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El manifiesto viviente
  Mariano Moral  | 13 de noviembre de 2011

Ya de madrugada un sonido fuerte, una especie de explosión, me despertó. Abrí los ojos y me encontré delante del ordenador con una extraña sensación de perdida de memoria tan típica de los más crueles días de resaca. Tenía lagunas. No sabía ni cuando me había sentado aquí ni cuanto tiempo había permanecido dormido y parecía que mi mente estuviera regresando de un profundo estado de trance. Un denso olor a quemado llegó hasta mí, volví la mirada para buscar su procedencia y lo primero que ví fue el televisor humeando con una botella de stout empotrada en su pantalla. El aparato estaba hecho añicos; había reventado. Volví la vista y a través de la densa nube de humo que se interponía entre mí y el ordenador pude ver que la pantalla reflejaba un escrito en Word de un par de páginas. Saqué un cigarrillo y me dispuse a echarlo un vistazo sin que el estupor me abandonase pues yo no recordaba haber encendido el ordenador y mucho menos haber escrito algo. Sin duda ese texto apócrifo se había posado en mi ordenador con la intención de ser leído, pues bien –pensé—leámoslo.

Estoy hasta los huevos de la televisión, de que quieran convertirme en espectador del gran prostíbulo político y social con el que aplastan nuestras jodidas mentes. Estoy hasta los huevos ver millones de caras empotradas contra la gran mentira, contra el consumismo bárbaro, absurdo, contra la criminalidad de lo artificialmente establecido para asesinar nuestra voluntad humana, individual, colectiva y sustituirla por un programa que nos convierta en bestias vacías y manipulables. Estoy hasta los huevos de la segura sonrisa del rey, de la asquerosa prepotencia del presidente, de la falsa buena voluntad de mierda del aspirante y de todo dictador potencial esperando como una rata su oportunidad de saltar o ser empujado al ruedo. Estoy hasta los huevos de que la guerra sea el gran negocio y el pan el más mortífero de los poderes de convicción, de que la democracia sea una sociedad anónima y de todas las cámaras de representantes de Nueva York a Las Navas. Estoy hasta los huevos de ser carnada, mercancía, objeto, triste relleno en la cartera de los mercachifles mercantiles y de sus secuaces financieros, de haber terminado siendo un piojo incapaz de entender lo complejo del entramado de hijos de puta ambiciosos e irresponsables que dominan el mundo. Estoy hasta los huevos de que la violencia engendre violencia y que sin embargo se deba aceptar la paz romana de los que permanecen impasibles ante la mirada de un crío hambriento, de un negro vagando en el mar, de una familia expulsada de su casa por la policía como si fueran criminales. Estoy hasta los huevos de que no metan en la trena a toda la escoria que nos hunde en el abismo, de que hayamos sido tan tontos de coger su mano y habernos dejado guiar como ovejas al cadalso. Estoy hasta los huevos de las religiones y de que la conferencia episcopal se crea un órgano de gobierno y de que sigan queriendo adoctrinar a los cristianos como si fuesen ganado, de que se cubran de oro para hablar de Jesús y de que quieran hacer creer a los que creen que un día Dios les mandó un telegrama para comunicarles que había decidido prohibir el condón. Estoy hasta los huevos de que se pidan créditos para comprar derechos constitucionales, de las putas de la televisión, de analistas del chismorreo y comentadores autocomplacientes del gran montón de basura político. Estoy hasta los huevos de que la izquierda sea derecha y viceversa dependiendo de la ocasión. Estoy hasta los huevos de tanto bienestar ficticio y de tanto malestar real, de la sociedad prozac indiferente que deja su existencia en manos de irresponsables sin ni siquiera mover un dedo por evitarlo. Estoy hasta los huevos de que haya gente que se pueda escandalizar de que a día de hoy alguien use la expresión estoy hasta los huevos. Estoy hasta los huevos que gritar y revelarse sean cosas políticamente incorrectas mientras que todas las buenas formas que utilizan para matarnos lentamente sean consideradas un ejemplo a seguir. Estoy hasta los huevos de los galácticos, de la elite multimillonaria de la distracción, de que se hable más de Messi que de la miseria humana que inunda nuestras calles, de que se mande a los yonquis a las Barranquillas para que nos le vean los turistas, de que en vez de ayudar a todo aquel que tenga un problema se le cubra con un manto para fingir que no existe ni él ni el problema y dejar que la gente se pasee tranquilamente, sin preocupaciones y sin remordimientos de conciencia por matrix. Estoy hasta los huevos de que nadie reconozca que este es el momento para levantarse, abrir los ojos, de que nos vamos a la mierda si esto sigue así, de que seguirá así si no hacemos nada porque sus mentiras y sus actos ya no se los puede tragar nadie. Estoy hasta los huevos de que lo único que los lectores van a retener de este escrito es que estoy hasta los huevos sin plantearse el hecho de que todos deberíamos estarlo. Estoy hasta los huevos de que haya alternativas y todas queden soterradas bajo la cobardía extrema de nuestros politicuchos los cuales se han bajado los pantalones en frente de los señores de los anillos a quienes no les importamos una mierda, a quienes nada les importa una mierda excepto sentarse en lo alto y reírse de nosotros mientras comentan lo inocentes que somos. Estoy hasta los huevos no es una expresión malsonante es un grito bastardo, rabioso y tal vez inútil, pero a pesar de esa hipotética inutilidad práctica puede que teóricamente sea lo único que nos pueda mantener vivos, ¡estoy tan hasta los huevos! Estoy hasta los huevos de tener la esperanza a un centímetro de mi cara y que me quieran encadenar las manos para que no pueda alcanzarla, pero se que cuando mucha gente declare estar hasta los huevos los músculos se activarán y reventarán las cadenas. Estoy hasta los huevos de la crisis, de la crisis cíclica, de la crisis crónica, de la crisis ficticia, de la crisis que no está si no en nuestra agarrotada rabia individual y nuestra encarcelada iniciativa colectiva. Estoy hasta los huevos de que los ciudadanos no nos creamos capaces de gobernar y de que nuestros políticos no nos crean capaces de nada excepto de levantamiento de voto en caja fija. Estoy hasta los huevos de continuar escribiendo aun este manifiesto y sin embargo no puedo parar, la lista es infinita, pero las ganas de acabar con esta gran mierda también lo son. Estoy hasta los huevos de la violencia verbal camuflada tras bonitas palabras creadas para el caso por asesores políticos, estoy hasta los huevos de encender la caja tonta, estoy hasta los huevos de que me tomen por idiota, estoy hasta los huevos de que todos los partidos quieran tomar el pelo al pueblo diciendo lo políticamente correcto y de que los famosillos, deportistas, culturetas, putas, analistas y fantoches que salen en la tele usen lo políticamente incorrecto tan solo para levantar morbo, idiotez y audiencia. Estoy hasta los huevos de que nadie salga por ahí, en el periódico, en la tele, en la radio, en los mítines, en el congreso de los diputados o en el salón de plenos gritando que está hasta los huevos con la intención de llamar a la revolución, no a la revolución de la sangre, si no a la del pensamiento, la cultura democrática, la del pueblo activo y en lucha constante, la del individuo que cuando se ve acorralado por la mentira, el absurdo, la manipulación grita ¡¡estoy hasta los huevos!!

Cuando terminé de leerlo estaba amaneciendo. Preparé café, encendí otro cigarrillo y grité todo lo fuerte que pude: ¡Yo también estoy hasta los huevos!. Entonces el escrito desapareció de la pantalla y no pude recuperarlo, tal vez – pensé—es una especie de manifiesto viviente sin dueño, sin procedencia y sin control que viaja de ordenador en ordenador encendiendo mentes. No me importó que se hubiera ido; pude reproducirlo palabra por palabra como si se hubiera grabado a fuego en mi cerebro.


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