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Empezar a ver un Pueblo
  Mariano Moral  | 4 de mayo de 2014

Pensar por un momento en la palabra Pueblo. Pueblo no es un conglomerado de casas viejas y calles empedradas, si no una comunidad de personas que tienen unos intereses comunes. Para algunos pueden ser los habitantes de una localidad, de una región, de un país o de un continente, y para otros todos lo seres humanos del planeta. Hay quienes dicen que los intereses de los vecinos de Las Navas y Navalperal no son los mismos, por tanto no pueden conformar un mismo Pueblo; los mismos argumentos utilizan los Vascos y Catalanes frente a España, y al contrario, los españolistas alegan que Vascos y Catalanes son invariablemente Españoles. Más recientemente tenemos el desgraciado ejemplo de Ucrania, pero podemos continuar hasta el infinito: musulmanes versus cristianos, primer mundo versus tercer mundo, occidente versus oriente…

Pero, ¿qué intereses puede tener un ser humano si eliminamos de la lista todos los que se le imponen desde fuera por doctrina, cultura, raza, lugar de nacimiento, etc.? Cuando nos hacemos esta pregunta estamos entrando en el terreno de los internacionalistas, de aquellos que alegan que todos y cada uno de los seres humanos tienen lo mismos intereses y por tanto conforman un solo Pueblo: el Pueblo planetario. Ropa, alimento, vivienda, asistencia médica, dignidad, respeto, justicia, igualdad y libertad. Y también el interés de no sentirse ceros a la izquierda sin propósito en la vida, marginados y alienados de ellos mismos, engranajes de un sistema que les utiliza sistemáticamente. Encadenados a una existencia ajena a su naturaleza.

Ahora, una vez leída esta introducción, os decantareis por el concepto de Pueblo que más os convenza. Pero independientemente del que elijáis estaréis de acuerdo conmigo en que los vecinos de nuestro pueblo conforman, como mínimo, un solo Pueblo, un grupo de personas con intereses comunes. Eso es indiscutible, y sin embargo, contra toda lógica, hay una amalgama de intereses creados, intereses que nada tienen que ver con los esenciales de cada individuo y de cada comunidad, que nos dividen y enfrentan, y que finalmente nos hacen olvidar esos intereses comunes que nos deberían unir hacia una meta compartida.

Dinero, propiedad, estatus, ambición, viejos rencores no resueltos. Estas son algunas de las cosas que desde antaño tienden a dividir los Pueblos en Subpueblos, grupos de interés, clanes. Pero por si mismas, estas cosas no tienen tanta fuerza sin un sistema que las canalice; son balas que necesitan de pistola y por supuesto de una mano que apriete el gatillo. Hoy por hoy, aquí en nuestro rincón del mundo, creo que es difícilmente rebatible el hecho de que la pistola es este podrido sistema representativo, vendido a los intereses del mercado, de la cultura del beneficio y del consumo, de todos los amos del metal precioso, fomentador no solo de los más modernos sistemas de manipulación de masas si no de los más arcaicos y efectivos métodos de miedo y control como puede ser el caciquismo.

Pero, ¿quién aprieta el gatillo? Nadie si no todo aquel al que le damos poder sobre nuestras vidas, carta blanca para gobernar, al que traspasamos responsabilidades que nos pertenecen a todos y cada uno de nosotros, al que le damos el hacha que ha de decapitarnos. Este ser, ya sea un alcalde o un presidente del gobierno, un magnate o un caporal de la banca, empuña la pistola y nos empieza a acribillar con las balas de los intereses creados hasta que al final, en medio de tanto balazo, en vez de volvernos contra el que nos dispara, nos agachamos acobardados o nos enzarzamos unos contra otros ante la risa triunfante del pistolero.

En nuestro pueblo, o en cualquier otro, no tenemos necesidad de estos pistoleros de guante blanco y bala invisible. La primera premisa de cualquier Pueblo que se precie es no ser súbdito de nadie, y aquí, por desgracia, no hacemos otra cosa que atenernos a la ley del trono esperando a ver si nos cae algo de las alforjas reales. Si no reaccionamos, este perverso sopor de indiferencia y egoísmo que parece controlarnos se hará hereditario, y el futuro de este Pueblo no será más que una jauría de individuales bailando como peonzas al son de la autoridad de turno; sin perspectiva y sin otra razón de ser que esos vacíos intereses creados que nos convierten en presa fácil y que nos alejan de todos esos intereses que verdaderamente definen al ser humano, su felicidad y su libertad.

Los intereses creados no podrían triunfar sobre lo comunes si empezásemos a involucrarnos directamente, sin esperar soporte o ayuda de ningún político o partido, en el gobierno de nuestra comunidad. Construir un sistema participativo que impida que los intereses creados, siempre latentes, siempre alerta, se impongan a los esenciales, ya sean individuales o colectivos. Un sistema del que nazcan proyectos comunes que beneficien a todos y en los que todos tengan voz y voto y nadie acapare ni una gota de poder sobre los demás. Entonces nos daríamos cuenta de que efectivamente somos un Pueblo y de que no podemos dejar que nadie ni nada nos divida si queremos dejar un legado mejor a las generaciones que vienen, no solo material, si no político y social. Es urgente olvidarse del voto, despegarse del discurso partidista y dejar de fingir que creemos en un sistema corrompido hasta la médula. Es urgente salir a la calles de Las Navas y empezar a ver un Pueblo.


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