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SIGUIENDO EL HILO

(Continuación)

11.      

Del taller de un platero, sale, maldiciendo y llorando, un hombre; maldiciendo al dueño que lo ha dejado sin trabajo; y llorando por la mujer y por sus hijos a los que no podrá alimentar hasta que no encuentre un nuevo trabajo; eso si lo encuentra, que están los tiempos difíciles. Cae de rodillas y llorando, con lagrimas tan conmovedoras o más como las de un chiíta, implorando a los cielos. Omar Khayyam que por acaso pasaba allí, y sin ninguna consideración (muy propio de su mal carácter) al lamento del trabajador, a ese llanto para Khayyam estéril, le dijo:

·        A esa bóveda estrellada, azulada e inmensa, a la que llaman firmamento o cielo, bajo la cual vivimos y morimos los hombres y las mujeres, no intentes levantar tus ojos, llorosos e implorantes. ¿Para qué vas a hacer ese mínimo esfuerzo muscular? No lo dudes, ni por un momento, que ella gira y gira, como tú y como yo, impotente, por todo el universo.

 

De todo esto (y con la palabra ‘esto’ nos referimos al universo y cosas así) piensan y discuten, a veces, los sesenta y un sabios.

Pero a  ellos le sobra el tiempo y no tienen que trabajar para ganar el sustento diario como el pobre platero.

 

12.      

Salen estos sabios en fila india, serios, circunspectos, pagados de sí mismos y de su saber...

Un poco cansados, eso si, de no hacer nada, sino discutir acerca del ‘sexo de los ángeles’... ¡bueno, qué exageración por nuestra parte!... también discuten de alguna que otra cosa importante.

Se sientan en la taberna. Apenas hablan.

Les sirven vino blanco. Lo prueban a sorbitos cortos.

Se miran. Intercambian algunas palabras. El vino es bueno y lo reconocen.

Llegan, luego, numerosos platillos con diversas tapas. Que comen con ganas.

El vino se agota. Uno de ellos grita: ¡¡tabernero, más vino!! Y se ríen.

La conversación se anima. Las voces se elevan.

Omar Khayyam suscita la discusión sobre los astros. Los sabios, -los ha contado, son sesenta y dos- discuten, se acaloran, se contradicen, ora negro, ora blanco... ¡Qué paridas defienden! Khayyam piensa para sí:

 

·        ¡Ay, Vino! Tu logras siempre, siempre, que se enreden, que se líen, que se embrollen, con fervorosa y encarnizada lógica... ¡quién lo diría con lo finos, serios y fríos que eran o son!... los setenta y dos sabios... que sin cesar discuten en las academias... academias que un poeta calificó de “horribles blasfemias”... ¡Ay, Vino! eres el alquimista, el mago, el taumaturgo, que trasmutas en oro el pesado plomo de nuestras cotidianas, amargas y grises existencias.

 

Dos Rubayatas

 

a). El sol, en su cetro. Y la mar, en calma. Y no necesita ella remos para sacar chispitas. Le basta con el sol y el suave movimiento de las olas.

Hoy va a contemplar a la madre; a esa vieja madre, con sus largos años a la espalda; la madre pobre, humilde, antigua y señorial, rejuveneciéndose solo con la esperanza de que llegue pronto y bien de allende los mares.

Remos lentos y melodiosos, goteando estrellas fugitivas, avanzan al encuentro del barco. Espera ver pronto su semblante,  que siempre era risueño, en medio de la charla y floración de los pañuelos.

Y, por lo demás, solo pide ese instante de dicha, ese instante de calma, para su sufrimiento.

Sufrimiento, quizá, absolutamente libre de esperanzas. Pero hoy brilla rojo, generosamente rojo, el sol. El sol rojo del Irán de Omar Khayyam. La esperanza también enrojece generosamente. La esperanza siempre enrojece... hasta el último momento.

Por lo que espera verla pronto aparecer, floreciendo entre la muchedumbre de sonrisas y pañuelos, para darle un fuerte abrazo y desgastarla a besos.

Remos lentos y melodiosos, generando estrellas rutilantes en huida, avanzan a su encuentro.

Asoma en lo alto de la cubierta. La bajan del barco.  Lentamente. Con muchísimo cuidado.

Todos la ven. Confirmada su hermosura. Reafirmada la belleza de su cara oscura... pura... pálida... y helada...  tras el cristal del ataúd.

Omar Khayyam, que, mas tarde, ha acudido al entierro de la dama, reflexiona:

 

·        La vida es como un tablero de ajedrez, donde el Hado, siempre imprevisible, nos mueve cual simples peones, dándonos mates y más mates, por lo general, con penas. Pero es que, además, en cuanto da por terminado el juego, nos saca sin contemplaciones del tablero arrojándonos, a todos, sin excepción alguna, al cajón, al cofre, al baúl... de la Nada.

 

b). Omar se refugió, después del entierro, en la biblioteca de su palacio, otra vez a vueltas con el significado de la vida.

Se sentó. Enfrente tenía las estanterías donde había colocado sus poetas favoritos. En el canto podía leer sus nombre. Cogió uno. Al azar. Sabía, no obstante, que en los libros no estaba el secreto de la vida. Eso lo tenía claro. Si algo sabía de la vida, era que ella era movimiento, y fluía y cambiaba... Y en los libros eso no se daba...

Le gustaba... le gustaba... leer los libros de los poetas al sentirse como  reflejado en lo que decían... Y, a pesar de la quietud que emanaba de ellos, algún hálito de vida había... bueno, mejor dicho... una reflexión congelada del tiempo vivido por el poeta.

Abrió el libro que había cogido: <<”... pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, // ni mayor pesadumbre que la vida consciente. // ... Ser, y no ser nada, y ser sin rumbo cierto, // ... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, // ...y la carne que tienta con sus frescos racimos // y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, // y no saber a dónde vamos, // ni de dónde venimos...”>>

Estuvo leyendo un rato. Luego se levantó y se fue a la bodega.

El vino procedía de unas viñas donde se encontraban, de vez en cuando, huesos de seres humanos. Decían que, antiguamente, en esas tierras, se había dado una gran batalla y la carnicería fue atroz. Allí mismo enterraron a los muertos en combate.

Abrió la espita. Llenó una jarra y se sirvió una copa.

 

Al sentir, como él sentía, el anhelo de encontrar el secreto de la vida, posó con suavidad sus labios en el borde de la copa de vino modelada por su amigo, el alfarero, con arcilla del terreno de sus viñas. Una voz, que parecía surgir de dentro mismo de la copa, susurrole:

 

·        “En tanto que vivas, bebe, que los muertos nunca vuelven, nunca; me has oído: no vuelven nunca de ese otro mundo que nos predican los meapilas”.

 

Y bebiendo se encamina a su rincón favorito en el jardín

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