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"El Pizarrín": un misterio extremeño 

 

  

 

1.                   semea

 

 

No es fácil el camino hasta el lugar preciso donde se tensa el arco; se necesita una temperatura y viento muy propicio para llegar y dar en la diana; saldrán volando, entonces, enjambradas mariposas señalando el norte arcoirisado que, antaño, se ocultó a nuestra mirada.

 

La lluvia resbalaba paraguas abajo cayendo, tan en línea recta, al suelo de la calzada, que parecía encerrado en una jaula de acuáticos barrotes colocada en mitad de la calle.

Cantaba a grito pelado una conocida canción infantil que venía al pelo con la situación atmosférica del momento en la población guipuzcoana de Azcoitia: "Sol solito, caliéntame un poquito, pa hoy y pa mañana, y pa toda la semana".

Efectivamente, se necesitaba el sol, llovía, no a cántaros, sino a mares; caía, bien caída, verticalmente, a plomo. La temperatura era, por el contrario, sofocante, pegajosa y no corría ni una ligera brisa. Había soplado el viento sur volviendo tarumba a mas de uno, pero ahora, sin saber por qué, se había escondido sin dejar huella.

Las gotas de lluvia, al golpear en el suelo de la plaza cuadrada del Ayuntamiento, producía chispazos acerados. No había nadie por la calle y desde bares y comercios lo contemplaban asombrados:

-- ¿ Zein da ? -- preguntaban

-- Extremeñua -- algunos respondían.

-- Ah, bai; ¡coño!; zorua ¿ez?

-- Bai: "Pizarrinua" da.

 

Es un misterio todo lo que surge de improviso en el camino de la vida: un impulso o un ademán tan solo iniciado; estos dones singulares de acercarse, sin herir o hiriendo, sin querer; o ese ofrecimiento que, como agua de manantial, debe seguir su curso; todo lo cual tiene una imantación, y aglutina o junta, reúne a los espíritus, como a las briznas de paja, una bruja de polvo a mediodía, en verano, cuando el cielo es un horno; y es espontáneo y no siempre sereno.

 

Se ha parado en el centro de la calzada, quizás, ¿quién podía saberlo mas que él?, recordando otro momento, lluvioso como este, en el cual decidió abandonar el lugar de adopción adonde había arribado, desde tierras extremeñas, años ha, siendo niño, con sus padres.

No había sido feliz en el Valle del Urola.

¡Bueno!: tan categórica aseveración, tal vez, no sea del todo cierta; fue feliz y no lo fue; ambos sentimientos de ventura y desdicha repartieron compartiendo la vida de tan extraordinario personaje en esta hermosa villa por igual aunque él no lo creyera.

Nunca se había amoldado a los ambientes éuscaros; tener unas montañas en derredor, que cerraban el paso a la mirada, le ahogaba; por lo demás reconocía la hermosura del paisaje siempre verde: un verde multicolor y todo eso; pero la atracción solo le duraba los quince o veinte días primeros después de venir de vacaciones: luego le asfixiaba como una soga al cuello.

Pero cuando lo pasaba peor eran los años de lluvia continua; o cuando el sol no lucía en meses; se le ponía un peso en la cabeza que casi lo ponía al borde de la locura: peso difícil de soportar que con el paso de los años se le hizo inaguantable; recordaba un verano cuando se fue de vacaciones: en el primer pueblo que encontró con el cielo despejado, estuvo sentado en un banco varias horas  llenándose de todo el sol que no había tenido durante el año; y que al regreso al adentrarse en Vascongadas después de pasar Alsasua les recibió una niebla espesa con sirimiri y un amigo extremeño exclamó con indisimulada alegría, "¡ya entramos en el infierno!"; el hubiera dicho lo mismo sin el mas absoluto alborozo.

En vida de su padre gozó de lo lindo.

También es cierto que su padre no fue un padre cualquiera para él, sino un amigo al que acompañaba los fines de semana a todas partes: pescar en Zumaya, recoger caracoles o cultivar el huertecillo cercano a la vía del tren.

Tres ociosas ocupaciones que lo apartaban de la vida social y cultural del pueblo; tan extraña y exótica, para ambos, que muchas veces yendo por la calle les sorprendía una manifestación musical, religiosa, deportiva, etc., mirando suspensos con cara abobada e interrogándose cual sería el motivo que incitaba, "a esos vascos", para salir con tanto alboroto cantando,  tocando, bailando o tirando cohetes por la calle, aguantando chaparrones: ¡era un misterio!.

Tras unos momentos de extrañeza seguían su camino contándole el padre, muy orgulloso, como eran las fiestas de su pueblo extremeño.

 

Las brujas se elevan en el cielo produciendo remolinos que arrastran a su paso lo que encuentran volátil: es decir no apegado al terruño; no es una obligación seguirlas, sino una invitación a la cual responde, no el que quiere, sino el que puede desprenderse de sus ataduras; la liberación de las mismas es un misterioso manantial que, como el agua, surge de improviso; después sigue su curso difícil de parar.

 

Hechos como aquellas misteriosas fiestas o manifestaciones que salían, y les abordaban de improviso interceptando su camino impelían, a padre e hijo, a encerrarse, aún mas, en sus valvas extremeñas.

Pero se lo pasaban muy bien recogiendo caracoles a pescando en Zumaya, como ya se ha dicho, y luego la madre cocinaba lo recogido con admirable habilidad ¡qué delicia!; o en la huerta de la que extraían buenas hortalizas sin necesidad de mucho laboreo y con escasísima inversión crematística ya que la naturaleza le proporcionaba a diario la materia prima mas importante, el agua, que caía incesante y gratuita con generosa abundancia.

Cuando algunos domingos la lluvia arreciaba se guarnecían en el caseto construido con latas y uralita hasta que el tiempo abonanzaba, escampaba. Allí el padre le narraba otra lluvia "no como esta, mas fuerte; esta no es nada comparada con aquella"; y se extendía en pormenores: que si esto, que si lo otro, que si lo de mas allá; en fin que no se podía comparar con la de su pueblo, en nada; como tampoco las hortalizas que, reconociendo buenas las que salían de esa huerta, "sin embargo ...", ¡ah, sin embargo!; siempre había algún "pero" o "sin embargo" por el cual hacía a las de su pueblo mejores, muchísimo mejores, por diversas razones: volumen, color, sabor....que le obligaba a concluir que "no había comparanza".

El hijo preguntaba y preguntaba y el progenitor no se cansaba de responder y responder.

Supo, en esas sesiones, mientras la lluvia, sonaba en el techo de uralita, difuminaba los contornos, envolvía pinares y montes de un cendal grisáceo y empapaba la tierra, que su abuelo había muerto pidiendo pan, "y ahora lo tiran", castigado por ser republicano; pues "los extremeños, digan lo que digan y esto no se te olvide nunca hijo mío", si que habían luchado contra los fascistas allá por 1936, "hasta sin armas, o con escopetas de caza, parapetados detrás de los trillos"; y los vascos ¿qué habían hecho?: nada, rendirse inmediatamente; "bueno, ahora tienen a eta y todo eso, pero no se puede comparar"; ¡aquello si que era luchar!.

Luego le oyó hablar de los conquistadores de América: Pizarro y los otros; los libros de texto corroboraron mas tarde las palabras de su padre; se sintió orgulloso de su tierra y de sus gentes; de su cultura...; ayudó a la solidaridad con todo lo extremeño; llegó a organizar un recital de música en apoyo de varios albañiles de Badajoz expulsados del trabajo por una huelga.

Tanto y tanto llegó a entusiasmarse con Extremadura que hasta fundó una sociedad gastronómica, a imitación de las vascas, con otros compatriotas; le pusieron el nombre de Pizarro, "Sociedad Cultural Vasco - Extremeña Francisco Pizarro". De esa asociación salieron a pintar las paredes vascas, él y otros jóvenes estudiantes como él, con rótulos como, "Viva Extremadura Libre", "Euskadi dos: Cáceres y Badajoz", reflejo y réplica de las que aparecían en eusquera, "Gora Euskadi Askatuta" o "Euskera batua".

Se carteaba con un religioso del monasterio de Guadalupe que le adoctrinaba sobre un nacionalismo extremeño gran - español; basaba el fraile su evangelio nacionalista en el hecho, incuestionable, de haber nacido allí algunos de los mas importantes conquistadores de América y en el hecho, indiscutible también, de haber elegido, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, un rincón de Extremadura como lugar de retiro; ambos peregrinos argumentos para hacer de la tierra extremeña la cuna del nuevo renacer imperial de España.

 

La valentía es el común denominador de los que siguen, sin desmayo, salvando los obstáculos que se presentan a diario; valentía o locura que, para algunos, pudiera ponerse en interrogación, no es sino la misma perseverancia en llegar a la meta sano y salvo; el valiente y el loco, los dos, apartan las convenciones, las leyes, sogas que asfixian la vida para evitar el desarrollo de potencialidades amenazadoras; como  monstruos, guardan  la supervivencia de añejos privilegios que venden como verdades eternas.

 

 

2.                aita

 

 

El fallecimiento de su padre fue un duro golpe para él; ¡Ah, su padre!: su muerte representó, cómo decirlo, una losa gigantesca viniéndole encima; de repente, de sopetón, se dio cuenta lo inerme que estaba ante la vida; esa existencia que había pasado dulcemente, sin las dentelladas que da a los más desventurados, esos que el había llamado pobres de solemnidad (gitanos, negros, moros ...), con una mezcla de enternecimiento y desprecio; y bruscamente ¡zas! barrunta que él se encontraba entre ese mismo cinturón de la humanidad que tiene que ganarse el pan amarrado a una ocupación y a un estipendio, como el resto de desheredados del  planeta.

Además su padre había sido un pilar básico para todos ellos, cuatro hermanos en total; más que un pilar, todo un paracaídas como ya se ha dicho, que les protegía de cualquier adversidad; es mas, si algún contratiempo se abatía sobre la familia, no llegaba a ninguno de los hijos; o cuando se enteraban, si se enteraban, la tormenta ya había pasado.

Su progenitor, menestral de la fundición, no era, por lo tanto, una persona acaudalada; de manera que al fenecer, los honorarios que le quedaron a su madre viuda, no llegaban, o llegaban a duras penas, para recorrer el mes.

Se desgarró el paracaídas que era su padre y se encontró al raso.

Verdaderamente fue todo un sólido paracaídas.

Eso de paracaídas era una palabra que siempre utilizaba su padre que había servido en el arma de aviación; bien es verdad que en servicios auxiliares y jamás había subido a un avión y menos, claro está, se había lanzado en paracaídas; pero le parecía muy apropiado usar esa palabra para hacer ciertas comparaciones y, a decir verdad, que en este caso le venía como anillo al dedo; su padre fue, para ellos, un pilar y un paracaídas y su muerte se dejó notar en la casa que, a partir de entonces, ya no fue la misma.

Y no lo fue porque la madre, débil de carácter, no supo prolongar la disciplina que el padre había implantado, los hermanos se rebelaban a menudo; y la madre no sabía, no podía o no quería enfrentarse a ellos y los dejaba a su libre albedrío.

Debía guardar de él mismo de lo contrario ninguno lo iba a hacer.

De manera que viose obligado a abandonar los estudios y solicitar, como solicitó, alguna ocupación en la misma factoría donde trabajara su progenitor; solicitud que le aceptaron emprendiendo su nueva vida de inmediato.

Tenía verdadera fijación por el difunto padre; ya en vida la tuvo igualmente; y todos, absolutamente todos, los valores del progenitor se habían vuelto a reencarnar en él; siguió cultivando la huerta, recogiendo caracoles y acercándose a la localidad costera de Zumaya cuando podía.

Sin embargo ya no era lo mismo: le faltaba la cálida palabra de su padre.

A la fábrica llevó su extremeñismo; le siguieron algunos, muy pocos, compañeros y compañeras como Mari Rosi de la que se enamoró; y todos de su tierra, claro; la mayoría escuchaban indiferentes; pero otros le discutían enfriando su apasionamiento, como  los obreros revolucionarios y los abertzales que le anatematizaban de reaccionario por su alegato de la España  negra y encarnizada de los conquistadores, "que no fueron mas que a robar las riquezas de los indios y violar a sus mujeres".

Comenzaron a mirarlo mal; le pusieron de sobrenombre "El Pizarrín" y como se volviera pendenciero a veces le decían:

-- "Vete a Extremadura, "Pizarrín", que allí hay mucho trabajo"-- y se reían.

Por esto: por la imagen trasmitida por su padre de aquella tierra mítica, y empujado por la remembranza de su mismo progenitor, el retornar a Extremadura, como una tierra de promisión, como una heredad agasajadora, fue tomando cuerpo en su espíritu.

Y no irse a Extremadura, a su modo de ver, hubiera sido una humillación a la memoria del difunto que le había inculcado querencia a la tierra.

Un día, hastiado de pregonar en erial, pidió la cuenta, el finiquito, (en contra de la sugerencia de los compañeros que le pedían meditara con mas tranquilidad la decisión), se despidió de la empresa, de sus familiares y amigos, de su dulce enamorada Mari Rosi y se fue a la segazón extremeña; en pleno estío; a la Serena y a la Siberia Extremeña.

 

 

3.                eta espiritu santua

 

 

Cansado, fastidioso y aburrido sería narrar las peripecias sufridas por "El Pizarrín" allá en tierras del ínclito Pizarro; baste decir que volvió a los seis meses, justos, cogitabundo y cabizbajo; defraudado por numerosas y muy diversas causas; entre las que se pueden citar, pues él se las contó a amigos y familiares; a saber: porque ya no se segaba a mano como en pretéritos tiempos: ahora lo hacían, casi todo, las cosechadoras; por la aridez del terreno y la poca, poquísima, lluvia; por el mucho, muchísimo, calor que había arrostrado; y por la insuficiencia de árboles donde poder cobijarse del ardiente solazo.

En fin que retornó al odiado País Vasco harto de palear trigo, cebada y avena; y con una pierna de menos ya que el remolque de un tractor, lleno de trigo, quedóse con ella, en tierra ancestral, como préstamo por los servicios realizados, quebrándosela.

Mari Rosi tenía un nuevo novio; nadie sabe, ni sabrá jamás, si a causa de la sustracción sufrida de una extremidad inferior del extremeñísimo cuerpo de "El Pizarrín", como aseguran las malas lenguas, o en razón de las arbitrarias movilidades a que se presta el divino y caprichoso Cupido, como es lo mas probable.

Su madre murió de pena al poco tiempo.

Como la fábrica no necesitaba los servicios de un cojitranco, se dedicó a la reventa de bisutería, y alguna que otra alhaja, que colocaba entre los extremeños de las diferentes poblaciones guipuzcoanas.

Mas tarde, después de la caída que sufrió al bajar del tren de vía estrecha viniendo de Zumárraga,  renuncia a todo trabajo y engorda como un cebón.

Un día, como todos, se levantó a las diez de la mañana; pero esta vez, sin que se sepa la razón, agarró su paraguas; salió a la calle y encaminose, canta que te cantarás, renqueando, hacia la calle Mayor azcoitiarra; y ya, todas las mañanas, como rutina, cogía el paraguas y cantando siempre las mismas canciones, como si fuera un disco de repetición, dirigíase a la calle Mayor; si lucía el sol entonaba el cántico, "tiene que llover; que tiene que llover, a cántaros"; y si por el contrario llovía, la antigua canción infantil, "Sol solito, caliéntame un poquito, pa hoy y pa mañana, y pa toda la semana".

Canción que seguía cantando, como pájaro en su jaula, sin moverse del centro de la calzada; unos guardias municipales, preocupados por el peligro que corre, (numerosos automóviles le han pasado rozando), lo cogen por los brazos, sin que oponga resistencia, y se lo llevan a la acera, justo frente al escaparate de un establecimiento de juguetería que alumbra un potente reflector; "El Pizarrín" mira la vidriera, luego al foco que lo enceguece teniendo que parpadear; súbitamente, llevado por su locura confunde un caballo de juguete con un caballo de verdad, arremete contra la vidriera a paraguazos:

-- Tu, ahí ¡cabrón!, ¡hijo puta!, en el caballo; y yo, aquí, con la pierna ensangrentada y partida; ¡toma, toma! ... -- y siguió dale que dale al cristal blindado del escaparate y desgarrándose la garganta con los gritos.

Los guardias sujetan al pobre loco que se va calmando poco a poco.

Y cuando, por fin, lo sueltan se arranca cantando: "tiene que llover; que tiene que llover, a cántaros; que tiene que llover ..."; y se pierde, renqueando, acera adelante sin hacer caso de las protestas e insultos del comerciante, que ha salido a la calle asustado por los golpes.

 

Con todo lo que se ha dicho, pudiera deducirse o desprenderse la salvaguardia de una singularidad a la que unos pocos elegidos accedieran a ella y, sin la cual, el resto se viera impedido a penetrar en ese aposento vallado y con puerta vigilada por monstruos cancerberos, no.

La singularidad no es una cantidad exigua en número, en este caso, ni única; se refiere a la madera que sabe arder, no en despoblado, sino en frondosidad impenetrable y cuyo fuego calienta los miembros entumecidos de muchas otras peculiaridades potenciales, cuyas alas pudieran emprender el vuelo cuando los taumaturgos del viento llaman a encaminarse a ese territorio preciso donde se tensa el arco.

Es el coraje locura de los valientes que decía Gorki digna de loar; explota por fascinación y llegará a la culminación irreprochable e indemne, dará en la diana y en ese momento saldrán volando enjambradas mariposas que señalarán el septentrión arcoirisado; y no un confalón ceniciento.

 

 

por José María Amigo Zamorano

noviembre de 1995, Las Navas del Marqués

 

 

 

 

Caminar desconociendo

(contemplando esculturas de A. Giacometti y leyendo a A. Colinas)

 

por Fernando Romera (*)

 

Ante una escultura de Alberto Giacometti no se siente la nada, la extinción, sino el camino, el recorrido hacia ella. Ante sus esculturas, Sartre o Genet vieron materializadas las condiciones del hombre moderno, o, mejor aún, su condición existencial, en el margen entre el ser y la nada. Frente a un espacio que se extiende infinito, la figura que se adelgaza, de pronto se aparece con una desnudez sorprendente, como si lo creado fuera el espacio y no la escultura, la forma.

Así asaltado por la perspectiva, he recordado un sinfín de lecturas y de alusiones al respecto. Pero he reparado, ante todo, en dos últimas relecturas, en dos libros de Antonio Colinas "Noche más allá de la noche" y "Tratado de Armonía". Supongo que no existen casualidades de este tipo, que el haber releído estos libros últimamente me ha hecho contemplar las esculturas de forma diferente. Sin embargo he reparado ahora en un término que les es común a ambos y a muchos. Porque aquí cabría ahora hablar de las obras que Colinas refiere en su texto; a saber, Arabí, Aben Abad de Ronda, San Juan de la Cruz ... Es la nada y el camino o proceso que recorrer hasta ella y las distintas concepciones que de ella se toman las que han llamado mi atención.

El adelgazamiento que en las obras de Giacometti produce una angustia (estrechez) ante el entorno, ante la perspectiva, ante el horizonte, se convierte en la literatura mística en una unión o deseo de identificación que "permite el milagro / de la respiración en nuestros pechos". Ese adelgazamiento sumo de las figuras  es, en definitiva, un aferrarse al mundo, a la existencia, al fin, como el perro en bronce que parece arrastrar un peso, por evidencia física, inexistente. Ese camino de destrucción se aferra en el andar, en el movimiento o en el estatismo, dos formas de equilibrio en el límite de la existencia.

La cara de la nada está al otro lado. Giacometti representa la situación al límite, el hombre al punto de saltar al precipicio de un cuadro romántico que jamás acabará de hacerlo ante nuestros ojos.

Esa misma situación es la que inspira a Arabí o a San Juan. El camino del no ser (también el del no-saber) entendido como ascensión ha sido la base de toda una simbología que ha trascendido a la literatura mística. El dejarse, el abandonarse, se troca en camino, en movimiento, en ascensión, de igual forma que el bosque de figuras estáticas se muestra como movimiento hacia la desintegración.

En ambos casos existe una tensión de límite, de situarse entre uno y otro estado en el que aparece una idea de marcha y de regreso, de lugar en el que se está continuamente yendo y viniendo: "regresé a este mundo / besado por la noche". En el poema XVI de la "Noche más allá de la noche" el camino de ida se culmina con la pérdida del conocimiento, de la noción (gnoscere) del mundo, en el que solo queda la consciencia de respirar "respiraba muy lento y el alma / iba venciendo al cuerpo", de recoger el mundo y armonizarse con él mediante la respiración. "Anulación del tiempo, negación de la Historia / y del ser que sentía como fuente de música". Esta anulación del ser no se produce por oposición al universo, a una perspectiva que también caería derrotada con él, sino por una reunificación del hombre y el mundo.

No hay una radical diferencia con la pretensión de Giacometti. Más allá de esta tensión forma / espacio, se encuentra un surrealismo que nunca se terminó de perder en su obra, en definitiva, un deseo aún romántico de introspección, de conocimiento de un yo separado ya definitivamente de la naturaleza, del mundo. Lo que palpita en sus esculturas es la descomposición, el camino hacia la nada, la nada de los existencialistas. También así en la poesía mística la palabra viene a adelgazarse, a desnudarse en una sencillez tan pura que hace dudar de sus interpretaciones (¿ no es el Cántico Espiritual un poema de lenguaje purísimo, un poema de amor desnudo?), viene a caminar hacia la nada.

Pero la nada  es ahora la Noche más allá de la Noche, la impresión de que se ha ido más lejos que el vértice mismo de la nada, de la extenuación. La nada como conocimiento.

" ... allá en la  umbría del Valle del Silencio. / Recuerdas el camino, la misteriosa vía / ahora que el vacío está desorbitando / tus ojos, y tu vida, y tus sueños mejores. / Estás en el vacío que atraviesa el dolor. / Estás en el dolor que alimenta el vacío". Caminar conociendo o caminar desconociendo. Dos contrarios que acaban por ser un mismo referente. Igual hubiese ocurrido de no escribir estas líneas.

 

(*)Fernando Romera, que ha colaborado con “Caminar conociendo”, es profesor y poeta abulense

 

 

 

CAMINAR RECORDANDO

 

Por Javier Maíz Galán (*)

 

¡Qué momentos!, ¡qué vivencias!, ¡qué tiempos!, ¡qué manantial de emociones compartidas!... ¡Amigo y compañero de fatigas!... Don José Mª Amigo Zamorano.

Érase una vez un hombre encadenado una revista, “Caminar conociendo”...

Pero, ¡qué largo se está haciendo este camino de espera!... Tú, ya sabes, José Mª, que nuestro camino, el de la cultura, no tiene estación de llegada; y en estos momentos, en el cual te has encontrado demasiadas piedras en el camino, debemos ponernos en pie, seguir caminando y no quedarnos, como quieren algunos, de rodillas y al pan “dao”.

No te imaginas... pero ya no llevo la cuenta... los que somos... que con que ansiedad desbordada, esperamos el siguiente número de la revista... tenemos las esperanza de que ocurra como en las “pelis”... que, al final, siempre ganan los buenos.

Malos momentos para nosotros, en los que la cultura ha quedado atrapada entre tanto chapapote. Esperemos que se demuestre que nuestra revista es inocente y sea inmediatamente puesta en libertad, para seguir caminando por el sendero de lo real, de lo humano, de las cosas que de verdad nos interesan.

A la gente sensible a la cultura nos gusta ir al teatro, a un concierto, a una conferencia, a la presentación de una revista y, en el descanso, comernos una pipas y echarnos un cigarrillo; aquí no, aquí nos paran la función en lo mejor y en el intermedio nos ponen la tele para que veamos a los niños mutilados. Echo de menos, José Mª, esos momentos inolvidables, esos preliminares de la presentación de la revista, ese ir y venir de personajes tan ilustres como originales. El punto de partida podía ser tu casa y terminábamos en aquel Castillo con olor a cuentos de príncipes y princesas.

¡Qué instante! Aquel en el que José Mª “escoltaba” a sus invitados hasta la misma puerta del salón de actos, donde todos aguardábamos expectantes e ilusionados por saludar y estrechar la mano a tanto personaje extravagante. Instante que quedaba gravado en mi retina, mientras los asaltadores de la noticia no paraban de flashear con sus cámaras; y tú, con camisa limpia y bien planchada, corbata discreta y americana progresista para la ocasión, te guardabas el guión en el bolsillo y tu única preocupación era que todo saliera según lo establecido y al final poder decir lo que más te gustaba decir: “He aquí, ante ustedes, un nuevo número de la revista ‘Caminar conociendo’...”.

Todos los allí presentes, saciados de palabras bonitas, repletos de anécdotas ajenas, mirábamos al cielo dando gracias por ese momento; y entonces, casi por sorpresa, y como un regalo del destino, susurraba mi guitarra melancólica, la mejor dedicatoria para todos los que habíamos apostado por aquello, para los que, ese día, decidimos hacer un corte de mangas a nuestra miserable rutina, y emprender el camino de Las Navas del Marqués, y encontrarnos, cara a cara, con lo único que llenaba nuestro vacío.

Querido José Mª, gracias a tí y a tú revista, soy un poco más culto, un poco más músico, un poco más amigo tuyo y, sobre todo, un poco más libre. Quisiera seguir aprendiendo de tu mano, quisiera volver a palpar ese entrañable puñado de hojas grapadas, tener entre mis manos tanta sabiduría y tanto arte con olor a imprenta. Quisiera volver a ver a Puri, tu mujer, esa mujer de mirada profunda y sincera, que en la sombra te mima como oro en paño, y al mismo tiempo guarda y vela porque la revista siempre esté a la altura de las circunstancias.

Espero, y deseo, volver a Las Navas de la mano de mi mujer Almudena, como en los viejos tiempos, y escuchar de tus labios hacia ella un “¡Guapísssima!” o un “Hola, Javierrr”.

Amigo, José Mª: ¡quiero volver a caminar conociendo, pero contigo y en Las Navas del Marqués!.

(*) Javier Maíz, que fue profesor del colegio público de Las Navas, es guitarrista. Lleva ya dos discos compactos, muy alabados por la crítica, publicados; y está preparando un tercero.

 

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