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FERNANDO RODRIGO
HIBERNAUTA
  FERNANDO RODRIGO  | 2 de enero de 2014

Fue hace ya cinco años.
El autobús de línea me dejó en medio de la nada y bajo un intenso chaparrón, así que me puse en modo trote legionario por el estrecho arcén de la carretera comarcal en la dirección que el conductor me indicó, para llegar raudo a la residencia de religiosas en la que me habían citado. Un coche adelantó a otro a mi espalda y pasó a escasos centímetros de mi triste figura, susto de muerte que hizo que me formulara un “¿qué hago yo aquí?”, el segundo de ese día, aunque no el más grave, ya que el primero de ellos explotó en mi cerebro esa mañana a primera hora, en casa, después de que Ella me afeara la conducta ausente en la que llevaba instalado desde hacía una temporada. “Autista” era la expresión que había utilizado, su puntería es fantástica cuando se trata de acertar con la sal en la llaga.

Al fin había cedido. Como siempre. Soy dócil. En aquella época nuestras discusiones giraban a menudo en torno a la necesidad de someterme a algún tipo de terapia que me ayudara a despejar ciertos nubarrones y me instalara, nos instalara, en un estado de armonía permanente, lineal, power flower, aquí el Amor. Además, Ella tenía mucha más experiencia que yo en ayuda psicológica y pugnó por superar mi escepticismo.
Pues bien, allí estaba, empapado pero vivo, dispuesto a “constelar”, o sea, a integrarme en una constelación sistémica, toma ya. Una suerte de psicodrama donde uno elige a otros, desconocidos, para representar a ciertos miembros de su familia y dejarles interactuar de forma espontánea. La idea era visualizar conflictos antiguos, de esos que anidan en la azotea, y ¿de esa manera? ayudarles a volar.

Entro en una sala amplia, desnuda salvo por unas sillas dispuestas de espaldas a las paredes de forma que los asistentes rodearan el espacio de representación. Hay abundantes cajas de kleenex distribuídas entre las sillas, “qué detalle”, pienso en mi ignorancia. Me siento al azar mientras el coordinador nos da la bienvenida. Hay una chica a mi lado pero como no es Mónica Bellucci y además estoy tenso no reparo en ella. Mientras esperamos unos minutos a los que se retrasan la chica me pregunta quién me ha recomendado la constelación, “mi mujer” - le contesto demasiado rápido -. Tiene un rostro agradable, simpático, universitario, creo que es la persona más joven de los presentes. Me cuenta que está formándose para impartir esa terapia.
Ya estamos todos, el coordinador nos invita a presentarnos uno a uno y, a continuación, nos explica el objetivo de la terapia que vamos a realizar: “Este es un taller de aceptación…”.
En la primera “constelación” ya descubro para qué tanto kleenex. La gente llora mucho en estas terapias, las mujeres a moco tendido, no se bien si producto de la autosugestión. Me parecía increíble que la gente pudiera meterse en su papel con esa intensidad. Ni que aquello fuera el Actor´s Studio. Problemas familiares que salían a la luz, traumas de anteriores generaciones que condicionan la presente. Menuda juerga.
Llega el momento de representar mi “constelación”. Explico que quiero tratar la relación con mi padre – Ella estaba convencida de que era algo que tenía que resolver por encima de todo-. El coordinador me pregunta sobre la historia familiar. Me pide que elija a tres “actores”: uno para representar a mi padre, otro a mi abuelo y un tercero que representa a los que le tuvieron entre rejas durante tres años, toda la guerra. Una historia de odio, sí, en aquella representación “mi abuelo” decía “te odio” a su carcelero, ¡pues claro joder!, meridianamente claro. Y “mi padre” de espectador callado, amedrentado. Conclusión: mi padre había sufrido ese odio y probablemente había heredado una buena dosis del mismo. ¿Y?, ¿explicaba aquello mi rencor? ¿Explicaba más bien la soberbia de mi padre? No lo sé. No saqué ninguna conclusión definitiva, salvo ratificar que mi padre las había pasado canutas en su adolescencia, cosa que por otra parte ya sabía.
La última constelación del día, la traca final. Un sujeto que si no se echa novia pronto le va a dar algo, el pobre no moja ni pagando. Tiene un aspecto taciturno y anodino, como de cura de paisano que enseña Química en el colegio, y lo tiene clarísimo a la hora de elegir a sus actores: la chica de al lado y yo. El coordinador nos posiciona uno frente a otro y nos deja en paz, a ver qué pasa. Eso digo yo también, a ver qué pasa.

Todos nos miran mirarnos, pero nuestros ojos apenas se rozan, estamos envarados. Muy poco a poco empiezo a aislarme del entorno y a concentrarme en esa figura femenina, en su candor. La recorro lentamente de arriba abajo –“buenobuenobueno”- y noto que empieza a respirar más hondo. Un minuto, quizá dos, los dos clavados, no hago nada más salvo constatar bastante inocencia y mucha tersura, y cuando mi mirada reposa al fin en sus manos se deja caer lentamente, se sienta en una pose como de picnic, pero algo nerviosa porque no para de moverse, hasta que con la vista puesta en el suelo contrae un poco sus jambas bien torneadas, acerca su cara al hombro apoyado, y me mira. Y no es tanto su mirada fugaz como la caída de ojos que viene a continuación lo que me altera tanto. Un solo gesto de coquetería combinado con gotas de tristeza, menuda carga de profundidad, seducción con cinco destilaciones, purísima, más que suficiente como para hacerme sentir que salgo de un profundo letargo. El coordinador me dice que de un paso adelante. Salgo a desgana de mi zona de confort y se me nota, el muy capullo ha roto el hechizo. Miro de reojo al soltero de oro que parece babear como si estuviera viendo una peli porno, el coordinador le explica algo al oído y luego me pregunta que qué siento, ¡Que qué siento! ni me molesto en contestar, estoy demasiado pendiente de esa figura a mis pies, de resistir esa incursión en mi fortaleza. No prolongo más la escena, me agacho y la cojo del brazo lo más delicadamente que puedo, que es mucho, y le susurro: “Vamos, levántate”, y accede. Ahora estamos muy cerca, dejo caer mi mano hasta tocar la suya, un rubor dulce acude a su rostro, cierta sumisión en la mirada, esa mirada. El coordinador está explicando algo a la audiencia sobre nuestra actitud corporal para dar por terminada la “constelación” y como para hacer la gracieta va el tío – que no tiene ni puta idea de la empanada mental que tengo yo en ese momento, o precisamente porque sí la tiene- y suelta: “Bueno, y ahora ya ¡que se besen nooo!”, a lo que mi partenaire pregunta “¿puede ser un abrazo?”, la respondo yo atrayéndola presto entre mis brazos y la beso en su sien que está a la altura de mis labios, momento en el que todos aplauden. Fin de la escena. No recuerdo si nos dijimos algo intrascendente o nos dimos las gracias, o la enhorabuena, o el pésame. Estaba bastante obnubilado la verdad.
Todos salimos a bulto de la sala. Fuera alguien propone tomar unas cervezas, me apunto. La busco en el grupo pero no la veo, casi mejor...

Una caña tras otra pero apenas hago por iniciar conversaciones. Y en la recámara una presencia constante, y en el pecho una desazón que intento reprimir a marchas forzadas porque tengo que volver al hogar. Pero de repente me vuelvo y la veo. Esto es otra cosa, animado por el brillo de sus ojos despliego una oratoria contenida, ni más ni menos la que ese momento requiere. Lo percibe, no, más bien lo crea, un río de pura emoción, etéreo, pero fuerte como un lazo corredizo que tensa y destensa a voluntad, como que es mujer. Me acepta a su lado en el camino de vuelta a la residencia, todo me indica que puedo prolongar el momento. Hablamos un poco de mi trabajo y me cuenta que se va a quedar en la residencia con otros aspirantes a “consteladores” y que a la mañana siguiente tienen meditación y no sé que más. La cosa me suena a ejercicios espirituales, pero vaya usted a saber, a lo mejor se trata de quedarse en pelotas colectivas para verse el “aura” a modo. Dice que le ha gustado mucho mi constelación familiar, yo no le cuento lo que me ha provocado la del colega que se las tiene que quitar de encima.

Dos participantes en el taller se ofrecen a llevarme en coche. Me despido, dos castos besos, “nos veremos” le digo también demasiado rápido. No es una promesa solapada, no le he pedido el teléfono, no es ni siquiera una vaga esperanza porque he tardado un segundo en sopesar todas las opciones y decido que pase a ser un recuerdo ¡ya!... pero mi lado más visceral quiere dejar todavía un pequeño resquicio abierto por donde fluya un poco más de aire fresco antes de cerrar definitivamente esa puerta.

Las dos mujeres en el coche, de vuelta, hablaban de sus divorcios. Yo removía las brasas una y otra vez, pero es que menudo susto me había llevado.
Poco a poco la exaltación dio paso a la melancolía. Estaba tocado, pero notaba que me recuperaba a marchas forzadas. Ah! claro, siempre es más fácil si no rematas la faena, además, ni que fuera la primera vez que no doy el paso decisivo hacia el sexo integrador, el miedo es libre, y a mí las féminas me han dado siempre mucho miedo… salvo Ella. Pero todo dura lo que tiene que durar y yo ya me he convertido en un hibernauta, ya solo puedo vivir conmigo y mis pensamientos, y es que, como decía aquel bolero: “Si me enamoro, casi siempre lloro, y me decepciono si mi amor fracasó”.


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 1 comentario
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     HIBERNAUTA  31 de enero de 2014 20:28, por Santos

    No quería reconocerlo, joder, pero es que eres bueno tío. Y además un lujo que colabores con este periodicucho, que gracias a ti y a otras plumas también prestigiosas, (si; prestigiosas, no peligrosas), dan caché y empaque a este proyecto que ha dejado de serlo, para convertirse en una realidad bien cimentada en la actualidad. Por cierto, lo haces mejor con la pluma que ya hace años con la raqueta. Lo de los minis, mejor me callo. Bienvenido y un abrazo. Es un orgullo contar contigo. Gracias veraneante de los cojones.

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- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 2 de enero de 2014

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