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LA ‘INVENCIÓN’ DE LA HISTORIA

 Por Julio Valdeón Baruque

 

“Pensar sin referencia continua, permanente, a la historia, me parecería tan imposible como a un pez... vivir fuera del agua”, dijo en 1987 el conocido hispanista francés Pierre Vilar. En efecto, el ser humano es ante todo un “ser en el tiempo”. Ciertamente vivir es proyectar el futuro, pero al mismo tiempo apoyarse en el pasado. De ahí la permanente relación dialéctica entre pasado, presente y futuro. 

La palabra historia, no obstante, tiene dos acepciones muy diferentes , pues significa tanto la sima de acontecimientos que protagoniza la humanidad como el discurso elaborado por la mente humana para relatar o explicar ese proceso. La historia, entendida en este último sentido, es una disciplina académica, que tiene su liturgia y sus oficiantes, que se plasma en textos escritos y se enseña en los centros escolares, que construyen unos especialistas, los “historiadores”, y manejan todos los ciudadanos. Y es que la historia, por su estrecha conexión con la formación social e ideológica, tanto de los individuos como de las colectividades, es susceptible de manipulación hasta límites inverosímiles. Por eso dijo en su día P. Valery que la historia era la elaboración más perversa de cuantos productos habían salido del cerebro de los hombres. La historia puede servir los propósitos de los amos, pero también de los esclavos. ¿No se ha dicho asimismo que toda clase de historia es un panfleto, de derechas o de izquierdas? 

No obstante el terreno en que la historia ha prestado y presta más servicios, aunque con altos riesgos, es el relativo a la configuración de la conciencia nacional. “La historia y su conocimiento son uno de los de los principales elementos de la conciencia nacional y una de las condiciones básicas para la existencia de cualquier nación”, ha dicho el historiador polaco J. Topolsky. Por su parte, el francés B. Gene ha puesto de manifiesto, con la mayor rotundidad, que “no existe nación sin historia nacional”. Claro que este último postulado puede ser invertido: fabriquemos una historia nacional “ad usum” y habremos puesto los cimientos de una nación. Así se explica que después de tantos años de utilización en España de la historia como alimento de la conciencia nacional, incluso echando mano de una materia denominada “Formación del espíritu nacional”, que básicamente se nutría de materiales históricos convenientemente aliñados, la llegada de la democracia y la puesta en marcha del estado de las autonomías hayan supuesto una nueva era para los historiadores-nacionalistas, por más que ahora los marcos territoriales sean simples partes de lo que hasta ayer era el todo. Pero, como advirtieron los profesores Barbero y Vigil, una cosa es la legitimidad de los pueblos de España a recabar su autonomía y otra convertir cada nacionalidad y región en “unidades de destino en lo universal”. 

Sin embargo ahí está la realidad. Veamos lo que sucede en el ámbito de la educación. En las directrices generales elaboradas por el Ministerio de Educación a propósito de la Enseñanza Secundaria Obligatoria no se habla de historia de España, ni de conciencia nacional española, ni de ciudadanos españoles, quizá como parte de la penitencia que tenemos que pagar por los pasados excesos del nacional-catolicismo. Pero simultáneamente en las Comunidades Autónomas con competencias educativas, particularmente en algunas de ellas, se pretende instrumentalizar el área de Ciencias Sociales, Geografía e Historia al servicio de la formación de una conciencia nacional propia. Por su parte, los políticos de turno no dudan en organizar festivales histórico-patrióticos, conscientes de la rentabilidad que pueden obtener de los mismos. Desde las perspectivas nacionalistas no sólo se acude al arsenal de la historia para recoger aquellos elementos que convenga a los objetivos que se persiguen sino que, en caso necesario, se hace algo más sencillo, se “inventa” la historia.

 

Julio Valdeón Baruque, Valladolid 1993

(Revista “Caminar conociendo”, número 2. Junio de 1993)

 

J. Valdeón Baruque. Vallisoletano. Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Valladolid. Presidente de Ámbito Ediciones. Ha escrito La Edad Media en la Historia de España de la editorial Labor e Historia 16 y ha dirigido la Historia de Castilla y León de la editorial Ámbito, entre otros libros.

 

 

VICENTE ALEIXANDRE, POETA VIGENTE

INTERVENCION DE JOSE HIERRO

 

Las palabras de aquel gran poeta, León Felipe, que recuerda ahora D. José María Amigo, las corrobora también Max Aub en un libro en el que abunda esa idea nostálgica que tiene el español: cuando él se va de un lugar ha acabado el mundo; sigue viviendo en su recuerdo, pero lo que queda está paralizado, muerto. 

Sostenía él que la poesía, después de la muerte de Lorca y la terminación de la guerra civil, no existía. Un día, de acuerdo con la idea que tenía de la poesía, que no solamente tenía que ser buena, naturalmente, sino crítica, escribió, rectificando en otro libro, que la poesía que se hacía al día, sin nostalgias lorquianas (excelente poeta por otra parte) era la poesía que se hacía en España y dentro de España. Pese al franquismo, la censura, etc., se hacía poesía, esa poesía que estaba al día y sin alimentos nostálgicos. 

Tiene mucho que ver lo anterior con el homenaje que celebramos hoy. En Las Navas del Marqués tuvo lugar el encuentro de Vicente Aleixandre con la poesía. Dámaso Alonso le puso sobre la órbita poética de los años veinte: la importante de aquel momento: la de Juan Ramón y, para Vicente Aleixandre, fundamentalmente, la de Rubén Darío. 

Recordaba al llegar aquí, con una mezcla de pedantería y de evocación histórica, otro momento también histórico: el encuentro, en Granada, de Boscán con Navaggiero, que le enseñó la métrica italiana. Gracias a él tenemos a Boscán y, sobre todo, a Garcilaso. 

Sin Las Navas, sin Vicente Aleixandre junto con Dámaso Alonso, no tendríamos al Vicente Aleixandre que hoy conocemos.Yo era un jovenzuelo cuando conocí a Aleixandre. 

El era la generosidad, la apertura, ante todo lo que llegaba, ante todo lo que podía ser estimulado. Un hombre realmente desprendido, generoso, cordial. Un hombre, además, que sabía dar la cara; me explico: por aquellos años de dictadura franquista, se celebraba semanalmente una tertulia en el Ateneo de Madrid; un día acudió un agente; pensaba que aquella tertulia podía tener algún peligro para el régimen franquista porque había habido una serie de denuncias y... total que fuimos echados de allí; hicimos entonces una especie de tertulia paralela en una librería de Madrid, la de Carmina Abril; nos reuníamos un grupo de poetas con un policía que apuntaba lo que se decía entre las gentes; y se lo mandaba a los políticos; un policía que iba oficialmente, no el chivato clandestino; nunca he podido averiguar quién pudo ser el policía; el hombre iba a ver si aquello que se había presentado a la autoridad, para ser leído, era lo mismo que se leía; era tan estúpido como ver a un ser leyendo lo que estaba escuchando por si se pasaba; incluso la estupidez llegó al extremo de que, en una ocasión, dábamos una lectura, alguien leía una breve antología de un poeta judío, Premio Nobel, no recuerdo quién era; lo cierto es que iba a leerlo Pepito Pérez; se presenta la solicitud del permiso: sellos, etc., todos los requisitos en la Dirección General de Seguridad; mas como, a la hora de la verdad, esas mismas poesías las iba a leer Juanito Gómez, el acto se suspendió. 

Pues bien, Vicente Aleixandre con absoluto y total desprendimiento, él, que raramente salía de casa, excepto para ir a la Real Academia, cuando se inauguró aquella tertulia contraoficial, fue el primero que inauguró aquello con unas sillas bajitas que alquilábamos semanalmente. Estuvo allí dando la cara y demostrando con quién estaba: con los jóvenes, con la verdad y con la libertad. 

¿Qué es lo que significaba Vicente Aleixandre para nosotros? Para contestar a esta pregunta habría que decir que estábamos al final ya de la guerra y que, como pensaban León Felipe y Max Aub, no había nada. ¿Qué había ocurrido? De los poetas de la generación del 27, en la que nos habíamos educado... : Guillén está en el exilio, Salinas está en el exilio, Alberti está en el exilio, Lorca ha sido asesinado, Emilio Prados está en el exilio, Luis Cernuda en el exilio... ; queda luego lo que se llamó “el exilio interior”; había un poeta, entonces no era gran poeta, era un crítico, un filólogo; había escrito un librillo, poemas puros, poemillas de ciudad... me refiero a Dámaso Alonso; y estaba, sí, estaba Vicente Aleixandre; pero mudo. ¿Cómo escribiría él después de la guerra, de lo que había ocurrido: las cárceles, los racionamientos, el millón de muertos?... ¿Cómo escribiría él?... 

Teníamos, los jóvenes poetas, la necesidad de un ejemplo para asirnos; lo mismo que todo niño necesita que le den la mano para andar. 

Aquel ejemplo vino cuando apareció aquel libro fabuloso “Sombra del Paraíso” y por el que hoy celebramos el cincuentenario de su publicación.  

De pronto la poesía española va a influir en todos nosotros.  

Como “Hijos de la Ira” de Dámaso Alonso.  

Y de pronto la poesía va a renacer de sus cenizas. 

Las jóvenes ya tienen quien les lleve de la mano. 

Luego cada uno iría por su parte. 

Vicente Aleixandre tiene, en toda su obra, una enorme coherencia. He dicho alguna vez que los poetas contemporáneos son autores de obras completas; es decir: cada uno de sus libros, de sus poemas aislados, no es mas que el fotograma de una película que, relacionado con el fotograma anterior y el posterior, adquiere movimiento: la poesía no está en un poema, sino en el conjunto de todos los poemas. 

Si del siglo XVII queda “Las Meninas”: todos vemos el cuadro, la España de entonces, el espíritu de la época. Si leemos “Las coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique, ¡basta! ¡es suficiente!. Pero si tenemos que elegir... ¿cuál es el cuadro de Picasso, más picassianamente característico?... Pues no hay un solo cuadro en la suma de todos ellos... ¿el precubista?, ¿el de la serie negra, azul o rosa?, ¿el cubismo ya?, ¿el de las deformaciones?... Picasso es la suma de todos ellos.Vicente Aleixandre es, en este aspecto, un poeta contemporáneo. 

Cuando el superrealismo aparece en España lo hace por una necesidad: ha habido un neopopularismo que es la poesía breve, la cosita de poca extensión, el chispazo; el poeta juega; la poesía, decía Gerardo Diego, es crear lo que no veremos; se ha alejado de la vida, por lo menos de una manera directa. Entonces, Vicente Aleixandre advierte que el superrealismo es una última forma de romanticismo, es hablar, de una manera como sonámbula, onírica e irracionalmente, de aquello que tiene, dentro de nosotros, su ego. No lo racionaliza, lo expresa como a bocanadas. De ahí surge algún libro de los suyos (prescindiendo de “Ámbito” que es una primera toma de contacto con la nueva poesía): “Pasión por la Tierra” es el ser humano, hombre o mujer, que está sumido en lo más hosco, duro, negativo, feo, de la vida. Inmediatamente después, una segunda forma de entender la poesía es “La destrucción o el amor”; ¿qué es “La destrucción o el amor”: el paraíso inventado donde todo es puro, elemental; amor y muerte es lo mismo; está lleno de criaturas desnudas, de animales salvajes, de plantas silvestres; es un mundo bellísimo, un mundo lleno de fuerza y ya sin ninguna desolación. 

Cuando viene la guerra, cuando acaba la misma y comienza otra vez su carrera poética, ¿qué es lo que ocurre?: aquel paraíso que habíamos visto en la “Destrucción o el amor” va a ser “Sombra del Paraíso”; un poco como en Milton “El Paraíso Perdido”; ¿qué es el poeta que se nos revela en aquel libro fundamental?: primero, un poeta orquestado, rico en palabras, en invenciones metafóricas; segundo, el ser que tiene la nostalgia de aquel anterior paraíso de “La destrucción o el amor” donde todo era elemental, puro, fuerte, dramático. 

A continuación, este poeta que está como sentado en una cima contemplando el mundo, pero humanísticamente contemplado, va a entrar dentro de una intimidad, va a hacer entonces aquella “Historia del corazón” donde se nos presenta al hombre concreto. 

En “Sombra del Paraíso” tenemos al poeta arquetípico, en “Historia del corazón” al hombre concreto con nombre y apellidos, con sus problemas específicos, pequeños pero intensos. Un día se sale de si mismo y va a contactar con la realidad “En un vasto dominio”, en Miraflores, con las gentes sencillas, con gentes de esta época que tiene un correlato, un paralelo, con gentes de otra época; son aquellas parejas de retratos admirables; y viene ese libro “Los poemas de la consumación” donde es ya la poesía del anciano. 

Es, por tanto, su poesía como la de todos los poetas contemporáneos, con altibajos, algo que nos está revelando en su profundidad como una película; que nos está contando la biografía de una persona: tenemos ahí todo Vicente Aleixandre. 

Vicente Aleixandre es, para nosotros, los que entonces éramos jóvenes, un faro protector, hombre que aconseja, consuela, corrige defectos, es decir: el hombre que es guía.  

Hay poetas que han podido ser grandes poetas, pero que no son poetas vigentes. Vicente Aleixandre, después de acabada la guerra, en 1944, se convierte, ya, en uno de esos símbolos.  

Si por los años 26 o 27 se le pregunta a los jóvenes poetas que, para ellos, quién es el gran poeta, hubieran dicho: Lorca, Alberti por la vía del neopopularismo; otros, dentro de la poesía dura, hubieran respondido: Guillén. 

Por los años 33, 34, 35 Lorca sigue siendo un gran maestro; y Alberti empieza un poco a olvidarse como maestro vigente, no como poeta leído; y se incorpora un nuevo nombre, Pedro Salinas; cuando escribe “La voz a ti debida” o “Razón de amor”, el lector, de entonces, ve que un poeta puede estar sumido en la entraña misma de la vida y escribir de algo que antes le había parecido ridículo (becqueriano, se decía entonces despectivamente) como era el amor. 

Acaba la guerra y, después de una toma de contacto, los nombres serán Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Pasados los años, Aleixandre sigue en ese pedestal de gran maestro y se añade el nombre de Luis Cernuda. De ahí, que no estemos hablando de una persona que tuvo el privilegio, o ellos (el jurado) tuvieron el acierto, de darle el Premio Nobel, sino de una criatura viva de arriba a abajo, de un gran poeta, de un maestro vigente, puesto que su vigencia y su huella se ve todavía. 

Eso es lo que yo quería decirles a ustedes. Muchas gracias.

 

José Hierro, Castillo-Palacio de Magalia. Las Navas del Marqués, 1994.

(Revista “Caminar conociendo”, número 4. Mayo de 1995)

 

 

DE CANNES A LAS NAVAS DEL MARQUES PASANDO POR SALAMANCA

 

Por Juan Antonio Bardem (*)

 

En mayo de 1955 fui jurado del Festival Internacional de Cannes. El productor Manuel J.  Goyanes presentó allí, fuera de concurso, nuestra película “Muerte de un ciclista”. 

Recuerdo que cogí una pequeña insolación en la playa del Hotel Martínez en la Croicante en día antes de la inauguración del Festival, fecha elegida para la constitución del Jurado. Conseguí ese mismo día –antes de la insolación, claro- ponerme en contacto con la actriz norteamericana Betsy Blair- que estaba ya allí para la presentación de su película “Marty”- y le entregué una sinopsis “Calle Mayor”, unos diez folios. Ese proyecto ya tenía el visto bueno de Manolo Goyanes y su “nihil obstat” para contactar a Betsy Blair, aunque ni él ni la misma Betsy se podían explicar mi absoluta fijación incorporase al personaje de Isabel, en esta historia emanada de “La señorita de Trévelez” de D. Carlos Arniches. 

Bueno, “Muerte de un ciclista” ganó (‘ex-equo’ con “Raíces” de Benito Aleaba) el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI). “Marty” ganó la Palma de Oro. 

Lamentablemente, la película oficial española “Marcelino pan y vino” no consiguió nada, a pesar de mis “denodados” esfuerzos para que apareciese en el Palmarés Oficial. Bueno, me equivoco: una mención a Pablito Calvo compartida con otro actor niño hindú (Yo me hice hacer una carta  del jurado, que presidía Marcel Pagnol, y que firmaron todos, en la que se reconocían esos mis “denodados” esfuerzos porque el film de España tuviera un premio). Quise tener esa carta, como una especie de salvoconducto, porque yo sí sabía que me la estaba jugando. A la salida de cada reunión del jurado me esperaban, inquisidoramente, el productor de la película D. Alfredo Navasqües (Estudios Chamartín, Distribuidora Chamartín, Banco de Vizcaya) y D. Fernando Casanova (Presidente del Sindicato Vertical de Espectáculo) y otros “oficiales” que ahora no recuerdo. 

Volví a Madrid en el chevrolet de Manolo Goyanes, con el premio, el sí de Betsy y ese artículo del semanario “Arts” donde se decía que yo era uno de los cinco mejores directores del mundo en ese momento. ¡Qué cosas! O sea que era la felicidad total, al menos para mí. Por eso tuvimos que detenernos en Carcasonne para que me sacaran una muela que me estaba matando. (La conclusión filosófica de esa dialéctica felicidad-desgracia conformará, luego, una de las escenas de “Calle Mayor”; y en 1992 cuando rodaba “El joven Picasso” incluyo una escena en París, ‘chez’ Gertrude Stein, donde Apollinaire recita un bellísimo poema: “Non, je n’ai jamais vu Carcassonne”. 

Madrid, por fin. Pero ni veinticuatro horas. José Ángel Ezcurra me lleva en su coche hasta Salamanca donde están a punto de empezar las “Primeras Conversaciones Cinematográficas Nacionales”. Justo a tiempo para poder decir eso, como militante del PCE, que llevaré a cuestas, orgullosamente ¡si señor!, de que EL CINE ESPAÑOL HOY (1955) ES POLÍTICAMENTE, INEFICAZ; ESTÉTICAMENTE, NULO; INTELECTUALMENTE, INFAME; INDUSTRIALMENTE, RAQUÍTICO. 

¡Si, señor! Salamanca, un gran y democrático gol elaborado por nosotros, los cineastas y algunos militantes del PCE, junto con espléndidos “compañeros de viaje”. 

Vuelta a Madrid. Empieza a hacer un calor de muerte y tengo que escribir aún el guión de “Calle Mayor” para empezar el rodaje antes de fin de año. Hay que buscar la coproducción, preferiblemente con Francia, buscar la financiación, preparar la película, etc. Para ello, el guión es fundamental e imprescindible. 

Hay que buscar un lugar agradable, cercano a Madrid (por eso del ir y venir) con mejor temperatura que este horno y no muy caro. María, mi mujer, dice: ¡Las Navas del Marqués! Y allí que nos vamos mi mujer, yo, nuestra hija María (9 meses) y la máquina de escribir. Alquilamos una casa minúscula, pero suficiente. Tengo que tener terminado el guión lo más tarde el 1º de septiembre. La niña agarra la tos ferina, ya saben esa tos que guindada¿? que hacen que a veces priven ¡qué sustos! No sé ahora, pero entonces no había remedio eficaz. Sólo aguantar (la niña y sus padres). 

Recuerdo que escribí con la portátil encima de las rodillas y había que estar siempre avizor para que la niña al cabo de los cinco golpes de tos no perdiese definitivamente el resuello. 

A trancas y barrancas logré terminar el guión en el plazo previsto (Ediciones Plot ha publicado recientemente una edición “facsímil” del original mecanografiado por mí). 

Tuvimos siempre momentos agradables, además de los puramente críticos. Venían amigos de Madrid a conocer a la niña (Paco Montero, Fernando Rey) y los abuelos (Rafa y Matilde; Juan Antonio y Victorio). 

También hubo una reunión “magna” de los cineastas del PCE en Madrid, una reunión “oficial”, al aire libre, con el buen Dios como único observador. Vinieron: Federico Sánchez (nombre de guerra del escritor Jorge Semprum, que fue luego Ministro de Cultura con Felipe González, durante su militancia en el PCE), R. M. Suay, Eduardo Ducay, quizá Rabanal Taylor, no lo recuerdo bien. 

Les leí lo que tenía escrito de “Calle Mayor”. “Federico Sánchez” se cabreó porque había puesto su “nombre” al “intelectual” de la película y desde entonces tuve que llamarle Federico Artigas (¿comprenden?, en los diálogos ponía sólo Federico, así que no había que corregir mucho) En la reunión se hizo lo habitual: analizar la situación política, discutir las líneas maestras de acción como cineastas y fijar el modo de ponerlas en práctica. Particular atención a “Objetivo” y “Nuestras Ideas” y otras publicaciones donde pudiéramos “entrar”. 

Una cosa seguía estando palmariamente clara: la lucha por la democracia y la libertad en España y el derrocamiento de la dictadura de Franco. 

Esto último lo conseguimos al cabo de unos días: exactamente 7480; y gracias a la ayuda, entre otros muchos, del buen Dios que hizo que muriese, “comme il faut”, en su cama el 20 de noviembre de 1975. 

Juan Antonio Bardem, Madrid de 1996.

(Revista “Caminar conociendo”, número 5. Julio de 1996)

 

(*) J. A. Bardem fue director de cine. Autor, entre otras, de las películas: Calle Mayor, Muerte de un ciclista, El joven Picasso, Vida de García Lorca...  


CUENTOS VIVOS

Por Agustín García Calvo (*) 

Al pedirle a uno que hable de libros que, allá en su niñez y hasta mocedad, debieron darle muchos placeres o descubrimientos o riquezas, y diga uno, el que piense que más le diera, uno se queda un tanto perplejo y meditabundo. Porque en cosas de amor o de agradecimiento no se pueden dar primeros premios ni segundos, como en los concursos de bellezas o de obras literarias; no se puede decir “el que más...”, como hablando de levantadores de pesos o rascacielos. 

Así, ¿qué va a hacer uno? Pues nada: lo que uno hace es dejarse hundir en sus recuerdos de aquellos que uno era y no era, ponerse a buscar entre esas aguas irisadas y brumosas, y dejarse, a ver cuál  es el primer libro-pez o libro-alga con el que se encuentre. 

Pues ¡ea!, estamos ya nadando entre las aguas, el primer pez, el primero que nos roce las antenas. ¿Cuál es? Era una serie de historias ilustradas, en dos tomos en linda tela, el primero parda, el segundo gris, con un grabado, impreso en colores y unos pocos colores, en las portadas, en la del primero, unos cuantos hombres que son las Fuerzas Vivas de algún pueblecillo acompañadas tal vez de un burro; en la del otro, un mozo abrazado por de fuera de una gran campana que voltea; y el titulo CUENTOS VIVOS, y encima, más pequeño, el nombre del autor, Apeles Mestres, que resulta ahora que era un dibujante catalán que tenía, sin embargo, el ingenio de contar cuentos. 

¿Cómo los contaba? Se abren los libros, y en cada página de la derecha hay dos escenas dibujadas, una bajo otra, como a fina pluma, sobre un fondo verde-gris, y debajo de cada una, una o dos líneas diciendo lo que va pasando (en la página de la izquierda están impresos los mismos letreros seguramente, pero traducidos a otras dos o tres lenguas desconocidas y fascinantes). 

¿Cuál era el encantamiento que los ha hecho quedar así vagando tan vivos entre las ondas del recuerdo? ¡Quién sabe! Pero aquellos trazos del dibujo, a veces punteados, rara vez rellenos de alguna mancha de blanco o negro, deben tener algo de culpa de que tantas de aquellas escenas (un muchacho al que un hombre corta en dos por la cintura con su espada y los trazos punteados de las tripas encaracoladas se combinan con la cabriola del muchacho en su brinco; aquel alfarero, con su ropita corta a lo griego antiguo, vociferando entre un ánfora alta y una chata, que va a acabar con la cabeza cogida entre ambas por obra de algún poeta despechado; y más y más escenas) han quedado prendidas con un recuerdo del hilo de sonrisa que las acompañaba durante largos años en los ojos y en la boca del niño o ya muchacho que una y otra vez las recorría. 

¡Volviera a publicar alguien los CUENTOS VIVOS de Apeles Mestres, y resucitara aquellas risa y aquel vivo placer (instructivo sin duda, como los placeres verdaderos), aunque haya de ser en los ojos y las bocas de otros niños! 

Agustín García Calvo

Estación de Las Navas del Marqués (3 de abril de 1992)

(Revista “Caminar conociendo”, número 0, año 1992) 

(*) A. García Calvo es filólogo, lingüista, poeta, filósofo, profesor emérito de la Universidad de Madrid... Autor de numerosos libros, entre ellos: “De los números”, “Jenofonte”, “Canciones y soliloquios”, “Lalia”, Plauto”, “Del ritmo del lenguaje”, “Del tren”... Algunas de sus poesías han sido cantadas por Amancio Prada.

 

 

NOVELA NEGRA PARA JÓVENES

 Por Manuel Blanco Chivite (*)

 En principio, la novela negra y la novela policíaca en general, aun cuando se concibieron como mero entretenimiento, no se pensó que pudiese estar dirigida específicamente a un público juvenil. 

Sin embargo, muchos de los que hoy nos consideramos apasionados o asiduos lectores de este tipo de libros, adquirimos tal afición o inclinación en nuestros primeros años de adolescencia y juventud. En tal periodo descubrimos a Edgar Poe, Conan Doyle, a Agatha Christie, a Edgar Wallace, a Dashiell Hammet, a Ellery Queen, a Raymond Chandler... No eran obras que se conceptuasen como “juveniles”; no obstante, resultaban, al menos en mi opinión, bastante más interesantes y atractivas que las oficialmente dirigidas a los jóvenes. Desde luego, el asesinato, la corrupción, el gangsterismo y la seca brutalidad presentes en muchos de esos libros parecían no hacerlos muy recomendables para quienes, curiosos e inquietos, desdeñábamos la escasa literatura que se nos pretendía adjudicar y los convencionales tebeos de censuradas aventuras, y elegimos hacer nuestras primeras armas literarias con los autores citados. 

Hoy en día, con el enorme auge de la industria editorial y los programas de estudio que obligan a leer esto o aquello, la oferta presente en las librerías se ha multiplicado. Y con ellas las posibilidades lectoras de los jóvenes. 

Ya hace diez o doce años vimos en “Club Joven de Bruguera” seleccionados algunos relatos de Hammett, Chandler, Conan Doyle... En la actualidad, las versiones blandas de lo “negro” y el relato policial infantil y juvenil multiplican sus ediciones, títulos, autores y formatos. 

Anaya, por ejemplo, tiene su “Espacio abierto”, dedicado sólo a autores y novelas policíacas dedicadas al público juvenil. En su catálogo, conocidos novelistas de serie negra emplean sus talentos y capacidades literarias al servicio de las nuevas generaciones emergentes. Así, encontramos ese Todos los detectives se llamaban Flanagan, firmada por Andréu Martín (el muy duro autor de Prótesis o Barcelona connection) y Jaume Ribera, o el Parecido SA, del argentino Juan Sasturain, autor de aquel estupendo Manual de Perdedores. 

Parecido a Andréu Martín, plural y prolífica pluma, señalemos que, junto a títulos tan descarnados como los señalados, tiene también una vena nítidamente infantil, expresada en los títulos, cuatro ya, de la colección “Cuentos del sí”, que recogen las aventuras del “ Mago de Sí”. 

También Anaya tiene recogidos algunos clásicos del género en “Tus libros policíacos”: Doyle, Leroux, Poe, Leblanc..., cuidadosamente editados con sus correspondientes estudios y documentación. 

En “Austral Juvenil”, de Espasa, también han incluido libros de nuestro género de autores especializados. Editorial Molino, apadrinados por Alfred Hitchcoks, ofrece las innumerables aventuras de “Los tres investigadores”. En la colección “Gran Angular”, de Ediciones S.M., el prolífico Jaume Sierra i Fabra nos ofrece un buen puñado de títulos policíacos al gusto joven, al menos tal y como lo entiende S.M. 

Y hasta Bernardo Atxaga, el vasco Premio Nacional de Literatura de hace unos años, nos brinda en la colección infantil “Marabierto”, de Ediciones “B”, su Ramuntxo detective. 

Timun Mas Editorial, Edelvives y su “Ala Delta”, y otras muchas, publican también productos policíacos y de aventuras urbanas e intriga para la juventud. 

El panorama, por lo tanto, ha cambiado. La temática policial y hasta “negra” tiene hoy su versión “ligh” o iniciática para niños y jóvenes, de la mano, a veces, de los autores más duros, a veces, en la pluma de escritores dedicados en exclusiva a la literatura juvenil e infantil. 

De cualquier manera, lo importante es leer y, en particular, introducirse en ese ámbito literario, el de la novela policíaca y negra, que, pese a haber generado muchos malos títulos, ha constituido también uno de los géneros más característicos de nuestro tiempo, al que debemos no pocas de las obras maestras más críticas y corrosivas de la literatura del siglo XX. 

Manuel Blanco Chivite, Madrid, abril de 1992

(Revista “Caminar conociendo”, número 0, año 1992) 

(*) M. Blanco Chivite, periodista, escritor y editor, condenado a muerte en los últimos juicios del franquismo de 1975, ha escrito novelas, ensayos y libros de viajes; a saber: Notas de prisión, De matar y de morir, Operación Mendi, Ciudad sangrienta, Trío de negras, Comunicados del Lobo; el primer libro biográfico dedicado a Vázquez Montalbán, Diario de Etiopía... Dirige la Editorial VOSA.

  Otros artículos: José Hierro / Gerineldo y Delgadina / Homenaje a Bardem / Transfugismo

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