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Un par de consideraciones
  Mariano Moral  | 16 de julio de 2014

Somos gente, gentiles, siervos del día a día, de las noches en vela removiendo el lento guiso de los problemas, del insuficiente sueño de la madrugada que desemboca en un confuso despertar. ¿Despertamos? Si, despertamos a un sueño aun más profundo; a una macabra fantasía que se despereza empujando sin piedad nuestros pies de camino al trabajo o pariendo miradas perdidas que se pierden por la ventana de casa en busca de uno.

En todo momento, cuando nos obligamos a creer que estamos despiertos y que somos dueños de nuestro destino, los instantes se suceden delante de nosotros como fotogramas de un sueño profundo. Pero con una diferencia: no es nuestra mente quien los fabrica, si no un sistema ajeno a nosotros que reproduce su propio día a día y nos encaja dentro de él; exactamente lo mismo que hace nuestro cerebro cuando soñamos.

En este sueño de párpados abiertos, el trabajo, tan necesario y natural como el mismo alimento, termina por convertirse en esclavitud. Del mismo modo que ocurre en los sueños, en las pesadillas, eventos contradictorios, sin relación lógica entre ellos, se suceden o se mezclan formando un absurdo todo. Así no nos dejamos lo mejor de nuestras vidas en satisfacer nuestras verdaderas necesidades o colaborar con el bien común, si no las de la maquinaria del mercado y sus mezquinos intereses.

Somos máquinas productivas, máquinas desechables, de las que no se espera integridad si no “empleabilidad”. Nuestro salario no es más que una parte del plan: combustible para seguir alimentando el destructivo ciclo consumista. Por un lado volvemos a meter el dinero en los bolsillos de quién nos lo entregó, por el otro se nos crea una adicción al consumo (o al estatus que se nos promete a través del consumo) que nos conduce a la deuda eterna con el sistema financiero, el mayor y más poderoso camello del mundo.

Y el sueño sigue su curso. En un momento dado millones de parados, pero ese macabro cerebro que nos sumerge en la pesadilla sabe aprovecharse hasta de las amenazas y se saca de la manga una cuenta que nunca falla: a más gente desesperada mayor oportunidad de brutalizar su explotación. Pero, ¿Por qué no habrían de revolucionarse los gentiles en vez de someterse aun más?

El día pasa y, en ocasiones, antes de dormir, de dormir aun más profundamente, tenemos un pequeño momento de lucidez en el que rozamos el despertar. A veces, en este instante, sentimos el impulso de mandarlo todo a la mierda. Por un momento somos libres, o nos colocamos sin darnos cuenta en la senda de la libertad, pero los ojos terminan por cerrarse agotados de tanto soñar el sueño que se nos impone o, lo que es peor, no sumergimos aun más en él con la mirada perdida en los demonios que pueblan el techo.

Antes de esto, nos ha atravesado el día con la sensación de que nunca pasó. Una cadena de rituales que finalmente acaba por disolverse en frente del iphone o del televisor, cordones umbilicales que nos mantienen conectados al sueño. Nuestra ira, la íntima y certera conciencia de que nos están jodiendo y último reducto de nuestra libertad, será filtrada a través de una pantalla táctil o una de plasma. Al final se quedará en un mensaje resignado y pesimista en facebook o en twiter, o se evaporará al calor de un programa basura o un partido de fútbol.

Y así los días y las noches se convierten en una cadena de montaje en la que los gentiles, tú, yo y aquel, contemplamos nuestra existencia subidos en una cinta transportadora que de vez en cuando nos introduce en máquinas que nos moldean o exprimen sin que ni siquiera nos percatemos de ello. Si, movemos nuestros pies, pero no son ellos los que conducen nuestros pasos, pasos que nos conducen irremediablemente a un destino en cuyo apeadero sólo importará una cosa: los caminos que hayamos abierto con nuestra propia conciencia.

Tras veinticuatro horas de sueño a diferentes niveles ya solo nos queda sometimiento corriendo por nuestras venas, impulsado por corazones viciados de miedo. Si, de miedo, porque el poder de las pesadillas reside en el miedo y la manipulación de la realidad a través de éste. Los campeones de este horror son los “ganadores”, los que han construido los castillos de naipes más altos y con más probabilidades de derrumbarse. Si eres un “perdedor” derrumba tú mismo tu casa de naipes en vez de querer aumentarla. Derrúmbala y construye una de piedra, pequeña pero sólida, una que te de exactamente lo que necesitas para despertar y ser tú mismo, ni más ni menos.


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 1 comentario
  •  Un par de consideraciones  16 de julio de 2014 23:59, por Juanjo

    Un placer como siempre volver a leerte, Mariano.
    Al hilo de tu relato me he dado cuenta -o al menos creo que ha sido así- que todos los programas-denuncia de las televisiones son a partir de las once, doce de la noche. ¿Será que por un lado nos informan del último caradura, corrupto o banda gubernamental organizada para que nos indignemos y después, venciéndonos el natural sueño a partir de medianoche, se enfríe nuestra ira con la almohada y el descanso?

    No sé dónde leí u oí que las manifestaciones (15-M, Rodea el Congreso, Por la Dignidad...) son autorizadas a regañadientes por el órgano competente, pero recomendadas por el gobierno de turno. La razón no es otra que se necesita, como en una olla a presión, que la espita vaya soltando el vapor para que no estalle. Nos ponemos llamativas camisetas, coloridas banderas (que sentimos en nuestro interior como si fuera nuestra religión particular), nos manifestamos, soltamos adrenalina y.... nos evaporamos. Como el vapor de la espita, como el que grita en la soledad para desahogarse. Teníamos derechos adquiridos y nos los quitaron. Gritamos. Teníamos pagas extra y sueldos mileuristas y nos los quitaron. Gritamos. Teníamos derechos al despedirnos o becas en educación. Nos las quitaron. Y gritamos. Pero como resignados, me da la impresión que gritamos cada vez menos, con menos fuerza. Cada cual se mueve por sus lentejas y no por las del otro. Si en vez de gritar, hay que subir a algún despacho a pedir 4 meses de tregua en forma de taller de empleo por menos de 400 euros al mes, vamos. Y ya debemos un favor, que habrá que pagar votando en las próximas. Pero el trabajo no llega a las próximas. Y la dignidad se ha quedado en la puerta del despacho, la hemos perdido. Y ya no gritamos, porque alguien puede echarnos en cara que hemos recogido las migajas que otros querían coger.
    Y quiero creer que mañana será otro día, que nos uniremos contra estas injusticias. Pero al final, creo que mañana tampoco. Mañana, jueves de fiestas, a las ocho de la tarde, la ternera en la plaza. Colas de una hora para recibir gratis (siempre pensamos que es gratis cuando sale de nuestros impuestos en el IBI creciente año a año) un plato de ternera, un vaso de vino y un trozo de pan. Los más avispados pasarán tres veces. Pero ese día tampoco gritaremos. Recibiremos las migajas. Y callaremos. Y otorgaremos.

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