La palabra
La palabra es planta que la épica riega en tiempos heroicos.
El rubor, ahora, fecunda la tierra entera.
Por eso tiene un color encarnado por encarnizados combates.
Pero tu, Silencio, que cercas la calle de mi agreste rubor,
cumple tu misión
de alambre, metálica fortaleza de mi orgullo entrañablemente
encarnizado de
recuerdos sangrientos.
Los perros ladran, mas no traspasan la morada del recuerdo
encarnado y,
aún, en carne viva.
Una humareda de palabras mentirosas quiere esconderme el rubor
del alba que
presiento tras un horizonte difuminado.
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Se desplaza mecida
A cada racha de viento
la mariposa se desplaza
sobre el sauce.
Matsuo Basho
Se desplaza mecida por el viento y no conoce el miedo de
seguir esperando.
Sabe posarse en cada hoja e inicia el vuelo si el huracán
azota con el
látigo hostil de la intemperie. El sauce es su morada
interina que adorna
con suaves pinceladas. No tiene de momento otra que adornar
pero la quiere
como suya. Así brotó su amor por los colores puros, sin mezcla
alguna;
además no puede permitirse el lujo de encarecer su vestimenta
e incrementar
su peso. Su ala es diestra y maestra antes aún que Olduwai o
que Altamira. A
cada racha de viento replica bailando y riendo sobre el sauce
con el liviano
color que la acompaña. No huye aunque lamenta el traslado de
lugar; pierde
un tiempo precioso en la mudanza; después se tiende a
descansar hasta que el
alba la despierte para seguir pintando la existencia: su hogar
eterno.
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Soldado
Comienza el alcamiz y, sin querer o queriéndolo, se ve rodeado
de babeantes
langostas que le abrazan mientras comen Libertad.
Él engulle su plato favorito.
No quiere contemplar su obra: larga caravana de hambrientos
desterrados.
¡Oh vientre agradecido!:
Tú si que le has hecho frente a la vida arañando la tierra con
las uñas,
hasta herirla; pronto vivirás eternamente con las flores del
camino, junto
al muladar hediondo, donde cagan, eso si, las bestias de tu
pueblo.
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Nadador
- 1
.... el nadador bracea ilusionadamente entre cortantes
espadañas...
.... es joven y le tienta, le llama, clamorosa la aventura...
.... y no importan los juncos cristalinos que interceptan su
avance...
.... él es joven, claro y puro y duro como el diamante...
.... como espada de diamante ensangrentado...
.... y se ríe del cocodrilo que, teniéndole a él, termina de
zamparse a
millones de airosas y encendidas luciérnagas y quedando ahíto
de furor por
la burla muere extenuado...
....y de las libélulas que atraídas por el señuelo acuático de
la Avenida de
las Mariposas quiebran sus alas sobre los mármoles y
granitos...
....y se interna decidido en el pantano pretendiendo alcanzar
pronto la
orilla...
....donde la algarabía de los pájaros que transportan grúas
celestes para
iluminar los luceros de los juglares...
.... en realidad comen migas de pan de centeno o de mijo con
los dedos del
cuenco de azabache rosado que es la mano del rápsoda o griot
narrador de
intrépidas hazañas que no sirven para nada ya que el nadador
bracea entre
juncos y espadañas cortantes...
....y dardos de letal desasosiego que le sumergen y abisman en
la brumosa
niebla...
.... pero él es joven e insiste y persevera en el intento que
le arde en los
adentros esperando que no sea un espejismo un señuelo
siniestro y...
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Predispuesto
Era un día cálido, soleado, transparente.
Y sin embargo estábamos solos.
Las ventanas desconsoladamente abiertas o cerradas.
El silencio... solo transgredido por las canciones de las
fiestas interiores
que no cuentan para la patraña con mayúscula.
Por encima de las canciones de la fiesta recojo piedras,
lanzas,
azagayas... ; preparándome, como tu, que haces un gesto
decisión en la
esquina de la calle; apostado y dispuesto a aprovechar la
dirección del
viento para no errar el blanco.
El silencio... ¡ah, el silencio!, oprimía nuestras gargantas
ansiosas de
gritar.
Solo el barco que se va del puerto.
Nos miramos y sin decirnos nada, de común acuerdo, nos brota
una canción de
alabanza al barco que leva anclas.
Su sirenita nos saluda ahogando el zapateo de las tristes
marionetas.
Nadie en cubierta.
También se nos va el amigo.
El amigo de toda la vida.
¡Qué dolor tan intenso nos produce contemplarlo!
El amigo de toda la vida se va volando con las langostas, a
mediodía, cuando
las golondrinas recogen barro en la orilla del río para
edificar su nido.
Pero nos viene otro...
....y nada tenemos que decir, sino elogios, del amigo eunuco
que recibe a los
caballos lanzándoles canicas...
....y como nosotros por encima de las canciones de la fiesta.
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La
ondina
La ondina recogió el ánfora del fondo del estanque; allí había
sido arrojada
antes que los guerreros invasores la quebraran.
Los nenúfares habían cubierto la superficie del agua con su
alfombra
floreada ocultándola de la rapiña desatada tras la amúteba.
El rubor por ser portadora del áncora divina del pueblo, que
presidió las
añaceas a la sombra del árbol tutelar, producen en el rostro
de la ondina
reflejos de alconcilla.
¡Oh ánfora! sabes que en tu vientre los foros se ocultaron:
vivas palabras
de paz, pan y libertad.
Cuando ya nos veamos libres de las miserias de la guerra, y
libre de
enemigos el cielo esté limpio y claro como el agua, te
llevaremos en
manifestación solemne hasta el alcor, mágica cima arcillosa de
la tierra
natal de cuyo seno habíamos extraído el arte que como escudo
protegió
nuestro exilio en los días más amargos.
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Alcañaverear
.... ¡oh, estragos del tiempo!, ¡oh, manes de las tumbas!
.... jamás imaginé la desmedida atracción que desenvolvería la
tierra sobre
mí...
....¡oh, no solo el gallardo y exuberante mayo!; en este
agosto, que me
envuelve en trazo ya de cellisca, se me despliega
repentinamente, en los
jardincillos de esta metrópoli extraña e inhóspita, como si
fueran los
pradales de mi pueblo olvidado, creía yo, perpetuamente, en la
remembranza...
.... ¡Oh, campanas!, ¡oh, camino!...
.... y dientes de león en la retina...
.... y vuelven una y otra vez, contumaces, desvergonzados...
.... asoman en mi aposento a altas horas de la madrugada;
descorren los
cortinajes, levantan las sábanas...
.... y me llevan, me secuestran, y me aprisionan en calabozo
de nostalgia y
amargura...
.... ¡oh, pétalos de capullos olvidados en la infancia!...
.... y un desasosiego me aguija, me acañaverea...
.... corro para que no me aprehenda el tiempo olvidado...
.... los senderos se entrecruzan y se pierden, desvanecidos
por la niebla
cegadora de ese tiempo...
.... y en la andadura se me borra hasta el nombre que me
pusieron...
.... y me interrogo ¿quién soy yo?... y como no sé qué
responder, me acomete
una angustiosa incertidumbre que dura muy poco,
afortunadamente...
.... permanezco en mi camino con mi pequeña desventura a
cuestas y corro,
corro otra vez, para que no me quede sin tiempo...
....¡como el tiempo me agarre, me rebasará y me abandonará,
inclemente, en el
desierto aquel, donde no hay ni airecillo, ni veredas!....
.... y corro, corro, porque el tiempo no me espera...
.... una desazón me aguija, me acañaverea...
....y el tiempo es un conciudadano extravagante y silencioso
que entiende y
no quiere volver con el que no diferencia, entre los caminos
que se
atraviesan, cual es el que encauza a la sepultura de la
felicidad...
.... y corro porque me pilla el tiempo... y como "el que mucho
corre pronto
para", me he parado para siempre...
....y ahora ya no tiene remedio.
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¡Oh,
estragos del tiempo!, ¡oh, manes de las tumbas!
.... y jamás imaginé la enorme atracción que ejercería la
tierra sobre mi...
.... ¡oh, no solo el airoso y florido mayo!...sin embargo, en
este agosto,
que me cubre a punto ya de nieve, se me presenta de improviso,
en los
jardincillos de esta ciudad extraña e inhóspita, como si
fueran los prados
de mi pueblo perdido, creía yo, para siempre, en el
recuerdo...
.... y ¡oh, campanas!, ¡oh, camino!...
.... y dientes de león en la retina...
.... y vuelven una y otra vez, insistentes, impertinentes...
.... asoman en mi cuarto a altas horas de la noche...
.... descorren las cortinas, levantan las sábanas; y me
llevan, me
secuestran, y me encarcelan en cárcel de nostalgia y pena...
.... ¡oh, pétalos de rosas perdidos en la niñez!...
.... y una desazón me aguija, me alcañaverea...
... corro para que no me pille el tiempo perdido...
.... los caminos se me entrecruzan y pierden, borrados por la
niebla cegadora
de ese tiempo...
.... y en la andadura se me borra hasta el nombre que me
pusieron... y me
pregunto ¿quién soy yo?...y como no sé qué contestar, me entra
una
angustiosa incertidumbre que dura muy poco, afortunadamente...
.... prosigo mi camino con mi pequeña pena a cuestas y corro,
corro otra vez,
para que no me quede sin tiempo...
....y como el tiempo me pille, me adelantará y me abandonará,
cruel, en el
desierto aquel, donde no hay ni viento, ni veredas...
.... y corro, corro, porque el tiempo no me espera...
.... una desazón me aguija, me alcañaverea...
.... y el tiempo es un vecino extraño y silencioso que sabe y
no quiere
volver con el que no discierne, entre los caminos que se
cruzan, cual es el
que conduce a la tumba de la felicidad...
.... y corro porque me pilla el tiempo...
.... y como "el que mucho corre pronto para", me he parado
para siempre...
.... y ahora ya no tiene remedio.
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Lóbregos
--- Se yergue y...
---¿Camina o emprende el vuelo?:
--- Qué mas da si se vuelve a quebrar por mas que intente
levantarse.
--- Y si mira intentando averiguar la dirección exacta
recuerda solo una:
la que hay, que es imán muy escuro y muy hondo.
Por lo tanto ¿entonces? recoge lo queda, que no es mucho, y
sigue sin
ganas, como a remolque: son esas rachas lúgubres en que
triunfa lo efímero y
arrasa con todo como voraz incendio.
Son laminillas (lo reconoce) que no llegan a ser losa como
aquel famoso
jueves de lluvia, en que el amor o el gozo, la gloria o el
alba, y la
felicidad en fraterna unidad con los amigos, suenan a burla
sangrienta ¡oh
Yugoslavia!
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Crin al viento
por José María Amigo Zamorano,
Las Navas del Marqués, 1994
Acodado en la crin que el viento mueve contempla inquieto las
luciérnagas,
mientras su caballo galopa veloz con lealtanza.
Se regocija al ver como va abriendo brecha en los muros
oscuros que, de vez
en cuando, le cierran el paso.
Presiente que el camino va a ser largo y difícil, por eso no
desdeña los
frutos que le ofrecen las gentes del lugar por donde pasa.
Las luciérnagas no tienen el poder suficiente, mas él agradece
su luz y las
anima a seguir alumbrando.
Por eso espolea a su caballo que relincha de dolor. Reconoce
que no se
merece un trato tan brutal y acaricia su cuello con dos suaves
palmadas.
Pero está un poco nervioso. Tiene que llegar. Lo ha prometido.
Su esfuerzo es más heroico, aún si cabe, en esa noche oscura,
al guiarse sin
el perfume y colorido de las flores que están como muertas.
Una pareja se besa a la luz de la luna. Le miran pasar
sonrientes. En su
sonrisa hay un destello solar que él esperaba y que, no
obstante, agradece
porque remoza sus recuerdos, debilitados por la larga espera.
Con esa experiencia amorosa ya puede combatir las trampas que,
sin duda
alguna, le tenderán mas adelante.
Ahora ya, sereno, se agarra con una mano a la crin y la otra
al viento,
mientras sigue contemplando la humilde luz de las luciérnagas.
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Fértiles
Sabe que alfombra su caminar, fugaz y efímero, alondra y
mariposa, recoge el
testigo llegando a la meta sano y salvo.
No sabe que ha sido premiado con un baso de buen vino y que
será coronado
con pétalos perfumados en el sudor de su frente.
Son los vuelos de la dicha compartidos en comunión como el pan
de cada día
trabajado; vetas que en la mina del alma se descubren de
improviso:
desprendimientos y ofrecimientos; una suave brisa ¡oh
Yugoslavia!
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Charlatanes
de la feria
Lo que nos donan u ofrecen por doquier los charlatanes de la
feria
imperante, no son más que trampas para claustrar las
mariposas; orín o
herrumbre colocado en las alas de las libélulas; ¿dádiva o
venta?, qué mas
da, para disfrutarlo en cautividad; desconoce el poder
arrollador del agua
que, fluyendo libremente del cangilón al cauce, esparce el
mijo junto al
trigo.
La conseja de la anciana que hizo mella en tu oído y lo dañó;
los rumores
cocidos en las fraguas de los herreros, sin conciencia de la
eternidad de
los metales; el falso aroma de los recuerdos: las telarañas de
urbes
antiquísimas; el polvo de los pilares derrumbados; la
fotografía que no eres
tú y te miente, descarada, mirándote... todo, absolutamente
todo, lo que no
te dejó crecer en libertad, arrúmbalo, arrúmbalo y para
siempre en el
sobrado.
Aparta los adornos, los espejos y los escaparates también.
Los adornos, en el cristal del tiempo, engañan aún mas que las
pobrezas
pintadas en las cabañas de los arzobispos y banqueros.
Los espejos y los escaparates, también forman conjuntos
sugerentes,
escondiendo su brutal ambucia en oropeles, e incitando a
cuchillos por mano
de verdugo.
Renueva tu pacto con el diablo que te ayudó a desenmascarar
los templos,
donde imparten lecciones de amor los eunucos a parejas de
enamorados o a
simples necesitados de cariño, y salen, !que vergüenza!,
ruborizados y
confusos.
Reúne, en fin, a los que fueron en ti, buenos compañeros o
amigos de
"pecados veniales y mortales" (según el argot de aquellos
tiempos) en ellos
encontrarás los gérmenes que harán una gran revolución en tu
persona...
De ti brotará un hombre nuevo y libre, como las mariposas o
libélulas...
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Mariposa
zapatista
No es en la marquetería donde fraguó su vuelo, ni se posa con
gusto en el
armario.
Es fina como la trayectoria de un dardo, e inasible como el
alma de los
sueños liberadores.
Pertenece, con derecho propio, al mundo sibilino del
radiocomando mágico.
Desde el atalayado prisma óptico la observa, siempre con
esperanza, el
artista soldador.
Y si le alarga la mano para aprehenderla, lo invita a que siga
su zigzagueo
peligroso adentrándose indomeñable en la maleza.
Y desaparece entre las zarzas.
Es, en fin, insurgente y fugaz como los destellos rebeldes que
de cuando en
cuando brotan a lo largo y ancho de la tierra.
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Recado
¡Lleva el recado, anda, llévaselo!, le dijeron.
y ella se lo llevó solícita.
Esperan.
Esperan al alba. Ojos inmovilizados. Permanentes. La
conciencia toda en
vilo.
Confían que el vuelo sea veloz, raudo.
Le explicaron.
Se desnudaron incluso, para que contemplara su inocencia.
Ahora solo les queda ojear el horizonte de la tapia, a la nube
que pasa o a
la copa del árbol que asoma y atendiendo de no ser
sorprendidos en su
pensamiento por el guardián.
O de sí regresa, que retornará, no asustarla con nieve en los
ojos, se iría
espantada volando cercenándose entonces el cordón umbilical
que aún les liga
al mundo exterior.
Qué angustioso sería hospedarse en puro cielo sin nadie que
les hable; sin
savia en movimiento; abiertos los luceros como un agua
estancada, clara,
intacta, transparente, por donde horadaría su soledad el
mundo.
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Refugiado
Se quebró el ánfora sagrada, cayendo al suelo rota en mil
pedazos.
El árbol que daba sombra a los ancianos y a los niños en los
días calurosos
y que presidió las añaceas durante siglos, se secó.
Huyeron las mariposas cuando el tam-tam, rasgando su vientre
sonoro,
enmudeció, ¡mal augurio!.
El gallo tutelar permaneció solo, silencioso e indeciso, en la
penumbra del
puerto.
Francas las cancelas la conciencia se achicó y agrandó para
lamentar la
pérdida del alba; poco remedio para tan grande mal.
Si percibió la enriquecedora diferencia, la juzgó erizada de
púas y con los
fosos atestados de hambrientos cocodrilos. Mas no ha venido
para volver
atrás, sino al origen.
Sin embargo se halla preparado para todo: respirar el aire que
le otorguen,
hacer de tripas coraje y con la nostalgia que le queda (su
bien mas
preciado) edificar una airosa morada que algún día pintarán
las mariposas.
Después sucederá el menosprecio y el acoso, color mierda, o la
indiferencia
criminal, de tinte nauseabundo.
Mas, con los suyos, ya habrá plantado un nuevo árbol que
presidirá las
añaceas del regreso, a la tierra comunal abandonada.
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Sacerdote
Son riente.
Son de colmillo afilado.
El sacerdote bendice los esponsales en la tarde ensangrentada,
atormentada,
cenicienta de impactos; y su testa algodonosa, situada
divinamente en el
cosmos, lo corona de profunda y satisfecha indiferencia.
El águila le limpia con el pico sus dedos sangrientos; las
alas ríen a
carcajada batiente.
Y se van perdiéndose en el cielo.
Ya está la pareja libre de amenazas.
La virgen ornada de blanco velo alza la daga construida arriba
del angosto
canalón donde poseen su nidal las langostas; emprende un vuelo
oxidado de
buitres hacia el clérigo que, indiferente, como ya se ha
dicho, a todo,
desmiga salmos en senda encharcada donde los despojos abrevan
agua sin
detenerse.
Las mariposas, que por lo menos tienen miedo, huyen
responsables a
refugiarse en el vientre de las hembras.
Los invitados arrastrándose por el suelo buscan canicas para
disimular.
¡Qué les pongan apéndices a las mariposas!
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Escribí lo que sigue hace años
(¿20 tal vez?...o mas)
sobre un tal Roberto Hernández
alumno de 7º A que era huérfano.
Y del que no recuerdo nada:
Roberto como caña que puede quebrarse en un momento.
Caña frágil que comienza siempre a nacer en primavera.
Como yo, que soy el mismo viento hermano del viento a veces
cruel conmigo
que me empuja y me rompe y me lanza y me tortura y también me
acuna
dulcemente.
Caña y viento se debaten hasta ser sepultados en la nieve.
A veces creo que me voy a desmoronar a convertirme en polvo a
desintegrarme
y que todo mi dolor desaparecerá en la nada.
Será el descanso.
Las mas creo que caeré en pozo oscuro y lóbrego que me
espanta.
Mi dolor permanece punzante eternamente
Es el castigo.
Descanso y castigo a todas luces impropio del que camina sin
encontrar
posada, sino una vereda inmensa.
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El elefante
El elefante se sintió en la luna ágil y airoso como una
mariposa.
Alegre y atolondradamente comenzó a correr y saltar.
Y en un salto incontrolado cayó rodando por cráter abajo.
Fue sepultado en el polvo lunar.
Su sentimiento nacía objetivamente subjetivo:
como una mariposa, si, pero...
descuajada y desarraigada.