Las Navas del Marqués a 14 de noviembre de 2019   

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RELATO BREVE
El Árbol
  Mariano Moral  | 13 de abril de 2014

Corre, corre, corre sin parar. ¿Té das cuenta de lo que es correr? Piénsalo. Piensa en tus pies peleando entre ellos por llevar la delantera, en el silencio roto por tú aliento, en el sudor frío que te hace sentir sucio pero libre. Pero sobre todo detente en dos detalles, te pido que te detengas en ellos sin dejar de correr, comprende que dos cosas tan hermosas tienes a tiro de tus sentidos: tus dientes apretados y la tierra pasando bajo tú cuerpo. Ahora te pregunto si no correrías durante toda una vida, sin pararte a perder el tiempo bebiendo o comiendo, amando u odiando, aprendiendo o ignorando. ¿No correrías eternamente si tuvieses suficiente valor como para hacerlo?

Esta era la rutina de mi vecino, un correr constante con sus manos nudosas agarradas a la barandilla del balcón y una antigua colilla apagada emergiendo de entre su frondosa barba. A todo parecía gritarle una y otra vez aquella maraña de palabras (prácticamente lo único que oí salir de su boca): al sol y a la luna, al viento helado de noviembre, a las nubes que se retiraban y a la escarcha que las aventaba. A todo parecía dirigirse menos a sus semejantes: a los cuervos del tendido eléctrico, a las ratas que en las madrugadas se daban un festín de comida podrida en la trasera del supermercado, y a los perros, especialmente a los perros que caminaban atados a sus carceleros.

Si le vierais con esas agujereadas zapatillas de andar por casa, con su eterna bata negra llena de pelotas, con un gorro de lana también negro, empapado de sudor en verano, blancuzco en las mañanas de enero y febrero, blanco perfecto para las heces de paloma en verano. Había en su estampa algo gracioso, grotesco y triste al mismo tiempo. Sin embargo también había algo heroico y poderoso en él: sus ojos, grandes y compasivos como los de una ballena, grises como los del solitario lobo, y sobre todo su voz, un aullido imponente de capitán de barco dando órdenes en medio de la tempestad. ¡Corre, corre, corre sin parar!

Vivía sólo en el piso contiguo al mío, aunque más exacto sería decir que vivía sólo en su balcón. No sé de qué se alimentaría un ser humano que no se movía de su baldosa descolorida, pero corrían fantásticas historias de gaviotas que venían a depositar pescaditos en su lengua, de gatos escalando las tres plantas que le separaban del suelo para dejar a sus pies sobras que encontraban en la basura de los restaurantes, incluso de ardillas que le traían almendras de los lejanos árboles del parque. Y beber, ¡ah! la lluvia le bastaba en este gris lugar donde casi nunca deja de llover, pero de todos modos cualquier ser le habría traído el agua que por desgracia necesitaba su cuerpo, igual que los había (los tenía que haber) que limpiaban lo que su cuerpo ya no necesitaba.

Al principio, cuando mi novia y yo nos mudamos al piso, intenté hablar con él, construir confianza contándole mis problemas, entretenerle con fútbol o política, recurrir a los manoseados tópicos del tiempo y los cotilleos del vecindario. No tardé en desistir y finalmente me dediqué a observarle y a hacerle silenciosa compañía desde mi balcón. Con el tiempo también me convertí en una especie de guardaespaldas, cuando alguien se reía de él o le insultaba desde la calle yo salía en su defensa, también cuando a altas horas de la noche algún vecino le amenazaba con llamar a la policía si no dejaba de gritar su anacrónica parrafada.

Y así pasaron los años, muchos años, y mientras él había dejado de hacerse viejo desde hacía ya mucho tiempo, yo tuve hijos y nietos, unos se fueron del barrio, otros vinieron, todo se transformó sin que yo me percatara de ello, incluso un buen día me vi sorprendido de lo que habían crecido los árboles de la avenida, cuyas ramas ya casi invadían el balcón de mi piso. Todo me parecía un torbellino incontrolable que me arrastraba a toda velocidad hasta la boca del desagüe y ya no podía recordar que había sido de mi vida, ni siquiera me parecía haberla vivido.

Cierto día estaba en el balcón, cerca del infatigable compañero, contemplando con tristeza mis secas y temblorosas manos cuando, de súbito, como una iluminación, caí en la cuenta de que mi mujer había muerto, de que mis hijos y mis nietos se habían ido, de que la única conexión con mi pasado, el único rastro de que efectivamente viví, era una pensión mensual de quinientos cincuenta euros y una asistenta que limpiaba, cocinaba y me daba la medicación. Deseé volver a nacer y empezar a correr, a correr, a correr sin parar, sin detenerme a comer o beber, a amar u odiar, a aprender o a ignorar. Le miré pensando que las ramas del árbol de la avenida no tardarían en alcanzarle y en aquel instante me pareció que el único sentido de su avance lento pero imparable era llegar a abrazarle con sus retorcidos brazos.

Entonces una ráfaga de viento recorrió la avenida y las ramas se empezaron a revolver sobre su tronco. Una de ellas le acarició el rostro con sus tiernas hojas de primavera y justo en ese instante una melancólica y dulce sonrisa, la primera sonrisa, se dibujó en su boca y acto seguido empezó a llorar. Luego aspiró profundamente el aire de la tarde, agarró con cuidado, casi con ternura, aquella rama y acercó su boca a una de las hojas mientras susurraba “al fin, amigo mío, al fin has llegado”. Acto seguido se lanzó al vacío (¡con qué crudeza y realismo recuerdo aquel instante!) como un nadador que se zambulle para bucear en el aire.

En un impulso, y a despecho de los achaques de mi edad, salté a su balcón y me encaramé aterrorizado a la barandilla. Cuando miré hacía bajo comprobé estupefacto que no había ningún cuerpo aplastado contra la acera y pensé si acaso no le habrían cogido las raíces del árbol para guardarle eternamente en su seno. En medio de la extrema confusión en la que me encontraba de pronto lo vi todo claro: era ese árbol, que un día no fue más que un raquítico arbolito plantado en medio de la acera, a quién siempre se dirigió aquel hombre, a quién dedicó su existencia, a quién gritaba incesantemente que corriera, que corriera sin parar, sin detenerse a beber o a comer, a amar o a odiar, a aprender o a ignorar.

Me giré con la idea, o quizá la urgente necesidad de entrar en la casa del vecino, pero las persianas estaban cerradas y aseguradas con un candado oxidado. Salté de nuevo a mi balcón (con una facilidad que me dejó sorprendido), atravesé mi piso y salí al portal con la descabellada idea de forzar la entrada de la casa del vecino, pero resultó inútil porque de pronto estaba oculta bajo varios tableros clavados a sendos lados del cerco. Después entré en casa abatido, con una sensación de vacío que me ahogaba y escribí todo esto, en realidad he terminado de escribirlo hace cinco minutos y lo extraño es que mientras lo hacía me parecía estar escribiendo en un remoto pasado, lejos de este instante, cuando aún tenía la oportunidad de salir de una vida a la que no pertenecía para correr, correr y correr sin parar, cuando aún podía ser el árbol.


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