienen carta blanca para llevar a cabo sus propósitos sean cuales sean porque la gente, sin voluntad y sumida en la pesadilla autoritaria, no hará nada por evitarlo, si no todo lo contrario.

Si trasladamos estos rasgos básicos a nuestro supuesto sistema democrático nos damos cuenta de que no solo estamos ante una autocracia si no que ésta es mucho más sofisticada que la autocracia clásica.

Nuestro líder no es un individuo, ni es un gobierno, ni siquiera es una organización supranacional como la unión europea; nuestro líder es un concepto, un concepto llamado capitalismo de libre mercado sostenido e impulsado por una elite que lo maneja en la oscuridad. Detrás de este concepto hay otra serie de conceptos subalternos que formarían la guardia de elite del concepto líder: los mercados, el sistema financiero y el crecimiento son los más representativos. Como vemos los dictadores contemporáneos ya no usan los métodos clásicos, se han perfeccionado tanto que se escudan tras conceptos para proteger su poder absoluto. En caso de discrepancia con esta tiranía encubierta ¿cómo reconocer y atacar a un enemigo que es abstracto, que no tiene cara, nombre propio ni identidad y que, además, es global? Complicado.

Nuestro líder abstracto (o la elite que se escuda tras él) ha entendido que cualquier sistema es susceptible de ser autocrático, por eso ha puesto todos sus esfuerzos en convertir a la democracia en un partido de masas y lo ha conseguido. Todo el mundo, independiente del grupo político al que apoye, está orgulloso de vivir en lo que llaman democracia ( a la que de aquí en adelante llamaremos P.U.D. o Partido Único Democracia) a pesar de que ésta no tiene ningún poder real, del mismo modo que en el partido nazi al final nadie tenía poder absoluto excepto su líder: Hitler. Pero todo el mundo sabía quien era Hitler y la cúpula de su organización; sin embargo ¿conocen ustedes a Mercado o a Sistema Financiero? Puede que alguien incluso dude de que en realidad existan.

Nuestro líder abstracto y conceptual no necesita obligarnos a vestir de uniforme todos iguales, eso ya está anticuado, tampoco necesita que tengamos un saludo único y particular del movimiento ni el mismo código de conducta. En el P.U.D. o la pseudo-democracia establecida todo el mundo debe vestir como quiera y decir lo que quiera porque de esta manera es como se sostiene la maquinaria de manipulación del sistema, ese decir, convirtiéndonos en clones que creen ser diferentes entre si. Esta maquinaria no funciona por coacción si no creando un ambiente ficticio de libertad y bienestar donde creemos ser individuos independientes y estar viviendo en el mejor sistema posible; aquí nos dejan hasta votar, votar a organizaciones que ocuparán instituciones sin poder real. Cuanto más nos zambullimos en esa supuesta libertad más nos esclaviza el sistema y más dependientes nos hacemos de él. Cuanto más nos dicen que deberíamos estar orgullosos de vivir en democracia más ahínco ponen en corromperla y en transformarla en un sistema autoritario. Valga como ejemplo que la principal diferencia teórica entre democracia y autocracia es que la primera se construye y dirige desde abajo y la segunda desde arriba; ¿alguien a día de hoy duda de donde vienen las órdenes y quién impone las normas?

Una vez que estamos dentro del sistema ¿cómo nos mantienen en el de forma permanente y como se combate a los disidentes? ¿Es a través del terror? ¿De la inquisición o la GESTAPO? No, nuestro líder no necesita torturas, ni ejecuciones, ni violencia, estas cosas están más que desfasadas, nuestro líder tiene un mecanismo mucho más sofisticado: el consumismo o el miedo a ser excluido socialmente por no tener, o el miedo a no tener lo más nuevo, lo más grande, lo más potente, el miedo a no ir a la última moda o a tener los últimos modelos informáticos, o a no tener casa, o a no tener nada, el miedo a ser socialmente despreciado por llevar ropa vieja, o no llevar un i-phone, o, en resumen, a no ir por la vida con el uniforme, las posesiones y los hábitos pre-establecidos y artificiales que son tantos y de tanta variedad que nos hacen sentirnos libres y sin embargo no son más que un catálogo de necesidades creadas que en realidad nos hacen dependientes, nos esclavizan al mismo sistema que creemos nos da libertad y bienestar. Cuando ya somos unos yonkis pseudo-demócratas nos dan el palo y nos ponen en la tesitura de perder todo lo que hemos adquirido con el dinero de los bancos, entonces surge el miedo, entonces caemos por entero en las redes de nuestro líder porque este se convierte en el único camello que tiene la dosis que necesitamos.

Llegados a este punto, nuestro líder camello, abstracto, conceptual y sofisticado nos dice que no nos da la dosis. Nos dice que ahora toca recesión y nos sumerge de lleno en la desesperación, en el caldo de cultivo del que muy probablemente saldrá reforzado erigiéndose salvador de un problema que el mismo ha creado. Cuando ya estamos con un mono insoportable, justo antes de rompernos por completo, nuestro líder aparece en escena revestido de héroe y nos empieza a dar las dosis que tanto necesitamos. Tal vez le reprochamos un poco todo este mal trago que hemos pasado, pero cuando nos empezamos a chutar de nuevo todo el rencor se nos olvida y empezamos a adular de nuevo al líder, el cual pone a todo su ejército de camellos asalariados o políticos vendidos a repartir dosis por todas las esquinas. Entonces llega la hora del cobro, y resulta que estamos tan puestos y tan enganchados que el líder no tiene problemas para cobrarse con creces las dosis de las que nos ha hecho dependientes. Aquí el ciclo empieza de nuevo.

Pero cada vez que termina una época de recesión o de escasez de dosis creada artificialmente y empieza una época de bonanza o de abundancia de dosis la democracia queda más y más tocada, más mutilada, más prostituida y más autocrática. Cada vez que el ciclo empieza toda la lucha que la gente humilde de a pié llevó a cabo por instaurar una democracia basada en la igualdad y en el bienestar queda más relegada a la vergüenza y al olvido. Cada vez que creemos volver a la normalidad después de una recesión en realidad estamos perdiendo terreno y sumergiéndonos más y más en algo que llaman democracia y, efectivamente, no lo es. Es una dictadura del líder, del concepto salvaje de capitalismo de libre mercado de crecimiento perpetuo donde lo único que crece es la cuota de poder y la cartera de unos pocos y bajo el cual no somos más que marionetas consumistas de una elite que sabe como manejar los hilos. Saben, en definitiva, como hacernos sentir libres mientras nos están sacando los ojos. ¿Se pueden imaginar una tiranía más perfecta?

Como aquella clase de La Ola, necesitamos despertar de esta pesadilla autocrática y no solo creer que vivimos en una democracia si no actuar radicalmente como demócratas y recoger de nuevo el verdadero concepto de democracia para mantenerlo y mejorarlo, porque tal vez en un futuro próximo, tras esta recesión o la que con total seguridad ha de venir, ya no se trate de necesitar una dosis de ropa de moda, de coches caros, de casas grandes, de últimas tecnologías; si no de pan.


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