SIGUIENDO EL HILO
(Continuación)
6.
Era la primera vez que había echado a volar.
Llegó hasta el primer arbusto. Y
descansó. Un poco nada mas. Luego se aventuró hasta un árbol
que estaba a mayor distancia. Cuando se posó en él celebró
su triunfo cantando; y desde ese mismo instante no paró de
volar y de cantar. Los trinos le salían a raudales. Estaba
ebrio de alegría. Celebraba la vida nueva. Mas tarde embriagado
por demás encontró el camino del jardín. Adentrose aun más
en la floresta descubriendo el rostro perfumado de la rosa
y de las flores que dan origen al vino; la jarra de Vino estaba
al alcance de la mano; mientras tanto, se le fue acercando,
con paso imperceptible, un misterioso murmullo que al oído
le dijo:
- “Pajarito, pajarito, piénsatelo bien: mira
que la vida no retorna jamás; óyeme, atiéndeme, te lo digo
muy en serio: no vuelve jamás”.
7.
Venía de muy lejos y como si acabara de nacer.
Se acercaba a paso rápido; y
a cada zancada se le vía crecer y acumular años en su rostro;
¡ se agrandaba por momentos! Desde la taberna parecían esperarlo.
Tenían que decirle algo al caminante. Se paró un momento ante
el umbral. Iba a seguir su marcha, cuando desde dentro de
la taberna le invitaron:
·
Amigo, pasa, siéntate y descansa, bebe saboreando
el vino en esta copa de arcilla y, creemos..., no,
creemos no, estamos seguros de que gozarás de una felicidad
que Mahmud no conoció. Escucha atentamente los melodiosos
laúdes de los amantes: son los verdaderos salmos de David.
No te preocupes por el pasado ni te entenebrezca el futuro.
Que tu pensar no se alongue mas allá de estos placenteros
instantes. He aquí, sin añadidos, ni remiendos, sin palabras
fraudulentas, el secreto de la paz.
8.
Desde los más remotos tiempos, el reino de
las tinieblas, la noche, la
oscuridad, ha entenebrecido la vida del ser humano; incluso
muchas veces ha sido odiada por los hombres que, queriendo
vivir eternamente, saben que morirán sin remedio; mejor dicho,
por la razón de los hombres, que ven pasar una horas como
muertos, horas robadas, cuando la vida se les escapa a pasos
de gigante.
Al amanecer, cuando la luz ha vencido brillantemente
a las tinieblas, Omar Khayyam se levanta, saluda al alba henchido
de alegría y dirigiéndose a su acompañante dice:
·
¡Oh mi hermosa amada!, para empezar a olvidar
las amarguras de las sombras, canta; pero solo para mi no
necesitamos auditorio y escancia vino en mi copa de arcilla.
Recuerda que el transcurrir del Tiempo ha entoñado para siempre
cien mil reinos de Djem y kais bajo tierra.
9.
A Omar Khayyam le llegan noticias preocupantes
de su antiguo amigo,
Hassam el Sabbah, al que luego han apodado los cristianos
El Viejo de la Montaña y que lucha en pro de la pureza del
Islam. ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Parece que fue ayer, cuando
estudiaban en Naishapur y junto con Nizam al Mulk, los tres
amigos, firmaban un pacto de sangre solemne de ayuda mutua!
Preocupado, desde su palacio contempla, abajo,
el ajetreo de la calle más cercana; levanta la vista, un poco
mas allá, en el mercado, las voces de las vendedoras pregonan
sus mercaderías; y los santones, unos sinceros y otros tratando
de embaucar incautos, predican en la plaza ante un numeroso
corro de gente, en nombre de Alá el Misericordioso...
·
¡Ay, querido amigo!... también yo, lo mismo
que tu, lo mismo que otros, sembré la semilla de la sabiduría,
y me he sacrificado esperando día y noche sin apenas un minuto
de descanso para que germinase... Empero yo cosecharé estas
innegables verdades: que de algún lugar ignoto y sin querer
llegué como el viento y... que a algún lugar desconocido y
sin que cobije el más absoluto deseo me iré como el agua.
Y decidido a que las elubraciones no lo aplasten
sale a reunirse con los amigos en la taberna.
10.
(Describir los amigos: el alfarero, Rustem...
Al-Jalil... quizá el despedido
platero...). Se hallan reunidos, en torno a una mesa, ante
unas jarras de vino, en un rincón de la taberna. Rostros tristes,
serios, taciturnos, como sumidos en hondas y graves preocupaciones.
Fuera, el sol hace del día una promesa radiante. Y la temperatura,
suave, anticipa el otoño. Y fuera también, en la terraza,
debajo de una parra, otros feligreses como ellos, en otra
mesa beben y ríen de lo lindo. Dentro el tabernero se afana
tras el mostrador. De repente uno de ellos exclama:
·
¡Tabernero! ¡Otra ronda de vino!
·
¡Ya es hora! Hoy, amigos, vuestra mesa parece
un velatorio. ¡Caray! No sé que os pasa.
Mientras esperan al tabernero uno de ellos,
quizás Omar Khayyam, no se ve bien, les dice a sus camaradas:
·
Algunos de nuestros buenos, leales y fieles
amigos se han ido marchado. Se los llevó la Muerte, con su
guadaña, cuando ellos menos lo esperaban. Y nosotros, claro,
tampoco. Solíamos reunirnos aquí, a charlar, a cantar, a beber;
a beber y a cantar y a charlar; aquí, como todos sabéis, en
esta taberna. Pero oídme bien, Amigos Borrachos, tan solo
cayeron una o dos rondas, una o dos rondas nada mas, antes
que nosotros, así que los recordaremos bebiendo a su salud.