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Encuestas, análisis y manipulación.
  Mariano Moral  | 7 de mayo de 2014

Lo peor de las encuestas no son sus resultados, si no la interpretaciones que se hacen de ellos en lo grandes medios de desinformación. Las preguntas, los encuestados y los resultados pueden estar más o menos orientados por los encuestadores (o por quién encarga la encuesta), pero cada uno puede interpretarlos como crea conveniente. Sin embargo, cómo nadie accede a las encuestas si no por el filtro de los medios, estos se dedican a convertirlas en una masa a medio mascar infestada de medias verdades y siniestras vueltas de tuerca.

Así pasa con un editorial que aparecía ayer en el diario el El País tratando los resultados de una encuesta sobre la juventud española, el cual da pie a pensar dos cosas: que es producto de la ingenuidad o que camufla intenciones bien definidas.

Se titula Juventud Reformista y, ya de entrada, el hecho de poner juntas dos palabras tan sumamente antagónicas me parece un desatino (en caso de que sigamos pensando que es producto de la ingenuidad), o bien un acto de manipulación y cinismo. Los jóvenes no quieren reformar un sistema que tiende a la corrupción y que de hecho está totalmente corrompido, porque reformar en política (igual que regenerar, otro siniestro verbo utilizado interesadamente por muchos) significa cambiar X número de cosas para que todo siga como estaba.

Los jóvenes quieren revolucionar, mientras que los que tienen determinados intereses en que lo más básico del sistema siga como está aconsejan tímidamente reformar porque quieren primero canalizar, luego adormecer y finalmente anular la ira de la juventud. Hay un imperio detrás de los medios de comunicación de masas (como lo hay detrás de otros sectores empresariales cómo el financiero o el energético, y como lo habrá pronto tras la educación y la sanidad) y todos estos jerifaltes del capitalismo prefieren una juventud tímida, acobardada, idiotizada, embotada en la mediocridad que la meten por los ojos constantemente; una juventud que tenga tanto miedo de perder sus salarios o prestaciones de miseria cómo ellos lo tienen de perder la posición privilegiada desde la que amasan sus fortunas.

Son indignantes los términos en los que utilizan la frase generación perdida, porque para ellos no está perdida por otro motivo que el de no encontrar trabajo, el de no ser productivos, rentables engranajes de su sistema. Nuestra generación estará perdida sólo si permite que la palabra reforma vuelva a ligarse a la de jvuentud, sólo si no se desintoxica de tanta morfina mediática, social y política y no tumba este repugnante amasijo de intereses creados bajo el falso subterfugio de la democracia.

Es digna de elogio la sofisticación con que han diseñado el sondeo en el que se basa el editorial, ni que decir su correspondiente análisis. Afirman, en base a los resultados de su encuesta, que los jóvenes viven esperando que aparezcan líderes cómo Adolfo Suárez o Felipe González. Pero la realidad es que a los jóvenes cada vez les repugnan más palabras tales como líder, diputado, o elecciones. Muy a pesar de las especulaciones que se manejan en el editorial, el sistema representativo, con el rey como guinda, es inviable para las aspiraciones de los jóvenes.

Dan fe de ello los procesos asamblearios que se llevan a cabo a diario en tantos rincones de España (sin cobertura o publicidad de El País o de cualquier otro medio), los cuales son un entrenamiento para demoler el parlamentarismo viciado y vendido que a día de hoy rige nuestros destinos. Muy al contrario de lo que sugieren, nadie (a no ser los que hacen buen negocio de ella) quiere modernizar esta farsa, si no precisamente romperla.

Para aliñar este tibio e interesado análisis, colocan (como el que no quiere la cosa) entre los valores consolidados en la juventud el de España como marca, incrustándolo estratégicamente entre el europeismo y el sistema de comunidades autónomas, de tal manera que estos dos valores quedan supeditados a la imagen de marca de la empresa España S.A., como todo, claro está, en este país. Y este énfasis en la marca España viene a cuento de cara a nuestros verdaderos gobernantes: los inversores o prestamistas capitalistas europeos e internacionales, con los cuales los imperios empresariales, incluyendo los mediáticos, quieren estar bien avenidos.

Europeismo, España como marca, sistema de comunidades autónomas…estos son los únicos valores a los que, muy sutilmente, hace referencia el editorial, porque son tres pilares de su palabra mágica: estabilidad; entendida cómo un que nadie de guerra para que la pasta fluya a nuestras carteras sin problema. Estabilidad para sus negocios, aunque el futuro de tantas familias se hunda en la más pura inestabilidad. De ahí que clamen que los jóvenes no quieren otro sistema económico (¡cambiarlo sería todo un inconveniente para la estabilidad de sus cuentas corrientes!), aunque, para disimular su descaro, luego añadan que sin embargo los jóvenes quieren más control político sobre la economía y el mercado.

Pero que casualidad que los políticos y los hombres de negocios o son los mismos, o se retroalimentan. ¿Se imaginan a un gangster A exigiendo a un gangster B que cumpla la ley? O mejor, ¿se los imaginan exigiéndose ejemplaridad y transparencia de cara a lo ciudadanos? Este hipotético show sería el colmo del cinismo, y sin embargo, a pesar de que la realidad supera a la ficción, según la encuesta los jóvenes tan solo quieren (o se conforman) con enderezar lo torcido. Pero claro, que lo enderece el sistema institucional: la organización del gangster A o la del B, o las dos a la vez. Ya no se puede engañar más a los jóvenes con estas manipulaciones, nada se espera de las instituciones porque estas no están controladas más que por gangsters.

Pero la oscura intencionalidad de algunas partes de la encuesta choca con el absurdo de otras. No se les ocurre otra cosa que preguntar a los jóvenes dónde les gustaría haber nacido de no haberlo hecho en España, y después trasladan las respuestas al editorial cómo si fueran datos científicos y reveladores. Estados Unidos, dicen unos, Alemania, dicen otros, ¿y qué? Es tan patético y ridículo preguntar algo así que ni en el mismo editorial nos dicen a que conclusión conducen las repuestas, simplemente las tiran ahí y quedan tan vacías de contenido como el resto de sus conclusiones, que más que conclusiones son los deseos de esa elite que nos está chupando la sangre sin piedad. Aunque esta conclusión, por supuesto, nunca formará parte de una encuesta.


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