Las Navas del Marqués a 16 de octubre de 2021   

32 visitas ahora

 

FERNANDO RODRIGO
LA CONSIDERACIÓN
  FERNANDO RODRIGO  | 16 de febrero de 2014

16 de Diciembre

Me duelen los ojos. Falta de costumbre, supongo. La humanidad ha realizado multitud de tareas a la luz de las velas durante siglos, pero ahora la comodidad tecnológica en la que estábamos instalados parece haberse incorporado rápidamente a nuestra herencia genética. Constanza y los demás niños de la casa se lo toman todavía como un juego, se afanan en hacer hogueras en el jardín y celebran el adelanto forzado de las vacaciones. Creo que siguen todavía bajo los efectos de la aurora boreal que eclipsó toda la decoración navideña hace 72 horas, bueno, de boreal nada, se vio hasta en Casablanca. Mejor así, necesitamos factores que disminuyan la angustia vital que empiezo a percibir en las caras de mis vecinos, la misma que debe reflejar la mía. Y es que empieza a faltarnos de todo. Pienso en los refugios antiatómicos que se hicieron construir algunos durante la Guerra Fría, uno de ellos bien surtidito es lo único que nos daría tranquilidad ahora.

Dos emisoras de radio con equipos autónomos han empezado a emitir de nuevo, y nos vamos enterando. Eyección de masa coronal con polaridad sur, así se llama lo que salió del Sol hace seis días y nos alcanzó hace tres. Una inmensa nube de gas magnetizado, la tercera y más devastadora onda de choque que provoca una erupción solar de gran intensidad. La cosa tiene bemoles. Han caído varios satélites de comunicaciones por la expansión atmosférica que provocó la primera onda de radiación, los transformadores de las centrales eléctricas están fritos y al parecer llevará meses recuperarlos, no hay flujo continuo de energía en ningún lugar del planeta, en una palabra, no hay suministros, es la globalización del desastre. Ahora miro a nuestra estrella madre con aprensión. Nos ha dado donde más duele. Ya había sucedido antes, hacia 1867, pero entonces los efectos se limitaron a una red de telégrafo incipiente que quedó achicharrada. Esta erupción ha sido 10 veces más fuerte al parecer.

La radio dice también que han empezado los saqueos. Van a empezar a distribuir agua en camiones cisterna, la poca que sale por el grifo ya no es potable. Las comunicaciones por móvil han vuelto pero no podemos recargar baterías. Esto tiene mala pinta.

19 de Diciembre

Hoy he atropellado a un hombre. Estoy casi seguro de que lo he dejado mal herido. Y digo casi porque lo último que se me hubiera ocurrido hacer en ese momento es pararme a comprobarlo. Ha sido cuestión de supervivencia, así lo he percibido yo al menos, y en la situación actual eso me basta para tranquilizar la conciencia. Debí haberlo previsto, asaltan hasta a las ambulancias para robar los bidones extra de combustible que llevan, la gasolina cotiza al alza. Todo el mundo quiere largarse. Al final he podido convencer a mis viejos para que abandonen la casa. Pobres, han sufrido una regresión al Madrid sitiado de su adolescencia. He cogido la vieja pistola del abuelo.

Desde aquí será más fácil llevarlos a todos al pueblo, no tengo que atravesar el centro, solo necesito cinco o seis litros más de gasoil, la tormenta solar me pilló casi en reserva y el ejército tomó rápidamente los depósitos para los equipos electrógenos de urgencia de hospitales, comunicaciones, y de la industria eléctrica.
Tenía que contarle algo a Cristina porque he llegado más blanco que la pared, así que le he dicho que me estampé con otro coche. No se lo ha tragado pero tampoco insiste.

La involución es total, dudo que a estas alturas quede ya un centro comercial por arrasar en 30 Km. a la redonda. Constanza está muy asustada. No paran de oírse tiros hacia el monte del Pardo. Tengo varios vecinos cazadores, así que rezo para que pronto tengamos barbacoa de gamo. La despensa empieza a menguar de manera preocupante. La casa está helada.

22 de Diciembre

“París para Navidad” decían los alemanes después de la ofensiva del bosque de las Ardenas al final del 44. “Gredos para Nochebuena” me repito yo ahora en voz alta de manera obsesiva. Espero tener más éxito que Von Rundstedt, a él se le acabó la gasolina de los tanques. El valle del Tiétar se me antoja muy lejano. Es la primera vez en mi vida que el stress me impide pensar con claridad, y que tiene efectos fisiológicos tan patentes; estoy estreñidísimo y tengo como oleadas de jaqueca. Desde el incidente del jueves compruebo una y otra vez que he puesto la pistola en el tercer cajón del escritorio y me hago a menudo una consideración. Es de pesadilla. Debo estar preparado si llega el caso, no puedo tener el menor atisbo de dilemas morales, puede ser la primera y la última oportunidad de defender a los míos, y radio macuto informa que la carretera está llena de gente que se ha quedado tirada y es peligrosa. Me viene a la memoria un compañero de facultad, no recuerdo su nombre.

Era etíope, había conseguido ayuda a través de los misioneros salesianos para estudiar en España, y listo como el hambre, nunca mejor dicho. Se reía de lo que llamábamos problemas. Nos contó que todos los días, cuando salía de su aldea con 10 años para ir a buscar agua a varios Km., siempre temía que al volver a casa hubieran violado a su madre y a sus hermanas, matado a su padre, y le obligaran a empuñar un Khalasnikov por una buena temporada. Él ya había superado con nota esa tesitura, “cuando la comida escasea -nos decía-, hay que robarla, y si robas, o matas o te matan, todos los depredadores lo hacen.” Ahora es el primer mundo el peor preparado para afrontar este momento. La tortilla ha dado la vuelta.

Rafa y Carlos, dos vecinos, y yo, hemos localizado por fin el mercado negro de gasofa de la zona. Un desguace no muy lejos. Cogí la pistola por si acaso, me puso de los nervios sentirla en la rabadilla todo el rato. No valgo para esto. La cosa ha ido suave, aquello estaba lleno de gente, era como la cueva de Alí Babá, están amasando un tesoro. Nos hemos aplicado en el trueque. Joyas y alimentos valen como moneda de cambio, lo que sea con tal de salir de aquí. Esta ciudad apesta.

25 de diciembre

Me he quedado dormido al lado de la chimenea, la cara me arde y he tenido la primera erección en muchos días, será el calorcito. Tengo un agujero en el estómago. Menú de nochebuena: tres latas de sardinas, dos de lentejas, y un trozo de cecina y tres tomates que me regaló mi amigo Adolfo, el forestal. Improvisamos unos adornos navideños con piñas y me arranqué a cantar un villancico para animar a Constanza, pero solo conseguí que me siguiera tímidamente, estaba todavía traumatizada por el recibimiento. Se acabó la proverbial hospitalidad castellana, hemos exprimido durante décadas al campo y ahora le han puesto puertas. No me extraña. Hay vigilancia civil. Dos lugareños con escopetas de caza apostados a la entrada del pueblo para intimidar, también en el secadero de jamones…y dos sujetos despanzurrados en plena calle.

Voy a ir a la tahona a por pan de maíz. Están sonando las campanas y huele a leña quemada. Que bien que queden cosas inalterables. Sí, hemos hecho bien en venir, resistiremos aquí hasta que todo pase. Adolfo me dijo que hoy iríamos a buscar setas, va a llevar la escopeta por si vemos alguna liebre, y también por si acaso. Lo que más me inquieta es que llegue ese momento, ese maldito momento. No puedo dudar, tengo que estar preparado.


COMENTAR

Comentar con tu usuario de Facebook






- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 16 de febrero de 2014

Espacio Publicitario








OTROS ARTÍCULOS DE RELATOS Y POESÍA







© ElNaviero.com 2021 - Realizado con SPIP - Administracion y Redactores - Creditos - RSS RSS - Hosting