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El pueblo de piedra
  Mariano Moral  | 24 de octubre de 2011

El día anterior había llegado a ese pueblo empujado por una extraña atracción que aun no comprendía. Andaba medio infiltrado y distraído atravesando con parsimonia sus calles con la sensación de que yo era un ser invisible para las gentes que lo poblaban. Daba la impresión de que aquel lugar construido en piedra se había convertido en una gran piedra en si mismo, una gran piedra sólida y compacta cuya superficie exterior estaba cubierta de líquenes y musgo y que de alguna manera inmovilizaba y aislaba en su interior las vidas de sus pobladores.

Mientras mis pasos avanzaban a la deriva, en un sin ton ni son, las almas que se movían por los recovecos de la gigantesca piedra parecían rodar sobre raíles invisibles que les guiaban por una rutina inamovible.
Todo estaba en su sitio y sin embargo todo parecía desencajar, sobre todo con la realidad cambiante e inestable que se extendía afuera de esa gran piedra que yo materializaba en mi mente.
Para un observador precipitado, como lo era yo, esas anchas avenidas adoquinadas o asfaltadas, bordeadas por acacias, plátanos, jardines, casas bajas, chalets o grandes edificios de hasta cuatro plantas, podrían parecer un espejo cóncavo construido deliberadamente por las gentes que habitaban la gran piedra destinado a reflejar una realidad ficticia de opulencia y bienestar que les mantuviera en el terrible engaño de creer ser o tener donde ni se es ni se tiene.

Sin embargo algo estaba creciendo poco a poco en mi interior que me hacía cada vez más difícil la tarea de observador, de repente yo me sentía misteriosamente ligado a ese gran monolito cuyas tripas estaba atravesando como un fantasma e intuía (o algo profundamente enterrado en mi intuía) que ese precioso lugar era el fruto del trabajo duro de sus gentes, de la tenacidad y el esfuerzo, sabía que esas gentes eran y tenían y que la ficción que se respiraba en el ambiente no residía en lo que mis ojos veían si no en algo mucho más complejo y oculto, en una fuerza que parecía absorber y apropiarse de la energía de esos ciudadanos cuyos ancestros levantaron aquel lugar y que ahora permanecían inmovilizados dentro de una rutina inamovible de ceguera, ignorancia, codicia, ambición e indiferencia.

A medida que avanzaba me sentía más y más dentro de la red de piedra porque a cada minuto se fortalecía mi conexión con ese pueblo y por tanto el influjo que esa maldita fuerza ejercía sobre mí. ¿Qué estaba pasando? Todos mis esfuerzos por ser un observador imparcial, un infiltrado en la gran piedra, un espía de la realidad cotidiana, se tornaban inútiles. Sentí entonces que algo surgido del suelo atrapaba mis pies, raíces de piedra brotaban de la misma piedra que conformaba el pavimento y ascendían por mis tobillos lentamente rodeándoles hasta dejarme inmovilizado.

Por un momento sentí miedo, y sentí miedo no porque esas raíces estaban empezando a presionar con una insoportable fuerza mis tobillos, si no porque desde aquel instante todos aquellos que se cruzaban conmigo habían pasado de ignorarme a saludarme afablemente y ya no parecían figuras grises ni ir guiados sobre raíles como vagones de un tren si no que movían libremente sus pies y sonreían, y gritaban y parecían vivir en plenitud o al menos con la mayor plenitud que podían.
En cuestión de minutos la presión de mis piernas desapareció y con ella todo rastro de la gran piedra que, según creí entender, encerraba todo cruelmente. El cielo se volvió azul y mi visión de aquel lugar se transformó radicalmente, de repente sentí vergüenza por haber pensado que aquellas gentes que ahora veía como mi gente estaban ciegos, permanecían en la ignorancia, vivían imbuidos en la codicia y la ambición y sentían la mayor de las indiferencias.

Ahora todo encajaba y en aquel instante no hubiera podido describir mejor el pueblo con ninguna otra palabra que no fuera el adjetivo idílico. Todos esos revuelos exteriores que yo había visto en mi camino hacia este lugar y que me habían marcado profundamente aquí se diluían hasta desparecer. ¿Me encontraba en el ojo inamovible, en el remanso de paz, de un huracán que estaba empezando a remover los cimientos del orden que hasta ahora reinaba en nuestro planeta? La paz que aquí se respiraba era adictiva. Deseé quedarme para siempre puesto que estaba seguro de que nada podía afectar el equilibrio de este lugar: no se veían bandas de energúmenos ocupando las calles con pancartas pidiendo cambios, profundos cambios, revoluciones; no se veía miseria ni parecía que hubiera ningún motivo para levantar la voz contra la autoridad competente y toda sensación de que el mundo se estuviera resquebrajando aquí simplemente se esfumaba.

Eran tales la armonía y el equilibrio reinantes que todo funcionaba por inercia, como un engranaje inteligente y autónomo que no necesita mantenimiento y cuya energía proviene de una fuente inagotable que siempre le mantendrá en funcionamiento; incluso el alcalde no veía la necesidad de estar pendiente de sus funciones y parecía tranquilo y satisfecho mientras fumaba un gran puro sentado en la terraza de un bar.

La euforia que entonces se apoderó de mi me empujó a hablar con la gente. Me sorprendí al comprobar que, aunque muchos estaban completamente conformes con la situación del pueblo y por tanto con las personas que lo regían, no eran pocos los que renegaban de la administración y pedían un cambio, un cambio de personal digo, no de modelo, y tenían sus propios candidatos y propuestas. De esta manera pasé el resto del día, hablando con unos y con otros y poco a poco me empezaba a dar la sensación de que para que el engranaje funcionase (y por tanto se eternizase) tenía que coexistir esta dualidad formada por los que quieren seguir gobernándole y los quieren pasar a gobernarle. Así lo entendí y me dije a mi mismo que si así tenía que ser así fuese porque yo me sentía realmente a gusto dentro del mecanismo y casi empezaba a hacerme adicto a el.

Sin embargo, y a medida que avanzaban las conversaciones, empezaba a reaparecer involuntariamente en mi mente la imagen de aquella piedra monolítica cubierta de líquenes y de musgo y renacía en mi la incómoda (y por momentos olvidada) sensación de que detrás de tanta parafernalia se escondía una realidad contaminada, podrida, insana. Yo intentaba impedir por todos los medios que mi recién estrenada visión paradisíaca de aquel lugar despareciera y seguir así viéndole como un sitio de ensueño, pero todo se fue al garete cuando alguien dijo (o tal vez fui yo el que lo dijo) que en aquel lugar algunas de las personas que quieren cambiar las cosas las cambiarán para que todo siga igual.

Entonces sentí como una cuchillada la fuerza que crea la ficción en la que se sostiene aquel lugar, entonces puede ver claramente de donde manaba esa fuerza y cuan difícil era vencerla, entonces aparecieron ante mis ojos cientos de raíles clavados al suelo de los bares, a las baldosas de las aceras, al pavimento de las calles y las personas que me rodeaban empezaron a rodar sobre ellos y se tornaron grises y dejaron de hablarme. Entonces comprendí que yo vine aquí sobre raíles y me marcharé sobre ellos, me miré al espejo y era tan gris como los habitantes de aquel lugar y aquel sitio que yo había visto durante algunas horas como un remanso de paz era sin duda la parte mas violenta del huracán, el auténtico campo de batalla.

Todo ha de cambiar para que todo siga igual. Esa es una cara de la ficción.
Todo ha de seguir igual para que todo cambie. Esa es la otra.

Salí de aquel pueblo al día siguiente y tras varios kilómetros de marcha me detuve en lo alto de una loma y volví la vista atrás. Sentí una aguda punzada en el pecho, mitad orgullo, mitad rabia: ¡yo soy uno de ellos!—exclamé. Me giré al instante para seguir mi camino y desde lo alto pude contemplar con cierto alivio que las bandas de energúmenos seguían su inexorable camino hacia el cambio, hacia el cambio profundo, hacia la revolución. Hacia el día en que la cosas cambien para que todo cambie y nadie quiera que todo siga igual para que no se repitan constantemente las mismas ficciones con distintos nombres. Ese día la gran piedra que encierra en la ficción a aquel magnífico pueblo saltará por los aires y esa fuerza que a día de hoy la sostiene y la fortalece quedará reducida a nada.


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