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FERNANDO RODRIGO
La carne y la sangre.
  FERNANDO RODRIGO  | 1ro de diciembre de 2013

• ¿Nombre?
• Alejandro Levy.
• ¿A qué se dedica?
• Asisto a los pensadores.
• ¿Vivís en conventos verdad?
• Si.
• ¿Sois como monjes, no?
• Bueeeno…
• ¿Tienes pareja?
• Tuve.
• ¿Qué pasó?

Demasiado interrogatorio para una simple extracción de sangre, así que chasquea la lengua pero le ofrece una sonrisa al mismo tiempo. Además, ha perdido la costumbre de conversar con mujeres y le abruma, algo que va a cambiar radicalmente en las próximas horas.

La doctora tiene un aspecto algo andrógino y refinado con su pelo corto a lo garçon y una piel que parece de porcelana, “notable mezcla anglo-asiática, aire muy profesional no exento de cierta altivez” – define con maestría y por deformación profesional.
• Su estado general es bastante bueno…, pero ha dado positivo en el crescent -el virus de la media luna estaba causando estragos y había alcanzado a comunidades de pensadores como la suya, usuarios habituales de servicios sexuales-. Podemos tratarle aquí, claro que tendrá que ingresarse unos días.
• ¿Cuántos?
• Depende de las pruebas, todavía no sabemos exactamente el grado de afectación.
• Esto no lo tenía previsto –de repente su actitud ha cambiado, el miedo hace que empiece a mirar a la doctora con otros ojos-.
• Bien…
• No, de bien nada, es un putadón.
• Oh, sí, es un fastidio desde luego… sobre todo para alguien de su perfil – baja la vista y esconde un amago de sonrisa– .
• No le quepa la menor duda.
• Sí, conozco su disciplina.
• Lo dudo, no la conozco ni yo.
• Pero sí los principios que la animan. Y, la verdad, no creo que sea lo mejor para el sistema inmunológico.
• Lo estamos solucionando.
• ¿Drogas de subnivel, sexo virtual… o voto de castidad?
• Estamos abiertos a todo.
• ¿También a ciertos sentimientos?
• ¿Cómo? … eeh… Bueno, creo que se refiere a un solo sentimiento. Y, sí, ese nos lo quitamos de la cabeza voluntariamente… ¿Pero por qué todo el mundo hace tantas preguntas aquí? Estábamos hablando de mi tratamiento...
Le ha forzado una respuesta que no tenía previsto dar. Él no es tan indiferente como creía a cierta comunicación no verbal que se ha empezado a establecer entre ellos.
• Seguiremos el protocolo. Será duro, y será mejor que nos deje hacer.
• Qué remedio.

Las luces se activan al paso de la camilla y se apagan al instante. Es como un sueño, como una antorcha que avanza en la cueva.
• ¿Dónde me llevan? -solo lo ha pensado, no tiene ganas de hablar, una ligera sedación.
Llevaba un buen rato allí tumbado, empieza a creer que se habían olvidado de él. Además, hace frío (el Explorador Celular necesita una refrigeración intensiva) y está desnudo con solo una sábana verde quirófano que no le cubre del todo. Levanta la cabeza y observa el entorno: anticuado pero aséptico, sin ventanas al exterior, el típico sitio para trabajar absolutamente depresivo si no se tiene mucho que hacer; bolsas de suero colgando a su lado, agujas hipodérmicas y frascos de medicamentos en una encimera, un lavabo, una mampara de cristal y bastante oscuridad al otro lado salvo por las pantallas de control del explorador. Al fin llega una enfermera. No le ve el rostro, por la mascarilla; le coge una vía en silencio, con delicadeza…, deja un aroma herbáceo en el box. Se retira a la cabina de control y pone en marcha el proceso.
Esta máquina le fascina, le hace pensar en una estación espacial con su doble movimiento longitudinal y de rotación. El contraste empieza a correr por sus venas, la garganta y los testículos se le ponen al rojo... Pero no tiene miedo, de alguna manera se siente a salvo, es una sensación que le resulta familiar pero que hacía mucho tiempo que no sentía.
Piensa en su casa, en el monasterio, una de tantas comunidades creadas por los últimos príncipes destronados en los mismos sitios donde mil años antes otros hombres guardaron celosamente las perlas del pensamiento. Lo siente remoto, atemporal y, por primera vez, extraño.

• La directora de ese centro está bloqueando de alguna manera nuestro inhibidor de feromonas – es el prior el que habla.
• ¡Joooder!, es una mantis religiosa – otro miembro del consejo.
• ¿A quién le extraña? –es una voz al fondo de la sala capitular- hace tiempo que no se ve con buenos ojos nuestro aislamiento: no nos controlan. Era cuestión de tiempo dar con la química adecuada.
• No es eso lo importante, el problema es que influimos -es el hermano mayor, el decano del grupo-. Estamos aumentando la tensión social. Muchos de nuestros miembros han abandonado a sus parejas y a su prole, hemos despreciado su predominio en todos los niveles y nos hemos retirado del sistema. Ellas sólo aparecen en nuestras mentes como objeto sexual y receptáculo de fertilización. Cada vez somos más y no nos sentimos culpables por ello… Empiezan a estar intrigadas.
• El crescent es su aliado. Nos saca del monasterio, nos expone demasiado. Ya son seis los hermanos que no han vuelto después del tratamiento. Son el 100% de nuestros infectados, y no hay manera de conectar con ellos.
• Alex Levy lo acaba de empezar.
• Necesitamos al Intérprete – el prior mira al responsable de ciertos experimentos de lectura de pensamiento-. Necesitamos saber por qué estamos cayendo en su trampa, y no me fío de nadie más ahí fuera. ¿Puede monitorizar a Alex?
• Sí, si se acerca a él lo suficiente. Con tantas mujeres a su alrededor en estado de vigilia las interferencias son un problema.
• Nos arriesgaremos. Actívenlo.

No se ha tomado el somnífero recetado. Es su hora de meditación, pero qué distinto este ambiente de su celda monacal. Aquí comparte habitación con otros infectados. Las luces del complejo se cuelan en la estancia, un rescoldo tras el vidrio...
• ¡ALEX!
La voz que ha pronunciado su nombre no la escuchan sus oídos pero ha rebotado igualmente dentro de su cráneo interrumpiéndolo todo, como el despertar de un sueño. Ha reconocido al Intérprete. Ha entrado. Ya sabe lo que viene a continuación: va a registrar imágenes y traducir sentimientos. Él resultó el más apto para esa investigación, una derivación de la principal por otra parte: la de averiguar lo que pueden parir doscientos, doscientos mil o doscientos millones de mentes sintonizadas en la misma idea. Y no le importa que ese ente desconocido explore sus pensamientos más íntimos, esa vergüenza que se teje sin cesar en la puerta del alma. Él piensa que sólo puede revelar errores, nunca culpas, y ha venido aquí a hacer inventario. Es uno más de los que se acogieron a la regla por inadaptación al paradigma social imperante en ese momento, así que aportó su buena dosis de inquina a la misoginia reconcentrada tras esos muros. Pero ha llegado a ser un retiro en el que cree, muy necesario por otra parte en lo material: allí no necesita dinero y toma todos los psicotrópicos que quiere.
• Temen que no vuelvas. No saben qué pasó con los otros…
• Entonces intentarán lo mismo conmigo… -No reprime la última imagen que conserva de la doctora cuando vino a verle ayer. Hubiera sido inútil, el simple hecho de intentar reprimirla le hubiera llevado a pensar en ella. Nada se esconde al Intérprete. No lleva su bata blanca, ya se está marchando, va impecablemente maquillada, nada excesiva en un atuendo muy entallado salvo por unos tacones de vértigo que lleva con suma naturalidad y que resaltan un trasero respingón y una espalda de dibujo.
• ¿Alterado?
• ¡Claro!, esto está lleno de mujeres ordeno y mando todo el rato.
• No es suficiente para romper la barrera.
• No, no individualmente…es más sutil -y empieza a pasar diapositivas mentales de todas las mujeres con las que tiene contacto a diario: la auxiliar que le trae el desayuno y le cambia la cama; la enfermera que controla su química, la más joven de todas; y la doctora, que siempre entra como levitando…Y él como un espejo: su madre, su hermana, su novia… Todas llevan mascarilla en esa zona, todas se las componen para descubrirse en algún momento.
• Veo pletórico tu lado femenino, pareces encontrarte a gusto. Pero está claro que debilita tu equilibrio emocional.
• Sin embargo, tenemos superioridad aérea…espero una recomendación.
• Evita el contacto físico. Tus hermanos…
• ¿Aquí? Imposible, me han explorado hasta el ojete.
• Ya me entiendes.

Es un ala nueva del hospital. No hay diferencia en el revestimiento de ninguna superficie: se diría que fue diseñado para habitar en órbita. La luz parece venir de todos los sitios y de ninguno. De repente, una mujer con uniforme de seguridad.
• No puede estar aquí.
• Estoy buscando a la doctora.
• No puede buscar a nadie –una puerta perfectamente camuflada en la pared se abre en ese momento. Él la ve salir al pasillo.
• Doctora, no me encuentro bien…
• Venga por aquí.
Camina como una bailarina, con el cuello estirado, con parsimonia. Otra puerta inexistente se abre en un lateral cuando ella pone la yema de su índice en un botón rojo sangre de la pared del pasillo.
• ¿Y bien?
• Temo los efectos secundarios.
• ¿Qué nota?
• Soy una montaña rusa, voluntad menguante, apatía…, y episodios de una ansiedad extrema.
• Sí, la quimio; es normal.
Se levanta, le da la espalda y presiona ligeramente un anaquel en la pared que se desliza hacia fuera. Coge unas cápsulas y se las acerca a la mano. Sus dedos fríos rozan los de Alex que siente un chispazo sexual desproporcionado para ese gesto.
• Tómese una con el desayuno… Demasiadas mujeres, ¿no? - Se sienta despacio en el extremo de la silla y se recuesta contra el respaldo, en un gesto que quiere denotar cansancio, como para quitar importancia a la pregunta que acaba de hacer.
• No es tanto el número… Una sola puede ser mucho más que suficiente - la frase ha salido en tromba, es la carga de la brigada ligera, un suicidio en toda regla-.
• Creía que estaba curado de ese…
• Y lo estoy.
• No lo parece, si necesita aislarse tanto.
• Prevención. Mis hermanos ingresados… han desaparecido.
• Puede que se dieran una oportunidad, que estuvieran hartos de su vida; un tratamiento antiviral intensivo cambia la perspectiva.
• Estoy contento con mi modo de vida.
• Entonces volverás por donde has venido… -tonito semicabreo, esencial el tuteo para pillarlo.
• Doctora, ¿qué quieren de nosotros?
• Que dejéis de ser un problema sanitario. Las sectas están consideradas así por la ley.
• La ley no prohíbe la segregación voluntaria, no somos una secta.
• Empezáis a parecerlo: no publicáis vuestros estudios, es todo demasiado… medieval.
• Solo meditamos en profundidad.
• Y extraéis enseñanzas.
• Para nosotros.
• Es egoísta.
• No entiendo, ¿no se puede vivir de otra manera?, ¿qué teméis?
• Lo que está ocurriendo.
Alex nota un leve suspiro de súplica. Se anima a dar un giro radical a la conversación.
• Pero ya no nos necesitáis…salvo como proveedores de esperma.
• Un esperma cada vez más estéril, por cierto, aunque es una esterilidad compartida. La tendencia se ha invertido. El planeta está empezando a perder masa humana. Puede ser un alivio momentáneo pero…
• Pues aplicaros a ello, tengo entendido que aquí lo mejoráis todo.
• Lo estamos investigando y parece que, de momento, tiene mucha relación con la forma en que se concibe…
• ¿Ese sentimiento otra vez?
Y ella responde con una sonrisa más abierta, embaucadora, un punto final a esa conversación, un punto y aparte en su contacto.

La imagen no es real, es su imaginación la que se recrea en una fantasía. Pero el Intérprete lo ha pillado:
• Los hermanos no la creen, Alex…
• Lo que dice es alarmante, parece una confesión de algo que se les escapa de las manos.
• Lo comprobarán. La doctora parece haber captado tu interés.
• Intensamente, como ves.
• Esa zona nueva del hospital parece contener secretos.
• Quizá la prueba de su confesión sea uno de ellos.
• Estás a punto de perder tus defensas. Si no lo averiguas pronto…

Está librando una guerra en dos frentes, y nadie ha vencido en una situación así. Va a tener que sacrificar unas cuantas divisiones. Y lo peliagudo de todo el asunto es que ya no tiene claras sus prioridades.

Se llama Laan, en vietnamita significa orquídea, y es la doctora que le está curando.
• ¿Cómo va ese ánimo?
• ¿Cómo va mi sangre?
• El retroviral funciona, lo hemos cogido a tiempo.
• Acabo de animarme muchísimo.
• No tardarás mucho en irte.
• Bien…
Ahora es un mohín irónico lo que asoma en la comisura de esos labios mientras anota algo en su panel. Le ha llegado nítida la onda de choque del bombazo que acaba de estallar en el pecho de Alex. Vía libre.
• Quisiera ver a mis hermanos antes de irme – “porque una cosa es quedarse colado por una mujer, que ya me has pillado maldita zorra, y otra rendirse incondicionalmente. Y voy a morir matando”.

Tiene el rostro serio cuando camina, no hace ademán de mirarle en ningún momento. Ya es de noche en el exterior. La luz gana en intensidad a su paso, les empuja por esos pasillos – “como en un agujero de gusano” piensa Alex.
Han entrado en una sala semicircular. Es un mirador a un paisaje que centellea hasta el horizonte. Hay muchas camas separadas con mamparas. Siente un escalofrío. Algo en el aire le dice que lo que allí se cuece es la preparación para el Gran Viaje. La parafernalia robótica es abundante. Le ha costado reconocer a los hermanos entre los postrados, todos están en fase terminal – “de buena me he librado… de momento”.
• ¿Por qué no lo sabíamos? ¿Por qué los escondéis?
• Se escondieron voluntariamente, no querían comunicarlo.
• ¿Comunicar el qué, que se mueren?
• Todos se curaron, y casi todos acabaron procreando. Los fetos no son portadores del virus.
• ¿Pero si estaban curados…?
• Hay complicaciones. La recidiva resulta muy invasora. La lucha contra el crescent es ya una carrera contrareloj. Ha surgido en el peor momento.
• ¿Por qué nosotros precisamente? Todavía hay más hombres fuera que dentro. Y muchos, sin el virus.
• Demasiado acomplejados. Vuestra fortaleza es vuestro rencor: es algo muy poderoso, solo se trata de darle la vuelta, entonces se convierte en algo muy fértil.
• ¿Ah sííí?, y ¿cómo se hace eso?
• ¿No lo has notado Alex? - es la primera vez en todo este tiempo que pronuncia su nombre y lo hace con cara de no haber roto un plato en su vida.

¡Claro que lo ha notado! Lleva treinta días con sus noches en esa ciudad de mujeres, una colmena donde las obreras le han hecho la puesta a punto y entregado después a la reina en bandeja de plata. ¡Claro que lo ha notado! Con un catalizador como el miedo a la muerte, todas sus creencias más firmes se han vuelto tan elásticas como ese cuerpo femenino que tiene enfrente. ¡Claro que lo ha notado! Porque la condición humana siempre acaba por recordarte que, aunque estés alerta ante lo inesperado, lo inesperado siempre te va a sorprender… en el mejor de los casos.
Ellas le han cuidado y ellos se han afanado en explorar sus pensamientos. Desmenuzaron sus señales buscando pistas del espíritu, y las únicas que encontraron provienen de la química que nace de una atracción física muy particular. La conclusión es un reclamo de humildad, muy necesario antes de alcanzar ese paraíso incorpóreo que anhelan. La carne y la sangre, todavía por mucho tiempo.

Es su última noche en el hospital. El Intérprete reclama su parte de guerra:
• Los hermanos han reconocido el problema global de infertilidad, pero creen que es pronto para tirar la toalla. Apoyarán la clonación.
• Es el canto del cisne…
• ¿Vas a volver con ellos Alex ? No lo recibo con claridad.
• La duda ofende.
• Te ayudarán.
• Me imagino cómo…-le viene la imagen de la última bacanal en el antiguo refectorio, digna de la imaginación más desbordada. Pero de repente la imagen de la doctora invade su consciencia y acaba por hacer desaparecer todo lo demás. El Intérprete ha vislumbrado ese sentimiento agridulce y pegajoso.
• Te dije que lo evitaras.
• Un abrazo de despedida, simple agradecimiento…
• …prolongado. Tu ritmo cardíaco te delató, te pudo la curiosidad.
• Ya me conoces.

Llegó tarde y ha cenado solo. Mejor, no quiere conversación esta noche. Se retira a su celda pero elige el camino más largo, el que le lleva por el claustro perfumado de boj. Tiene la pituitaria más sensible desde su estancia en el hospital.
• ¡ALEX!
La llamada del Intérprete le sorprende:
• En la biblioteca.
• ¿Estás aquí, voy a conocerte?
Y nota cierto alivio de la congoja que le aflige en ese momento.
Sólo hay una lámpara de lectura encendida en toda la estancia. Una sombra se mueve hacia la luz, pero no muestra su rostro.
• Hola Alex.
• Esa voz… ¿Laan?
• Tú puedes llamarme así… si quieres.
Tenía que haberlo previsto. El prior, sin duda, lo tuvo en cuenta pero su soberbia le ha cegado. Nadie como una mujer para leer la mente de un hombre.
• Sí quiero, claro que quiero.

FIN


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- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 1ro de diciembre de 2013

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