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ENSAYO BREVE
La cooperación contra el caciquismo
  Mariano Moral  | 10 de noviembre de 2013

Estos son malos tiempos para mucha gente, son tiempos en los que los sufrimientos por los que pasan muchas familias están siendo ignorados y pisoteados y, queramos o no reconocerlo, detrás de todas las calamidades está la política. En la política están todas nuestras desgracias, pero también todas las soluciones y esperanzas. Detrás de la política de la desgracia, la que impera, está la podredumbre de la aparentemente inamovible clase dirigente y la no menos triste omisión ciudadana. Detrás de la política de la esperanza estamos nosotros, quienes debemos entender que el ejercicio de la política no es el oficio exclusivo de unos pocos si no la obligación y el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos.

Por eso yo me pregunto, y lo hago consciente de que, como es lógico, para mucha gente la prioridad es intentar solucionar sus problemas personales, hasta cuando vamos a tolerar que la política de la desgracia siga gobernando nuestro pueblo.

La alcaldía y su política dictatorial es una representación más, en este caso la que más de cerca nos toca, de esa despreciable tribu que desde la élite nos ha colocado donde estamos. ¿Dónde estamos? No me refiero en este caso al imperio de la banca y los mercados sobre la democracia y las personas, etc., si no a esta plaga de mansedumbre, indiferencia y servilismo que asola nuestra ciudadanía y que deja la vía libre para estos parásitos políticos que acceden al gobierno de la comunidad con el único interés de hacer carrera (ya sea en un partido o a título personal en un pueblo) y nunca por vocación.

Ante la presión de los señores de la tierra, solo el trabajo en equipo puede sacar a muchos ciudadanos del pozo en el que se encuentran, solo la cooperación dentro de las comunidades, los pueblos, los barrios. Y ese trabajo en equipo pasa por llevar a cabo una política de equipo, es decir, la gestión justa y transparente de los recursos de la comunidad por todos los que la integran. Esto es política, la de las soluciones y la esperanza. Pero, ¿cómo se puede conseguir tal cosa en un pueblo dónde el alcalde (legalmente una figura que puede ejercer, y de hecho ejerce, un poder absoluto) no hace otra cosa que sembrar la discordia, marcar las alambradas de espino que han de dividir a ciudadanos con intereses comunes en camarillas enfrentadas sin remedio?

Los plenos en Las Navas son el espectáculo más triste y lamentable que un Navero puede presenciar. Son una desgracia que se ha estado sucediendo durante demasiados años. Sin embargo están mayormente patrocinados por los mismos ciudadanos que deberían sentir como mínimo vergüenza ante estas asquerosas farsas rellenas de cinismo y prepotencia. No hace falta irse a Wall Street o al Parlamento Europeo para encontrar lo que está destruyendo nuestra sociedad, lo tenemos delante de nuestras propias narices, a unos metros de nuestras casas, y lo peor de todo es que tenemos por costumbre votarle.

Pero, ¿es la solución cambiar el color de nuestro voto? ¿Es eso lo que va a solucionar nuestros problemas? Yo creo que no. Allá donde haya una mesa situada por encima del patio de butacas solo habrá males para el pueblo. Allá donde deleguemos el gobierno de nuestra comunidad a un grupo o individuo determinados estaremos cometiendo el mismo error que nos ha llevado donde estamos. Incluso suponiendo que en las elecciones se eligiera a un alcalde competente y honesto siempre habría gente dispuesta a destruirle, siempre habría discordia, enfrentamiento y demagogia.

Estoy hablando de un pueblo, de nuestro pueblo, y es aquí donde se desarrollan las vidas de los naveros. No busco promover una utopía donde todos como hermanos olvidamos nuestras diferencias de la noche a la mañana y de pronto construimos un paraíso terrenal. Cada uno tiene y vive su vida como le parece, unos pintan su casa de color azul, otros rojo, morado o blanco, pero en la vereda de la parte de atrás de nuestras casas, la que une todas ellas, hay un espacio común que es el único sitio por donde puede entrar la justicia en nuestras vidas. Llámenlo política o como quieran, pero lo que demuestran los hechos es que si nos encerramos en nuestras casas y no ocupamos activamente el espacio común del que, nos guste o no, dependemos todos, el club de los sin escrúpulos lo dominarán por y para su propio beneficio.

Esto que digo no es nada nuevo, no tiene nada de sueño revolucionario, es sentido común puro y duro. Repito, hablamos de un pueblo, de nuestro pueblo, donde el gobierno activo de los vecinos no es tan solo posible, si no necesario. La otra opción ya la conocemos de sobra, es tan antigua como el trabajo en comunidad por el interés común y se suele llamar caciquismo. Donde hay un cacique hay injusticia, donde hay una persona con poder absoluto no hay democracia. Es una lección que los Naveros debemos aprender, insisto, por encima de las diferencias personales que siempre existen en una comunidad, y precisamente para que estas diferencias no se conviertan en arma de poder para un cacique, se debe gestionar nuestro pueblo desde la democracia participativa.

Tal vez algún día llegue un alcalde dispuesto a abolir voluntariamente sus poderes para entregárselos al pueblo. Este sería el paso del alcalde cacique al alcalde gestor, una figura administrativa sin poder efectivo que trabajaría para gestionar las decisiones populares desde la transparencia total y que, en caso de no hacer correctamente su trabajo, sería despedido. Tal vez algún día llegue, pero más valdría que nosotros, como vecinos, forzásemos este cambio en el que nos jugamos la única solución posible para el pueblo. No se trata de una revolución sangrienta, si no de la instauración de una democracia más justa, la participativa, que sin ser una democracia “total” o directa ya sería un paso de gigante, una semilla que germinaría para las generaciones venideras y las evitaría tener que seguir sufriendo este anacrónico y repugnante caciquismo.

Empecé el escrito diciendo lo siguiente: En la política están todas nuestras desgracias, pero también todas las soluciones y esperanzas. Es el momento de comprender que nuestros problemas cotidianos, estos que confusamente solemos achacar a la “recesión” (algo casi abstracto y todopoderoso que rige la existencia actual y no llegamos a comprender del todo), en realidad están directamente relacionados con la política, y más concretamente con la política de nuestro pueblo, que es la que más de cerca nos toca. Podemos combatirlos desde la cooperación y la acción ciudadana, pero nunca desde el caciquismo: hoy por hoy dueño y señor de la política en nuestro pueblo.

Por encima de las ideas políticas y las diferencias personales, todos los vecinos deben presionar por todos los medios para que un sistema participativo y de cooperación se haga efectivo en Las Navas. No solo nos va la justicia y la democracia en ello, si no también la única herramienta posible para combatir nuestros problemas cotidianos y, sobre todo, la dignidad, la de un pueblo y la de todos sus habitantes.


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