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FERNANDO RODRIGO
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Desde hoy contamos con un nuevo redactor, Fernando Rodrigo Morón.
Ganador del último concurso del relatos cortos LETRAS DE PINARES, promovido por el Ayuntamiento de Las Navas el pasado mes de agosto, comienza a colaborar con nuestro periódico. Bienvenido.

  FERNANDO RODRIGO  | 12 de octubre de 2013

(A Juan, in memoriam)

Juan me llamó eufórico. ¡Había presenciado el evento!
- Llama a Germán y a Jesús – me dijo-, yo hago la cena y vosotros ponéis el vino. La noticia no dejaba lugar a dudas, no había sido una interferencia lumínica ni tampoco una visión producto de las encefalopatías cada vez más frecuentes que asomaban ya en esa fase terminal de su enfermedad, la NASA informaba que el impacto de un meteorito en Júpiter había provocado una mancha en su superficie equivalente a diez veces el tamaño de la Tierra. ¡Dios mío! – pensé - la probabilidad de observar en directo una explosión cósmica de este calibre debe ser de cero coma.
Hacía pocos días que Tona le había regalado el telescopio y la noche anterior era la tercera en la que se disponía a realizar una exposición prolongada de un cuerpo celeste. Júpiter ofrecía este verano una oportunidad excelente por su proximidad y acababa de enfocarlo cuando un fulgor de una intensidad como sólo la radiación es capaz de provocar apareció en el hemisferio sur del gigante gaseoso.
Como siempre desde hacía dos años, cuando el cáncer dio la cara, nos impresionó su ánimo. Preparó una cena que hubiera costado un riñón en la calle -cómo envidio a la gente que no le da pereza guisar-. Se sentía un privilegiado por su avistamiento casual, ¿casual? En esos días, Juan leía compulsivamente todos los textos que encontraba sobre física cuántica, incluso nos habló de una medicina cuántica, y que estaba llegando al convencimiento de que había cosas que viajaban más rápido que la luz, y que una de esas cosas era el pensamiento. Afirmaba que el conocimiento íntimo de la estructura de la materia llevaría a la desaparición de algunos vocablos como casualidad, que el pensamiento era una forma de energía poderosísima, y que después de todo lo que había leído no le extrañaba que a medida que los científicos se acercaban más y más al origen del universo aumentara entre ellos una llamada a conciliar ciencia y religión. Buscaba respuestas a preguntas demasiado trascendentales, y todos nos sentimos aliviados de que fuera la ansiedad de conocimiento y no la desesperación lo que ocupara su cabeza en esos días.

El segundo avistamiento de Juan fue a ras de tierra, y tuvo un testigo. Era el primer fin de semana de Agosto. Juan presentía ya muy cerca el final, y deseaba pasear por última vez por los pinares donde era tan aficionado a recoger setas y distinguir pájaros. Su deterioro era ya muy evidente y el grupo se movilizó para hacérselo todo fácil esos días. El puso a nuestra disposición la casa familiar, aquella casa de puertas siempre abiertas, donde la música sonaba a todas horas.
Juan estaba cansado por el viaje y el paseo y se acostó pronto. Los demás nos dedicamos a recordar las fiestas interminables que se habían celebrado allí, los momentos regocijantes que sellaron nuestra amistad y a la que tanto había contribuido la inmensa generosidad de nuestro anfitrión.
Como siempre que iba a la sierra dormí mal aquella primera noche. Amanecía cuando sentí que alguien se movía por la casa. Me levanté pensando que bien podía ser Juan dispuesto a preparar el desayuno, pero no ví a nadie en la cocina ni en el cuarto de estar. Salí temiendo que hubiera cogido el coche para surtirnos de bollería, a pesar de su estado le creía muy capaz, pero no, al rodear la casa le ví en cuclillas, a mitad de camino en el sendero que conducía al arroyo. Afortunadamente mi respeto por el sueño ajeno hizo que no le llamara en la distancia, la bronca hubiera sido descomunal. Fui a su encuentro y en cuanto me vió me hizo detenerme con un brusco gesto que me rogaba silencio mientras señalaba el frondoso matorral que ocultaba el arroyo. Me fui aproximando despacio hasta que llegué a su posición, momento en el cual me señaló la dirección exacta de su atención. Allí, agazapado en una cueva que formaba la maleza, un jabalí enorme bebía en una pequeña charca. Era la primera vez en toda nuestra vida que conseguíamos ver uno vivito y coleando, ¡y tan cerca de la casa además! Habíamos comentado muchas veces, también durante el paseo del día anterior, la posibilidad de un encuentro sabiendo que era muy difícil. Nos fuimos retirando sin dejar de mirar, aquél ejemplar tenía unos colmillos de premio que no invitaban en absoluto a acercarse más de la cuenta. Una vez saciado, el jabalí nos enseñó el trasero y se escabulló. Juan me miró y una sonrisa maliciosa se dibujó en su cara. Me alegro de que hayas sido testigo – me dijo- y ahora vamos al pueblo a por pan y bizcochos.

Más tarde, y después de comer y epatar a la concurrencia con nuestro encuentro de la mañana, Juan nos propuso un juego. Cogió una baraja española y nos fue pidiendo a cada uno de nosotros que después de barajarla pensáramos en una carta y en el orden numérico en el que creíamos que esta iba a aparecer. De las cuatro veces en las que repetí el juego acerté dos veces y otras dos las posiciones fueron una la anterior a la elegida y otra dos por detrás. A los demás les pasó algo muy parecido, todos acertaron alguna vez, pero lo que resultaba de verdad intrigante era que la acumulación estadística alrededor de las posiciones elegidas por todos era simplemente abrumadora. ¿Dónde estaba el truco? No hay truco –dijo Juan -, no hay magia, hay interacción entre pensamiento y materia, no os engañéis, la casualidad es solamente causalidad desconocida. Y a continuación nos contó varios casos documentados como el de Laura Buxton, una niña de 10 años que, en Junio de 2001, escribió su nombre y dirección en un trozo de papel, lo pegó en un globo de helio y lo soltó desde su jardín. El globo recorrió 220 km hasta que aterrizó en el jardín de otra niña que también se llamaba Laura Buxton, era de su misma edad, y las dos tenían el pelo claro, un perro labrador, un conejito y un conejillo de indias.
La sobremesa se alargó hasta el anochecer entre licores legales, cigarrillos ilegales, y discusiones sobre universos paralelos y sucesos paranormales, exultantes como estábamos por los regalos que la naturaleza ofrecía a Juan al final de su vida.

Murió en paz a las dos semanas de este encuentro en los brazos de María Antonia, su mujer. La última vez que hablé con él me dijo: “Sabes, cuando ví aquella luz fantástica en Júpiter sentí algo más que admiración, sentí que era como un todo con el universo, como si volviera al origen”, y me recomendó los escritos místicos de Planck y Bhör, dos de los padres de la física de partículas.
Pocos días después, leyendo un periódico digital me sobresaltó una noticia, creo que sucedió en Francia, una mujer había acertado los seis números de la lotería primitiva ¡con los mismos seis números del máximo premio de la semana anterior! Demasiada casualidad.

Fernando Rodrigo.


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 5 comentarios
  •   ÚLTIMAS PREGUNTAS  18 de octubre de 2013 23:03, por Mago Blanco

    Me uno a la bienvenida, y a los elogios a tu relato, no me canso de leerle, y como no expectante para futuros, de veras enhorabuena y un abrazo de bienvenida

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      ÚLTIMAS PREGUNTAS  18 de octubre de 2013 11:15, por FERNANDO RODRIGO

    Muchas gracias a Ismael, Acuarela y Falstaff por vuestra cariñosa acogida. Os prometo nuevas entregas.
    Fernando.

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      ÚLTIMAS PREGUNTAS  17 de octubre de 2013 18:21, por Falstaff

    Me lo he bebido como si fuera un Glenrothes (pero sin hierba). Y eso que soy más exigentón que mi padre. El día que me muera de mi querido cáncer, que sea como Juan. Se parece a mí muchísimo... y, claro, seguro que no es casualidad.
    Un abrazo.

  •   ÚLTIMAS PREGUNTAS  14 de octubre de 2013 12:23, por Acuarela

    Muy bueno tu relato.
    Bienvenido Fernando.
    Un saludo.

  •   ÚLTIMAS PREGUNTAS  13 de octubre de 2013 10:21, por Ismael Sastre

    Me encantó tu relato. Bienvenido.

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- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 12 de octubre de 2013

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